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Falta de diplomacia

por 14 octubre, 2018

Falta de diplomacia
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Las condiciones que el Presidente ha puesto para reanudar el diálogo con Bolivia, son a todas luces improvisadas y carentes de la solemnidad necesaria. Su falta de formalidad refleja una ligereza que no puede representar la posición de Chile.

Piñera ha actuado como comentarista de la política internacional y ha competido con otras figuras menores para intervenir en la política boliviana y en las elecciones brasileñas. El intento de hacer a un lado a Evo Morales es una torpeza en varios sentidos pero es intolerable en un Presidente de la República. A estas alturas  ¿alguien verdaderamente cree que conflictos centenarios entre Estados pueden ser personalizados? La crítica personal a Evo Morales se parece más a un alivio corporal que a una política de Estado. Un diplomático profesional, incluso uno chileno, sabe que los Estados no se relacionan ni con los pueblos ni con los Presidentes. Los Estados se relacionan con Estados.

Chile no es Estados Unidos; no podemos permitirnos que el Presidente tuitee, amenace y diga lo que se le ocurra mientras el peso de las instituciones procesa los excesos y los incorpora, manteniendo una cierta integridad de la imagen del Estado e impidiendo que alguien se tome en serio la broma americana. Ningún discurso oficial chileno después de La Haya se ha elevado por encima de la psicosis paranoica. Se ha intentado humillar a Bolivia exigiéndole que reconozca una derrota que no necesita reconocimiento alguno porque es un hecho irremontable para Bolivia. El ensañamiento ya no tiene que ver con la política sino con una inseguridad nacional propia de la falta de entendimiento de las autoridades.

Chile no necesita exigir ninguna renegación boliviana. Bolivia va a seguir apelando a lo que ellos entienden como justicia y que políticamente quedó zanjado por el derecho internacional. Chile no puede impedir la aspiración boliviana, ni puede prohibir que se exprese. Lo que puede hacer es ofrecer un camino nuevo, satisfactorio para ambos y que, con el tiempo, cambie los términos de una vecindad en la que solo podemos encontrarnos como antagonistas. La colaboración y la hermandad necesitan una disposición y un lenguaje diplomático y político que no tenemos. Ni los discursos ostentosos ni las voces fruncidas tienen lugar en esta etapa de innovaciones culturales que se nos viene.

Parece haber llegado el momento de callar y empezar a preparar una política de Estado para relacionarse con el país vecino.

Detrás de la euforia y de la pérdida del sentido institucional de las responsabilidades, está el pobrísimo desempeño de la diplomacia chilena en el asunto de Bolivia. Desde que tengo memoria, en los años cincuenta, la torpeza ha sido la norma chilena. Recuerdo un episodio de ruptura d relaciones en que el embajador de Chile dejó olvidada la lista de espías y agentes chilenos en Bolivia. Actualmente, en La Haya, es notorio que los funcionarios chilenos se equivocaron y que no esperaban el fallo que nos concedió la Corte. No lo esperaban porque el trabajo de defensa de Chile lo hizo, principalmente la Corte misma, sorprendiendo a agentes y autoridades chilenas amurradas e incrédulas ante el regalo incomprensible de la fortuna. Mientras, la defensa chilena perdía el tiempo en afirmar la intangibilidad de tratados que no estaban en debate, la Corte cerró los baches del argumento chileno. La sorpresa ante el fallo tiene que ver con errores de apreciación y equívocos sobre la función de la diplomacia y el derecho internacional. Los últimos gobiernos chilenos se han dejado pautear por el discurso de un nacionalismo anfibio, de raíz aislacionista, al que no le interesa más que hacer valer la capacidad de disuasión y la insistencia en una soberanía demagógica e inespecífica.

Es necesario un juicio crítico a la cancillería. En el mejor de los casos, es evidente que ella no ha sabido proveer los escenarios de política que hubieran permitido al país estar preparado para un fallo favorable. Nos hemos dejado consumir por una satisfacción idiota y hemos desaprovechado la oportunidad única del impacto político de La Haya para haber propuesto, de inmediato y con seriedad, caminos de encuentro con Bolivia.

Chile no necesita exigir ninguna renegación boliviana. Bolivia va a seguir apelando a lo que ellos entienden como justicia y que políticamente quedó zanjado por el derecho internacional. Chile no puede impedir la aspiración boliviana, ni puede prohibir que se exprese. Lo que puede hacer es ofrecer un camino nuevo, satisfactorio para ambos y que, con el tiempo, cambie los términos de una vecindad en la que solo podemos encontrarnos como antagonistas. La colaboración y la hermandad necesitan una disposición y un lenguaje diplomático y político que no tenemos. Ni los discursos ostentosos ni las voces fruncidas tienen lugar en esta etapa de innovaciones culturales que se nos viene.

Para recorrer este camino, las autoridades chilenas deben renunciar a la psicología confrontacional y aislar los políticos que ven en las relaciones con Bolivia una oportunidad para manifestar su firmeza simulada. Ni el actual canciller ni el anterior tienen estatura vocal para participar de nuestro futuro. Es necesario que nuestra opinión pública asuma que ya que no tenemos obligaciones jurídicas estamos desafiados radicalmente por la invención de una buena voluntad.

 

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