No es humor, es un problema de dignidad
Señor Director:
Más allá de la contingencia, lo ocurrido con el exasesor legislativo Ítalo Omegna pone sobre la mesa una problemática no resuelta en nuestra sociedad: la cultura pública que queremos construir respecto de la neurodivergencia y la discapacidad. Reducir la crítica a un “chiste de mal gusto” invisibiliza un problema mayor, puesto que cuando quien emite el mensaje es una figura pública, no se trata meramente de una expresión individual. En este caso, el mensaje es un discurso que refuerza conceptualizaciones basadas en el déficit y legitima prácticas que perpetúan el estigma.
Desde una perspectiva de inclusión y neurodiversidad, lo ocurrido revela una mirada deshumanizada y capacitista. La burla y la ridiculización de una población con mayores necesidades de apoyo ponen de manifiesto una jerarquización implícita, en la que se considera a quienes utilizan el lenguaje oral para comunicarse ciudadanos de mayor clase, más valiosos. En lugar de cuestionar las barreras sociales y visibilizar formas de comunicación multimodal como mecanismos de acceso a la plena participación social, el discurso empleado presupone que la discapacidad y la diversidad son características risibles, menos dignas de respeto.
Desde una ópticade derechos humanos, para las personas autistas —un grupo que históricamente ha sido invisibilizado— la burla en sí misma es una vulneración de derechos fundamentales, por constituir un trato cruel y degradante. Pero, además, dicha burla refuerza patrones culturales que reproducen desigualdades y erosionan la dignidad de los niños autistas y de sus familias.
En el caso de personas con un rol público, el humor ni ningún otro tipo de expresión discursiva debiesen emitirse sin considerar el efecto social y la responsabilidad asociada al reconocimiento de todas las personas como sujetos de derecho. Pues, como grandes lingüistas han establecido, el lenguaje es acción y, si las formas de expresión se construyen sobre premisas estigmatizantes y de desigualdad, la convivencia y la democracia se ven debilitadas.
El problema, entonces, no es el chiste; es la dignidad de las personas autistas, y esa diferencia sí importa.
Verónica Vidal V.
Académica
Facultad de Educación UC