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La muerte de Unasur: cuando ciertos tipos de multilateralismo colapsan

por 18 septiembre, 2018

La muerte de Unasur: cuando ciertos tipos de multilateralismo colapsan
Unasur ha muerto. Su cadáver sin embargo permanece tibio y, por ahora, ninguna cancillería se decide a pagar los costos del funeral. Lo más llamativo, y que da cuenta fidedigna del colapso, es que el parlamento ecuatoriano decidió hace escasas semanas sacar una estatua de Néstor Kirchner en la sede central del edificio para “no hacer apología del delito con la presencia del expresidente de la Argentina, considerando que su Gobierno y el de su esposa (Cristina Fernández) están envueltos en actos de corrupción.
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Dudas sobre el carácter del multilateralismo a que se adhiere, recorre cada una de las cancillerías latinoamericanas por estos días, y Chile no está exento. No es la primera vez, ni será la última por cierto, que los países de esta región se interroguen acerca de qué los une o desune. Hoy, la preocupación tiene un nombre muy claro, Unasur.

En efecto, el multilateralismo –aquella idea de converger, de coordinarse, o de hacer difusa la reciprocidad en los asuntos internacionales, como lo define Nye- es consustancial al origen de los estados modernos (1648) y aunque ha sufrido múltiples altibajos en su praxis, en tanto idea, mantiene plena vigencia.

El multilateralismo no es otra cosa que alinearse en torno a un proyecto que circunstancialmente entusiasma a varios estados. Así lo fue en los Congresos de Viena y Berlin en el siglo 19, así como tras las dos grandes conflagraciones y los múltiples conflictos regionales en el siglo 20. El multilateralismo también ayuda a generar espacios de diálogos o bien a pensar en términos cooperativos difusos. Eso fue Unasur.

El desplome ocurrió también por etapas. El nuevo gobierno ecuatoriano manifestó su molestia con Rafael Correa ya que el costoso edificio donado (cálculos conservadores estiman en U$ 43 millones) jamás tuvo un uso intensivo. Los gobiernos colombianos, con matices, le tuvieron distancia y suspicacia. El derrumbe del precio del petróleo y muerte de Chávez trajo problemas financieros graves. Además, pocos países enteraban sus cuotas y con retraso.

Pese a las buenas intenciones, el proyecto cargaba con un destino fatal en sus propias entrañas. Sus 12 integrantes no pensaban lo mismo acerca de su naturaleza.

Para Brasil, era llevar a cabo lo que siempre deseó, disponer de un espacio regional para una mejor interlocución mundial y reforzar aquel sueño de un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Por eso, miraba a Unasur como una prolongación de su propia proyección internacional. Aquel es un tipo de multilateralismo articulado por el socio más poderoso y que Stephen Walt denomina “alineamiento gravitacional” (una adaptación elegante de la expresión que solía usar, bandwagoning).

Para otros países, medianos como Chile, Unasur representaba un espacio interesante, de piel, desde donde se podía maximizar capacidades y configurar ciertos asuntos internacionales. Además, lo veían compatible con la percepción existente respecto al liderazgo brasileño; más facetas blandas que duras.

Otros países vieron en Unasur un espacio de amplio espectro, donde, utilizando la presencia gravitante de Brasil, era posible introducir ideas activamente adversariales frente a EEUU y que hasta ese momento se levantaban sin mayor éxito desde la llamada Alternativa Bolivariana de los Pueblos de América (ALBA), nacido en 2004. En este grupo de países se inscribía la Venezuela de Chávez, cuya desmesura personal, apoyada en un fuerte instinto por el poder tarde o temprano iba a colisionar con las otras dos perspectivas. Y ese tiempo llegó.

