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Colombia el día después: más dudas que certezas

por 3 octubre, 2016

Colombia el día después: más dudas que certezas
La verdad es que la polarización colombiana es una realidad que instala la incertidumbre de cara a las elecciones de 2018. Lo saben los aspirantes a ocupar la presidencia en la Casa de Nariño, con Vargas Lleras, Ordóñez y Petro, entre otros.
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Luego de cuatro años de negociaciones, una mediación internacional –en la que Chile participó- y la puesta en escena de un acuerdo firmado en Cartagena ante la presencia de 15 jefes de Estado, los colombianos expresaron su rechazo a los términos en que fue negociada la paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia Ejército del Pueblo (FARC-EP). Sin embargo, al otro día del triunfo del NO, en un plebiscito en que la abstención superó el 60% del padrón electoral, y en el que la diferencia entre una y otra alternativa fue de medio punto porcentual (llevado a números menos de 60 mil votos), hay más dudas que certezas respecto del futuro del proceso general. Sobre todo desde un mundo que observa con perplejidad lo ocurrido en Colombia.

Por cierto el país cafetero experimentó una aguda polarización, que apunta a la imposibilidad de la elite política de construir consenso político y social en torno al acuerdo. Lejanos parecen los días en el que la consulta de 1957 en un plebiscito otorgaba 4 millones y medio de votos al Sí y algo más de 200 mil votos al No para la constitución del Frente Nacional que dominaría la vida política colombiana durante década y media. Hoy, en cambio, los partidos políticos, y particularmente el gobierno, no supieron explicar a la gente las 297 páginas del documento negociado con las FARC. Entonces la emotividad y el disgusto fueron capitalizados por sectores como el Centro Democrático, agrupación del ex presidente Uribe, que supo sacar partido de cada situación para oponerse al proyecto de paz, olvidando que en su período se llegó a un acuerdo no completamente disímil con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) o Paramilitares.

La apuesta de Santos se confió en las encuestas que daban entre un 15% y 20% de diferencia a favor del Sí, olvidando la relevancia de un plan B en caso de perder la consulta.

Desde luego la imagen del líder de las FARC, Rodrigo Lodroño, alias Timochenko, brazo en alto tipo victoria durante la ceremonia de firma del acuerdo en Cartagena, no ayudó y parece haber convencido a ciertos indecisos de la negativa a la propuesta del gobierno. La fuerza de la imagen televisada valió más que los jefes de la FARC recorriendo asambleas e incluso batallones para pedir perdón.

Desde la otra vereda, la propaganda del ex Presidente Pastrana y particularmente el ex Presidente Uribe, se reveló mucho más eficaz al instalar el mito de la impunidad plena de los líderes guerrilleros bajo el expediente de la denominada justicia transicional –con tribunales ad hoc y penas rebajadas a cinco y ocho años–, y de las granjerías económicas que alcanzaría la guerrilla.

Esta columna podría terminar repasando el conjunto de déficits comunicacionales del gobierno colombiano que confío en el aval de Naciones Unidas y la unidad política latinoamericana como instrumento persuasivo. La apuesta de Santos se confió en las encuestas que daban entre un 15% y 20% de diferencia a favor del Sí, olvidando la relevancia de un plan B en caso de perder la consulta. Como consecuencia existía un claro programa de implementación de los acuerdos que al ser rechazados deberán más que ser revisados, completamente renegociados, esta vez con los sectores refractarios, los que,si bien no se oponen a la paz, incorporan dosis de intolerancia a la formas de reincorporación de la guerrilla a la vida nacional colombiana, que exigían altos costos al erario público y una reforma tributaria muy impopular, que desde luego ya no irá.

La nueva negociación no partirá de foja cero, es cierto. Tanto el gobierno como la victoriosa oposición coinciden en la necesidad de alcanzar la paz. En su mensaje al país después de la derrota del Sí, Santos reconoció el nuevo escenario, al tiempo que declaró la vigencia del cese al fuego bilateral y definitivo con las FARC y su misión superior de salvaguardar la estabilidad del país. Simultáneamente, Timochenko emitió un comunicado reafirmando la voluntad del grupo que dirige de construir la paz y trocar la espada por la palabra. La noche fue cerrada por el ex presidente Uribe insistiendo en que todos están de acuerdo en la paz, pero que la voluntad popular expresada en el plebiscito debe ser escuchada en la negociación futura. La verdad es que la polarización colombiana es una realidad que instala la incertidumbre de cara a las elecciones de 2018. Lo saben los aspirantes a ocupar la presidencia en la Casa de Nariño, con Vargas Lleras, Ordóñez y Petro, entre otros.

La incertidumbre se extiende a otros protagonistas del ciclo de “La Violencia” –como suelen destacar los historiadores colombianos– inaugurado con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en abril de 1948. Es que el Ejército de Liberación Nacional (ELN), aún en armas, y a pesar que había cometido secuestros pocos días antes, había declarado un cese transitorio a sus operaciones durante las elecciones, observando con atención los resultados para su propio proceso, que apenas arrancaba y que se verá postergado. Ni hablar del Frente Número 1 de las FARC, descolgados de los “congelados” acuerdos, y que, desde sus bases en el sur, proseguirá su lucha.

En este clima el alto representante de Naciones Unidas retorna a La Habana a sabiendas de que el contingente internacional a su cargo, delegado por el consejo del organismo y formado por personal de ocho países de la comunidad de Estados de América Latina y El Caribe (CELAC) para supervisar el proceso de dejación de armas (México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile), queda en el aire y probablemente deberá regresar a sus lugares de origen. En tanto que los facilitadores internacionales del diálogo, los garantes Cuba y Noruega y los acompañantes Venezuela y Chile, van a tener que ayudar a construir una nueva agenda. Una tarea nada de fácil en un país donde se puede decir que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo está aún por nacer.

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