Publicidad

¿Por qué y de qué nos asombramos?

Publicidad
Virginia Alvarado Arteaga
Por : Virginia Alvarado Arteaga Académica Departamento de Educación y Humanidades Universidad de Magallanes
Ver Más


El Mostrador Fuente Preferida

La educación es un proceso sociocultural y, como tal, no se puede disociar del modelo imperante, ni del contexto del cual se nutre.

Cuando un país está en crisis, y surge una explosión tan trasversal como de la que hoy somos protagonistas, testigos y, tal vez, cómplices, inmediatamente, nos cuestionamos acerca de lo que hemos hecho mal. Es la reacción desesperada por obtener una rápida respuesta, y es en esa instancia donde, inmediatamente, surge la educación. ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué nuestros niños, adolescentes, jóvenes y adultos ya no muestran el compromiso social y el comportamiento ciudadano que se requiere para vivir pacífica y democráticamente?

Las respuestas a estas interrogantes se asocian a decisiones tomadas con mucha antelación. En educación, tal como en otros procesos de similar naturaleza, la semilla buena o descompuesta, otorga sus frutos, a lo menos, media década después. A partir de esta premisa, me atrevo a afirmar que, al proponer un proyecto educativo para Chile, desde ya hace mucho tiempo, nos alejamos de ciertas ideas basales propias de la cultura grecorromana, como la epimeleia heautou (inquietud de sí) y el gnothi seautou (conocimiento de sí), ambas vinculadas a una ética de la verdad que, integradamente, instaban a la ciudadanía a adherirse a una forma de vivir individual- colectiva y superior.

Con bastante tristeza aseguro que estamos lejos de esa formación ciudadana y transdisciplinaria pues, a pesar del discurso políticamente correcto, durante casi 40 años la educación dejó de ser un derecho, y se consideró un bien de consumo. El Estado dejó de ser docente y, aplicando el principio de la subsidiariedad legitimado desde una Constitución obsoleta, compartió con diversos actores o grupos, económicamente potentes, la responsabilidad de educar a su pueblo, a cuyo bien común se debía.

A muchos asusta esta explosión social, pero desde el ámbito educacional ya nos habían dado poderosas señales. Cada año nuestros estudiantes y profesores manifestaban su malestar, su sensación de injusticia, su preocupación por la construcción de una sociedad desde los principios más genuinos del neoliberalismo. En palabras de Tadeu Da Silva (1997), “el sujeto (…) es, tal vez, la mayor víctima de las contestaciones, y es aquí, probablemente, en donde el proyecto educacional moderno sufre su mayor conmoción”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad