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La dupla Bolsonaro/Mourão y el extraño fenómeno de los Vicepresidentes en Brasil

por 26 septiembre, 2018

La dupla Bolsonaro/Mourão y el extraño fenómeno de los Vicepresidentes en Brasil
El aspirante a la Vicepresidencia tiene 64 años y pasó a la reserva en febrero de este año, es miembro de un pequeño partido llamado Renovador Laborista Brasileño (PRTB), una formación que se remonta a una de las escisiones del antiguo Partido Trabalhista Brasileiro, de Getúlio Vargas (Presidente del país en varias ocasiones), que se define como nacionalista y propugna una mayor participación de los militares en los asuntos nacionales. Sus declaraciones han alcanzado notoriedad por su explosiva retórica y controvertidas expresiones. Una de ellas ocurrió después que Bolsonaro fuera atacado con un cuchillo, cuando afirmó que “si quieren utilizar la violencia, los profesionales de la violencia somos nosotros”, lanzando un manto de duda respecto a qué se refería al señalar “nosotros”.
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Entre las múltiples particularidades que ofrece la vida política brasileña, hay una muy poco usual en otros países, y que seguro provocaría algo más que un ligero estremecimiento vi volviera a producirse, cual es la impresionante cantidad de Vicepresidentes obligados ha asumir en reemplazo del Primer Mandatario.

En efecto, por las razones más diversas, que van desde golpes de Estado y enfermedades, hasta acusaciones constitucionales, se observa en aquel país este extraordinario acontecimiento, siendo el caso más reciente el de Michel Temer, compañero de fórmula de Dilma Rousseff, a la que reemplazó tras ser separada del cargo por acusación constitucional en agosto de 2016. Y si nos remontamos hacia atrás, se podrá constatar que en realidad desde la proclamación misma de la república, en 1889, nada menos que ocho Vicepresidentes han reemplazado al Jefe de Estado, cuatro por muerte, dos por renuncia y dos por acusación constitucional.

La historia política brasileña no deja de impresionar en esta materia. En los primeros años de la república, en 1909, Nilo Peçanha debió asumir de forma repentina la jefatura de Estado al fallecer súbitamente de neumonía el Presidente en ejercicio, Afonso Pena. Décadas más tarde, durante el mandato de Getúlio Vargas (1951-1954), su Vicepresidente, Café Filho, lo reemplazó para completar el período presidencial tras suicidarse Vargas de un disparo al corazón, en circunstancias nunca aclaradas en torno al asesinato de un periodista.

Luego, Joao Goulart, quien ejerció la Vicepresidencia en dos oportunidades, en 1955 con Juscelino Kubitschek (el popular y querido Presidente de origen checo), y más tarde con el polémico Jânio Quadros (el mismo que condecoró al Che Guevara y prohibió el bikini, entre otras extravagancias) se vio ante la misma situación en 1961. Aquel año, asumió la Jefatura de Estado, cuando Quadros abandonó intempestivamente el gobierno, dejando una enigmática carta-renuncia diciendo que se iba a causa "forças ocultas e terríveis”. Goulart gobernó tres años, hasta 1964, cuando fue removido por un golpe de Estado. Enseguida, otro Vicepresidente, Pedro Aleixo, que secundaba al general Artur da Costa e Silva, le sucedió efímeramente tras la muerte por enfermedad del militar.

En el plano político, la designación de Mourão como candidato a Vicepresidente fue una sorpresa. Y las razones son varias. Primero, Bolsonaro se declara católico practicante, mientras que Mourão es un hombre afín al laicismo. Segundo, su designación terminó dejando a un lado otras opciones, las cuales, desde una perspectiva populista o de coyuntura, podrían haber parecido más atractivas, como la del pastor evangélico y senador Magno Malta, o la de la reconocida abogada Janaína Paschoal, una de las principales impulsoras del proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff en 2016, o bien la del popular astronauta Marcos Pontes, único brasileño que ha viajado al espacio en una misión de la NASA.

La increíble cantidad de Vicepresidentes que reemplazaron al Mandatario en ejercicio continuó en la historia democrática reciente de Brasil desde el mismo 1985.

El destino quiso que el entonces electo Tancredo Neves (importante opositor a los militares y líder del movimiento pro elecciones libres Diretas Já), falleciera producto de una infección generalizada tras una intervención quirúrgica por un tumor, justo antes de asumir el mando. Fue reemplazado por su compañero de fórmula, el candidato a Vicepresidente, José Sarney. Al concluir el período en 1990, Sarney le traspasó el mando a un joven e impetuoso político del norte, que encandiló al Brasil a inicios de aquella década, Fernando Collor de Mello (el Indiana Jones de América Latina, como lo llamó Bush padre), quien había derrotado a Lula en las presidenciales de aquel año. El curioso destino de los Presidentes brasileños quiso que Collor fuera apartado por impeachment, por lo que el poder fue entregado a su Vicepresidente, Itamar Franco. Por último, el citado caso de Michel Temer, quien acompañaba como Vicepresidente a Dilma Rousseff, hasta que esta fue separada del poder por impeachment en 2016.

Aunque este esbozo de tan dramática sucesión de coincidencias sea una simple constatación estadística, se trata de una frecuencia que obliga a centrar la mirada en quienes van de compañeros de fórmulas en las elecciones presidenciales del 7 de octubre, especialmente de aquel que lidera las encuestas. Y quien acompaña a Jair Bolsonaro es un general de Ejército recientemente retirado, Antônio Hamilton Martins Mourão.

A primera vista se trata de un compañero de fórmula muy inusual, pero en realidad su perfil va plenamente acorde a la visión que Bolsonaro tiene de lo que ocurrió en Brasil en las décadas del 60, 70 y 80. “Brasil precisa remedios fuertes”, afirmó hace poco el candidato presidencial, un ex capitán de Ejército, quien defiende con ardor la sucesión de generales que gobernaron el país entre 1964 y 1985. No debe extrañar entonces que el perfil del candidato a Vicepresidente y la visión del posible ganador generen inquietudes en sectores básicamente de izquierda del país. Algo no menor en un país que atraviesa una severa polarización.

Mourão es un general muy crítico con el estado actual de la democracia brasileña y pone mucho énfasis en los males que la aquejan, delincuencia, alta corrupción y descrédito de la clase dirigente. Ese diagnóstico lo lleva a avalar una línea de ensalzamiento de lo castrense, es decir, manu militari como solución. La gran duda es cómo aquello se compatibiliza con el Estado derecho. Su trayectoria da luces algo ambiguas.

El aspirante a la Vicepresidencia tiene 64 años y pasó a la reserva en febrero de este año, es miembro de un pequeño partido llamado Renovador Laborista Brasileño (PRTB), una formación que se remonta a una de las escisiones del antiguo Partido Trabalhista Brasileiro, de Getúlio Vargas (Presidente del país en varias ocasiones), que se define como nacionalista y propugna una mayor participación de los militares en los asuntos nacionales. Sus declaraciones han alcanzado notoriedad por su explosiva retórica y controvertidas expresiones. Una de ellas ocurrió después que Bolsonaro fuera atacado con un cuchillo, cuando afirmó que “si quieren utilizar la violencia, los profesionales de la violencia somos nosotros”, lanzando un manto de duda respecto a qué se refería al señalar “nosotros”.

En el plano político, la designación de Mourão como candidato a Vicepresidente fue una sorpresa. Y las razones son varias. Primero, Bolsonaro se declara católico practicante, mientras que Mourão es un hombre afín al laicismo. Segundo, su designación terminó dejando a un lado otras opciones, las cuales, desde una perspectiva populista o de coyuntura, podrían haber parecido más atractivas, como la del pastor evangélico y senador Magno Malta, o la de la reconocida abogada Janaína Paschoal, una de las principales impulsoras del proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff en 2016, o bien la del popular astronauta Marcos Pontes, único brasileño que ha viajado al espacio en una misión de la NASA.

Por lo tanto, cabe preguntarse qué inclinó la balanza a favor del general.

Parece lógico concluir que primó el ascendiente que Mourão tiene en las filas militares brasileñas al haber alcanzado el grado más alto a que se puede aspirar en aquel ejército y ser, además, hijo de otro general, de su mismo nombre, y muy relevante en su tiempo.

En definitiva, aunque suene a especulación, la evidencia estadística indica que la posibilidad de que el general Mourão termine en el Planalto no es baja. Ello añadiría un ingrediente algo corrosivo al ya sorpresivo curso que ha tomado la campaña electoral brasileña y cuyo test será el 7 de octubre en primera vuelta y el 28 del mismo mes en segunda.

Una eventualidad que las elites de los países de la región no lograrían siquiera imaginar en este minuto preelectoral.

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