Los buenos modales de Brasil, la paciencia colombiana y las finanzas argentinas no fueron suficientes para detener el desplome de un proyecto nacido por etapas pero con ese cúmulo de factores críticos que le impidieron desarrollar una identidad común. Todo partió con una cumbre sudamericana en Cuzco a fines de 2004 en el imponente templo de Coricancha, la cual fue tejida tras bambalinas por el canciller brasileño Celso Amorim y por el entonces influyente asesor de Lula, Marco Aurelio García, quienes asumieron como propia una idea originalmente concebida por el presidente Fernando H. Cardoso en orden a generar un mecanismo multilateral exclusivamente regional; una Comunidad Sudamericana.

El 2005, alentada por la receptividad regional, la cancillería brasileña resolvió una nueva cumbre, esta vez en su capital, para dar a conocer un Plan Estratégico que puso en el horizonte de 2025 una estructura semejante a la de la Unión Europea. Sin embargo, fue en el banquete final de una Cumbre Energética en isla Margarita (abril, 2007), donde un exultante Hugo Chávez tomó la palabra para cerrar el evento y alabar esta iniciativa, disponiendo de su nombre definitivo, además de un fondo inicial nada despreciable.

Por el bien de los casi 400 millones de sudamericanos, la mayoría de los asistentes, algo atónitos pero entusiasmados a fin de cuentas, asintieron con la idea de Chávez. Inmediatamente, Rafael Correa, a la sazón activo presidente ecuatoriano, tomó el micrófono y ofreció a Pomasqui, (simbólicamente en la mitad del mundo) a minutos de Quito, como sede para la secretaría general. Evo Morales hizo lo propio ofreciendo a Cochabamba como sede del futuro parlamento. Chávez y Kirchner aprovecharon el ambiente de jolgorio para proclamar un monumental gasoducto transamazónico desde Puerto Ordaz a Buenos Aires. Sorpresivamente, América Latina amaneció con un promisorio organismo de integración. No faltaban ideas, ni entusiasmo ni menos financiamiento. Hasta ahí, todo miel sobre hojuelas.

El desplome ocurrió también por etapas. El nuevo gobierno ecuatoriano manifestó su molestia con Rafael Correa ya que el costoso edificio donado (cálculos conservadores estiman en U$ 43 millones) jamás tuvo un uso intensivo. Los gobiernos colombianos, con matices, le tuvieron distancia y suspicacia. El derrumbe del precio del petróleo y muerte de Chávez trajo problemas financieros graves. Además, pocos países enteraban sus cuotas y con retraso.

Pero lo más contundente (y poco conocido) fue la negativa de Lula a irse a vivir a Quito cuando se le ofreció la Secretaría General a mediados del año pasado, lo que puso definitivamente a Unasur en un lugar de quinta categoría de cada cancillería. Aunque Michael Shifter llegó a señalar a Unasur como “paradigma lulista” (política exterior que conjuga mercado con inclusión social) y bautizó la convergencia de otros países hacia esta idea como Consenso de Brasilia, la verdad es que nada relevante pasaba por este bloque. Por último, los permanentes ajustes de cuentas entre Paraguay y Venezuela mantuvieron crispado el ambiente interno desde el 2012.

Finalmente, dos asuntos recientes le pusieron una lápida definitiva. Las crisis migratorias regionales, que tienen a Venezuela y Nicaragua en el epicentro de la atención, así como la parálisis institucional desde enero de 2017, producto de la imposibilidad de designar un nuevo secretario general que suceda al exPresidente colombiano, Ernesto Samper, que, dicho sea de paso, fue propuesto por Venezuela a contrapelo de Colombia. Por esa razón y otras, Santos excluyó a Unasur de su proceso de paz. Estos asuntos demostraron que Unasur estaba sumido en divergencias insalvables.

Lo más llamativo, y que da cuenta fidedigna del colapso, es que el parlamento ecuatoriano decidió hace escasas semanas sacar una estatua de Néstor Kirchner en la sede central del edificio para “no hacer apología del delito con la presencia del expresidente de la Argentina, considerando que su Gobierno y el de su esposa (Cristina Fernández) están envueltos en actos de corrupción”.

Unasur ha muerto. Su cadáver sin embargo permanece tibio y, por ahora, ninguna cancillería se decide a pagar los costos del funeral.

 

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