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La medicina privada: un eslabón que Chile debe cuidar

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Por:  Javier González García


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Señor director: 

Llevo más de treinta años ejerciendo como médico traumatólogo. En ese tiempo he visto cambiar casi todo: las técnicas quirúrgicas, los implantes, la forma de diagnosticar y hasta la manera en que los pacientes llegan a la consulta. Pero hay una lección que se ha mantenido intacta y que hoy corremos el riesgo de olvidar: la salud de un país no la sostiene un solo sistema, sino la suma de todos los que trabajan por ella.

Chile ha recorrido un camino notable en el último medio siglo. Hoy nuestra esperanza de vida supera los 80 años y la mortalidad infantil es una fracción de lo que era en los años setenta. Nos ubicamos entre los países con mejores indicadores de salud de América Latina. Ese logro tiene un mérito indiscutible en la salud pública: sus programas de vacunación, su atención primaria, la dedicación de miles de funcionarios. Es injusto contar esa historia omitiendo el aporte de la medicina privada.

Fue el sector privado el que, en muchos casos, trajo primero al país tecnologías que hoy consideramos básicas, invirtió en infraestructura cuando el Estado no podía hacerlo al mismo ritmo y creó espacios donde se formaron y perfeccionaron generaciones de especialistas. Esa inversión no quedó encerrada en unas pocas clínicas: elevó los estándares de toda la medicina chilena, porque los médicos, las prácticas y el conocimiento circulan entre ambos mundos.

Tampoco es cierto que lo privado atienda solo a unos pocos. A través de la modalidad de libre elección de Fonasa, millones de chilenos se atienden cada año con prestadores privados. Los convenios para resolver listas de espera, la atención de garantías GES y, sobre todo, la pandemia lo demostraron con claridad. Cuando las camas críticas del país se coordinaron como una sola red, nadie preguntó a un paciente grave si era de Fonasa o de Isapre. Se le atendió donde había espacio. Esa fue, quizás, la mejor prueba de lo que podemos lograr cuando dejamos de ver a ambos sistemas como rivales.

En los últimos años el debate sobre la salud se ha vuelto cada vez más ideológico, y la medicina privada suele aparecer como un adversario de lo público y no como un aliado. La incertidumbre regulatoria, las crisis financieras y la desconfianza han debilitado a instituciones que cumplen una función real. Y cuando un eslabón de la cadena se resiente, la carga no desaparece.

La medicina privada debe tener altos estándares de calidad, ser transparente y a precios razonables que permitan la viabilidad de los cuidados y terapias. Para esto se requieren reglas estables e incluirla entre las alternativas para solucionar los problemas sanitarios. Hay pabellones que quedan libres en las tardes y los fines de semana, especialistas dispuestos a trabajar más y capacidad instalada que podría ponerse al servicio de los pacientes que hoy esperan una cirugía de cadera, de rodilla o de cataratas. Alianzas de largo plazo entre ambos sectores, bien diseñadas y bien fiscalizadas, podrían acortar esas esperas de manera concreta.

Lo cierto es que el paciente no distingue entre sistemas. Distingue entre ser atendido a tiempo o no serlo. Un país que quiere seguir mejorando su salud no puede darse el lujo de debilitar una de sus piezas. La medicina privada es un eslabón importante en el crecimiento de la salud de Chile, y una cadena, como sabemos, es tan fuerte como su eslabón más débil. Cuidarla es, en definitiva, cuidar a todos los pacientes.

 Javier González García, vicepresidente de la Federación Médica de Chile

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