Desempleo femenino: una cifra que no podemos seguir ignorando
Señor director:
Van cuatro trimestres seguidos en que el desempleo femenino no baja de los dos dígitos, algo que no se veía desde hace más de una década. La tasa de desocupación de ese segmento alcanzó 10,4% en el trimestre móvil abril-junio de 2026, un nivel que no se observaba desde 2010, excluyendo la distorsión provocada por la pandemia. Más allá de la cifra, este indicador refleja una realidad persistente: cientos de miles de mujeres enfrentan mayores dificultades que los hombres para acceder y mantenerse en un empleo.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), un total de 476 mil mujeres se encontraban desocupadas durante el trimestre abril-junio. De ellas, cerca de 427 mil corresponden a cesantes, mientras que alrededor de 49 mil buscan trabajo por primera vez. Esto confirma que el problema no solo afecta a quienes perdieron su empleo, sino también a quienes intentan ingresar al mercado laboral.
La participación laboral de las mujeres ha seguido creciendo -hasta cerca del 53,7%-, mientras que la tasa de ocupación bordea el 48%: cada vez más mujeres están dispuestas a trabajar, pero la economía no está siendo capaz de generar suficientes oportunidades para absorber esa mayor oferta de trabajo.
A ello se suma el problema de la informalidad laboral, la que suele transformarse en una alternativa de supervivencia frente a la dificultad de acceder a empleos asalariados formales, particularmente entre mujeres con menor escolaridad, jefas de hogar o quienes compatibilizan trabajo y cuidados. Las mayores tasas de desocupación se concentran en jóvenes que buscan su primera experiencia laboral, y en los grupos etarios donde la maternidad y el cuidado generan mayores restricciones para participar plenamente en el mundo del trabajo.
Revertir esta tendencia exige medidas integrales. En primer lugar, fortalecer la creación de empleo formal con incentivos focalizados en la contratación de mujeres, especialmente, en jóvenes y en mayores de 45 años, los segmentos con mayores dificultades de inserción. En segundo lugar, ampliar la cobertura de salas cuna, jardines infantiles y sistemas de cuidado, uno de los principales obstáculos para la participación laboral femenina. Por último, fortalecer la formalización del empleo mediante incentivos tributarios y simplificación regulatoria para pequeñas empresas y trabajadoras independientes.
Cualquier estrategia de recuperación del empleo femenino requiere coordinación estrecha entre el Estado, el sector privado y las instituciones de formación. La evidencia demuestra que las economías que logran incorporar de manera sostenida a más mujeres al mercado laboral no solo reducen las desigualdades sociales, sino que también elevan su productividad, amplían su base tributaria y fortalecen su crecimiento de largo plazo.
Gustavo Díaz
Economista
Instituto Libertad