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El mundo entre la parroquia y el apocalipsis ANÁLISIS Archivo

El mundo entre la parroquia y el apocalipsis

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José Rodríguez Elizondo
Por : José Rodríguez Elizondo Periodista, diplomático y escritor
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En 1969 -plena Guerra Fría-  U Thant, Secretario General de la ONU, lanzó el siguiente  y dramático S.O.S:

“A partir de la información de que dispongo, no puedo sino concluir que a los miembros de las Naciones Unidas restan tal vez 10 años para controlar sus antiguas querellas y lanzarse a una participación global que frene la carrera armamentista, mejore el medio ambiente, limite la explosión demográfica y dé el impulso necesario a los esfuerzos orientados hacia el desarrollo. Si esa participación global no se crea en el próximo decenio, los problemas que he mencionado habrán alcanzado proporciones tan escalofriantes que seremos incapaces de controlarlos”.

En 1972, expertos del Instituto Tecnológico de Massachusetts incluyeron esa advertencia como introducción de  su informe al Club de Roma titulado Los límites del crecimiento. Planteaban, como problema central, las penurias del planeta para enfrentar, más allá del año 2000, las necesidades de una población creciente. Explicaban que, para sostener un crecimiento económico -que ya era disfuncional- se utilizaban en modo acelerado los recursos naturales, con daños irreparables al medio ambiente.

Con base en datos duros, criticaban el optimismo ingenuo de algunos científicos “que han alentado esperanzas y hasta sueños extraplanetarios”. Glosando a U Thant, concluían que el equilibrio mundial exigía una pronta reestructuración de las relaciones sociales internas e internacionales: “No es demasiado tarde, pero pronto lo será si no tomamos conciencia clara de lo que está pasando”.

El Club de Roma asumió ese documento como “un primer paso audaz” hacia un análisis comprensivo e integrado de la situación mundial.

No hubo segundo paso

En el vigente año 2026, está claro que las advertencias de U Thant no produjeron la reacción internacional que promovía la ONU y tampoco hubo el seguimiento que esperaban los directivos del Club de Roma.

Tras medio siglo largo de ambas señales, los humanos -informados o no- estamos viviendo en el escalofrío permanente. Hoy las crisis climáticas están matando gente por el mucho frío, el mucho calor o los muchos incendios. Colaboran pandemias, sismos dobles como en Venezuela, lluvias, tornados, tsunamis y ríos desbordados, que arrasan ciudades y eliminan habitantes de manera ecuánime.  En paralelo, el Derecho Internacional ha sido desplazado por expectativas geopolíticas y geoeconómicas de potencias centrales, que  derivan en amenazas y guerras. Estas complementan los desastres ecológicos y humanos de manera exponencial.

Disuasión nuclear a la vista

Liderando las calamidades, con intencionalidad política y económica hegemonista, el presidente Donald Trump ha proclamado su voluntad de incorporar otros Estados y/o territorios a la soberanía de los Estados Unidos. En paralelo y en alianza con el primer ministro de Israel, Biniamin Netanyahu, inició una guerra contra Irán, bajo amenaza de borrarlo de la faz de la tierra. Vladimir Putin, gobernante de Rusia, siguiendo la tradición imperial de su Historia, lleva cuatro años de guerra tratando de recuperar Ucrania. El gobernante de Corea del Norte, Kim Jong-un ha volcado su economía a la producción de armas nucleares y vectores de larguísimo alcance.

Más astuto que todos, el gobernante de China Xi Jinping se potencia militarmente, pero  en paralelo amplía su círculo de alianzas estratégicas, diplomáticas y comerciales. Sabe que el expresidente de los EE.UU. Richard Nixon anunció en 1980, en su libro The real war, que China sería la primera potencia mundial en este siglo XXI.

En este panorama hipercomplicado y concentrado en el poderío militar, las potencias nucleares ya asumen como posible o necesario el empleo del arma literalmente apocalíptica.

La fuerza del poder sin armas

Visto lo señalado, asombra el que en muchos países periféricos los políticos sigan absortos en temas doméstico-polarizantes. Diríase parroquiales. Lo central, para sus jefes y seguidores, es mantener el Estado como Reino de los Cargos, coexistir con la exasperación identitaria que subordina la representatividad democrática y asumir que las izquierdas existen para que no ganen las derechas… y viceversa. Son “peleas chicas”, propias de un paradójico buenismo perverso, según el cual los escenarios apocalípticos son tema reservado para las potencias centrales.

En tan ominoso panorama sólo la fuerza del poder espiritual, por añadidura desarmado, ha reaccionado urbi et orbi. A inicios de su gestión,  el Papa León XIV advirtió que estábamos sufriendo “una tercera guerra mundial por partes”. Luego, en su encíclica Magnifica Humanitas, llamó a  un diálogo estratégico entre las religiones “porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz”. En lo más secular y contingente, advirtió que “hoy asistimos a un cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme con una preocupante rehabilitación de la guerra”. En esa línea, llamó la atención sobre los peligros del uso dual de la IA. Su potencialidad progresista coexistiría con la posibilidad de manipulación de macrodatos “que pueden desestabilizar países enteros”.

Trump no tiene cura

Gobernantes y analistas, laicos o religiosos, dentro y fuera de los EE.UU., están leyendo y decodificando ese notable mensaje humanista. Una excepción estratégica es Donald Trump quien, fiel a su tosco estilo, ha descalificado al Papa como “débil” y “liberal”, lo que en su mentalidad equivale a “comunista”. En paralelo, sus creativos añadieron la burla religiosa vía meme, disfrazando a su jefe como Jesucristo.

Es así como, sin conocer el informe del Club de Roma e ignorando -como antes Stalin- el poder del Vaticano, Trump está tratando de surfear sobre las polarizaciones que aprovecha, induce o promueve. Para ello insulta periodistas, exhuma extraterrestres, promete viajes interplanetarios y, más recientemente, viola las reglas del Campeonato Mundial de Fútbol.

¿Qué hacer?

Este es el mundo actual, tan lejano a la utopía platónica de los gobernantes filósofos y tan cercano a las distopías de los escritores y cineastas de ciencia-ficción. Asumirlo no implica pesimismo ni fatalismo, sino un estímulo para la reacción política inteligente, acotada y progresiva

Más que revertir las crisis en curso del planeta, hoy lo principal es la alianza estratégica de los sensatos, para evitar que el apocalipsis llegue a consumarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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