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La primera línea

por 30 noviembre, 2019

La primera línea
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Manifestarse pacíficamente se ha venido consagrando como parte fundamental del ejercicio de la libertad de expresión y asociación en las democracias plenas. Alzar la voz por injusticias, pedir cambios y levantar banderas, fortalecen nuestro sistema político y entregan sentido a nuestra vida común. Sin embargo, durante las últimas semanas, las formas de protestar han fluctuado entre las manifestaciones artísticas de lo más variopinto hasta expresiones más radicales de violencia desatada.

Increíbles exabruptos de agresión, inclusive con ensañamiento, contra todo lo que venga. El tan preciado metro, otrora símbolo de justicia territorial, hoy parece más un cementerio que un sistema de transporte. Las iglesias, las universidades, el retail, las farmacias y las instituciones; cuarteles incendiados, carabineros víctimas y victimarios de violencia.

Sin embargo, hay algo que cambió. Antes, en otras manifestaciones, las personas se desligaban de los encapuchados, eran los que “ensuciaban” las manifestaciones, que solo aparecían al final. Ahora, el relato es que gracias a ellos las personas pueden ejercer de manera libre y segura sus derechos, que pueden manifestarse. “La primera línea” la han llamado. Esos “valientes” que lo dejan todo: sangre, sudor y lágrimas para que la represión no llegue. Superhéroes que han romantizado la violencia, una épica de la que se quiere ser parte.

Pero no nos equivoquemos, esto no nace ahora; llevamos muchísimo tiempo normalizando la violencia. Infinitas tomas no condenadas, la cultura de la “funa” incentivada e inclusive la normalización de dirigirse entre unos y otros tildándose de “fachos”, “zurdos”, somos compañeros o enemigos. De a poco se ha ido trazando, pero a paso firme una cultura del que grita más fuerte. Y ahora, abrimos los ojos incrédulos, porque pareciera que hemos abandonado incluso la forma en cómo nos entendemos.

Lo único que queda es no abdicar del diálogo y condenar tajantemente toda forma no democrática de solucionar los conflictos. Dar el ejemplo para generaciones venideras de que es por medio de la institucionalidad que se logran cambios estructurales.

Menos “primera línea”, más diálogo. Ese es el Chile que queremos y necesitamos. Esperemos que nuestros líderes estén a la altura, y sepan reconocer que siempre hay líneas que no se deben cruzar.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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