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Negacionismo e Historia

por Alejandro Ancalao R. 4 enero, 2019

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Señor Director:

Desde hace un tiempo, se vienen impulsando leyes y normativas a fin de ponerle coto al negacionismo sobre las violaciones a los derechos humanos efectuados en el marco de la dictadura militar entre 1973 y 1990, especialmente por la diputada Carmen Hertz, quien con una lógica y claridad aplastante ha establecido, por primera vez, una propuesta seria que tipifica el delito de negar o justificar los crímenes cometidos por agentes del Estado chileno y que están consignados en las Comisiones (creadas y avaladas por el mismo Estado chileno). Varias posturas se han expresado con respecto al tema en cuestión, desde aquellos que defienden a ultranza los actos de los perpetradores hasta aquellos que han intentado con buena voluntad salir del debate partidista que ve en la figura del dictador un faro en la historia de Chile.

Lo curioso de este debate, es la ausencia de los historiadores referidos a este tema que es de gran connotación en nuestra disciplina ya que se refiere precisamente al acto de la memoria histórica y las implicancias en el devenir de la sociedad chilena.

El asunto está envuelto en dos grandes ejes. El primero dice relación con el sentido jurídico de condenar el negacionismo, es decir, subsumir bajo una categoría legal, el acto de negar el pasado, tergiversarlo u ocultarlo, lo que daría paso a un relativismo peligroso en el sentido de la protección de los derechos humanos y de la misma democracia. El segundo eje está relacionado con la memoria y el papel de la misma historia (y de los historiadores) en la investigación e interpretación del pasado.

El hecho de legislar sobre el negacionismo significaría que el Congreso estaría planteando una verdad histórica y tendería a cerrar el debate propio del quehacer historiográfico. Pero en realidad, el Congreso lo que estaría realizando no es una escritura ni una interpretación de la historia, sino que haría, por el contrario, manifestar una verdad evidente, respaldada por el Estado sobre las violaciones a los derechos humanos, cuyas evidencias han quedado registradas en las Comisiones Rettig , Valech, etc. Si bien muchos de aquellos que promueven el negacionismo, argumentan que legislar punitivamente es un atentado a la misma libertad de opinión consagrada en la propia Constitución y que es un fundamento de la democracia y de la libertad. Sin embargo, hay que entender que la libertad encuentra su propio límite cuando existe el peligro de acabar con la democracia. Por lo tanto, hay que comprender que el argumento que esgrimen algunos políticos de sobre la “pluralidad de opiniones” y lo “contextual” de la violencia política, no es un argumento que justifique las expresiones negacionistas. Es la famosa paradoja de Karl Popper de no tolerar al intolerante. No es solamente que la opinión que niega los crímenes de lesa humanidad sea sancionada, sino que la difusión de esa negación pueda producir efectos colaterales no deseados en la débil democracia chilena.

Por otra parte, el problema de la memoria histórica nos permite preguntarnos sobre el trabajo del historiador. La historia es un constante cuestionamiento sobre el pasado. Pero es un cuestionamiento responsable y no es meramente una construcción ideológica, sino que es un cuestionamiento válido y propio, con su propia esencia científica. Así, la construcción de los discursos negacionistas sobre los crímenes de la dictadura pinochetista está relacionada con una propaganda política frívola y superficial (caso de la diputada Camila Flores) o lisa y llanamente una propaganda odiosa, contenciosa y banal (caso del senador Iván Moreira y del diputado Ignacio Urrutia). La dignidad del ser humano es pasada a llevar cuando se niega el acto de terror (el negador hace también de verdugo, según F. Worms). La memoria pisoteada de las victimas transforma la violencia a la que fueron sometidos en un acto vergonzoso del cual las víctimas se sienten culpables, ya que se les niega la posibilidad del dolor, transformando el crimen cometido en un invento que no existió.

Lo que el negacionismo intenta hacer es prohibir el ejercicio de recordar, es decir, el mantener un hecho, un acto violento perpetrado y que para las victimas implica una fuerte carga emocional, de dolor y angustia. Esa forma odiosa del negacionismo tiende a buscar y establecer una especie de olvido histórico producido intencionalmente para condenar a la destrucción de los hechos históricos. Producido intencionalmente por las estructuras sociales, políticas o religiosas, porque la intencionalidad es justamente esa: el olvido, la destrucción de los hechos históricos, condenándoles a la oscuridad. Para Harald Weinrich, existe un arte del olvido que las sociedades impulsan para lograr un desarrollo o una idea de futuro, pero ese olvido promueve una damnatio memoriae, es decir, una condena al olvido sobre el terror y la violencia ejecutada por el Estado y los agentes militares y civiles. Es necesario, desde la historia, participar en el debate debido a la complejidad de los procesos de memoria histórica, especialmente cuando se promueve el rechazo de procesos históricos especiales como lo son las desapariciones, torturas y violaciones a los derechos humanos por agentes del Estado. El negacionismo es una amenaza a la historiografía ya que pone en duda la fiabilidad y el trabajo de los historiadores que trabajamos en la mantención de la memoria histórica, especialmente el referido a la violencia política de una de las épocas más oscuras de la historia chilena.

Entender que el negacionismo lo que busca es desarticular una trama de sentidos y significados de los sujetos que vivieron la violencia política. La historia es movimiento constante entre pasado y presente, y ese movimiento no es simplemente recuerdo o evocación del pasado. No debemos dejar, como historiadores y ciudadanos, que unos pocos manipulen a través del poder que se les ha conferido, el pasado ni que este se transforme en un instrumento que pueda servirles a algunos para ocultar la violencia, los genocidios y la participación de algunos.

Finalmente, el olvido y el negacionismo están asociados al silencio de los ciudadanos (y obviamente de los cómplices). Aquellos que hegemonizan los medios de comunicación intentan conformar una especial cosmovisión sobre el tema. Por ello es que la Historia y los historiadores debemos mantener una relación de cercanía con la memoria, no limitada por ideologías o coacciones, sino que ser una actividad comprometida con la sociedad, especialmente con aquellas que han sufrido la violencia desatada.

Alejandro Ancalao R.

Doctorando en Historia

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