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Cuerpos e identidades trans

por 22 diciembre, 2017

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En el actual debate en torno a la Ley de Identidad de Género que se discute desde hace casi cinco años en el Congreso y de las declaraciones del entonces candidato a la presidencia (hoy Presidente electo), Sebastián Piñera, respecto de la posibilidad que el tiempo ‘corrija’ los casos de personas transgénero, se asienta en el fondo, una idea monolítica y esencialista sobre el cuerpo humano. Más allá de lo que se dice o contradice, esta idea nace en el contexto de los orígenes de la modernidad, y es por tanto un fiel reflejo de los supuestos universalistas de los intelectuales modernos.

La modernidad trajo consigo un cuerpo escindido de la mente, relegado al plano de las pasiones, a  lo natural y animal, aquello que debía ser dominado por la razón. Este cuerpo, visto y comprendido como un mecanismo, comprensible solo desde las a leyes naturales, fue convertido en un objeto. El cuerpo, entonces, pasa a ser visto como algo que los seres humanos poseemos y que viene dado, de una vez y para siempre, desde nuestro nacimiento. Entre otras muchas consecuencias de esta visión del cuerpo, la noción de raza es probablemente una de las más relevantes y debatidas, sustentando en parte los procesos coloniales y sus atrocidades.

Hoy sabemos que esta visión del Occidente Moderno respecto del cuerpo no es más que una manera de concebirlo (y vivirlo). Una entre muchas otras que hemos desarrollado los seres humanos a lo largo de la Historia y en diferentes contextos sociales y culturales. La antropología nos ha mostrado cómo sociedades de Melanesia, la Amazonía o la India han construido nociones sobre el cuerpo diferentes a las nuestras. La etnografía se ha encargado de describir  cómo los cuerpos pueden transformarse (en el caso  de los chamanes de Brasil),  o cómo ellos pueden ser constituidos por diversos materiales y substancias (aquellos de los agricultores de ñame en Papúa Nueva Guinea), o incluso ser expansibles y contagiosos (como habría sido el cuerpo del Emperador Inca Atahualpa).

Asumir entonces que la identidad de género se puede ‘corregir’ para volver a encausarse de acuerdo a lo que se espera de un cuerpo determinado, es suponer que los cuerpos son inmutables, que hay algo natural, dado e inalterable en los cuerpos que somos y en las identidades que construimos. Esto no es más que reproducir un discurso anclado en divisiones arbitrarias del mundo, entre lo natural y lo artificial, lo real y lo ficticio.

En este sentido, los cuerpos humanos son construcciones históricas y sociales, posibles de ser transformados por medio de un sinnúmero de estrategias tecno - sociales como las ropas o la pintura corporal, maquillaje, por ejemplo, hasta modificaciones permanentes, como tatuajes, perforaciones de los lóbulos de infantes o la deformación craneana empleada por diversas poblaciones humanas. Cada una de estas transformaciones, responden a  relaciones y significados en que los cuerpos se encuentran inmersos. De este modo, ellos expresan, a la vez que constituyen, las identidades, múltiples, y no necesariamente estáticas de los seres humanos.

Asumir entonces que la identidad de género se puede ‘corregir’ para volver a encausarse de acuerdo a lo que se espera de un cuerpo determinado, es suponer que los cuerpos son inmutables, que hay algo natural, dado e inalterable en los cuerpos que somos y en las identidades que construimos. Esto no es más que reproducir un discurso anclado en divisiones arbitrarias del mundo, entre lo natural y lo artificial, lo real y lo ficticio.

En un contexto histórico, social, político y contingente como el que vivimos y debatimos, cualquier esencialización del cuerpo resulta a lo menos cuestionable, en parte por sus implicancias éticas, pero también porque supone un orden natural, que sabemos, muy poco tiene de natural.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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