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Y qué pasa si los vocales…

por 1 septiembre, 2020

Y qué pasa si los vocales…
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Cada día que pasa, la inquietud sobre el plebiscito abre algún tema de debate. Se torna repetitivo el si se hará en la fecha prevista, se volverá a aplazar, o las medidas que deberán adoptarse, los cambios legales para adecuarse a la situación de pandemia que nos afecta, o si podrán votar aquellos que han sido diagnosticados con COVID-19. Si deberán hacerlo en un horario diferido o en un lugar especialmente destinado a ellos, o deberá extenderse la jornada de votación o si habrá un horario especial para adultos mayores, y un enorme etcétera.

Pese a todo lo que se comenta, nadie sin embargo hasta ahora ha reparado en la situación de los grandes actores que permiten el funcionamiento del sistema y la realización de las elecciones: los vocales de mesa.
En mi condición de notario me ha correspondido participar en múltiples procesos eleccionarios y, como encargado de locales de votación, alguna experiencia he acumulado en relación con el proceso por dentro.

A los ministros de fe (notarios, receptores, secretarios de juzgados), como encargados de local de votación, se nos encomienda la tarea de organizar las mesas receptoras de sufragio, labor que consiste, en términos simples, pero nunca simple, en instalar y constituir las mesas, controlar su funcionamiento y recibir no solo el resultado de la votación, sino todos los implementos que se utilizaron en el proceso.

La función de los vocales de mesa, toda vez que es una carga impuesta a ciertos ciudadanos que por sorteo son designados para esta labor, es generalmente resistida por aquellos que resultan elegidos, principalmente por los no pocos que, por falta de recambio, han perdido su juventud ejerciendo esta tarea, puesto que muchos están allí desde los albores de nuestra nueva democracia, o que, habiendo sido remplazados después de muchos años, fueron nuevamente designados sin tener claro el horizonte hasta el cual deberán cumplirla.

La reiteración en su designación, la decepción con el sistema, el cambio en la extensión horaria, más todos los factores subjetivos que asisten a cada quien, fueron mermando el entusiasmo de los vocales, hasta transformar esta actividad en una francamente desagradable para quienes están obligados u obligadas a ejercerla.

A la falta de rotación en la función, se suma el cambio en el horario de votación. Se extendió de ocho horas a 10 horas fijas. Antes había mesas que comenzaban a funcionar a las 7 de la mañana y tenían su tarea cumplida a las 3 de la tarde y la mesa desocupada y resuelta antes de las 5, pero todo se complicó cuando el horario se extendió hasta las 18 hrs.

En la última elección, al menos en el local en que ejerzo mi función, ninguna mesa se constituyó con el total de vocales. Hubo que reorganizarlas todas porque la ausencia bordeó el 40%. En donde hubo 5 se sacaron 2 para completar otras mesas, lo mismo donde había cuatro. Las mesas en general funcionaron con tres vocales y la tarea de obligar a ejercer la función al primer elector que llegara, si bien pudo haber sido una sorpresa en otro tiempo que se aceptaba con resignación, hoy se rehúye y se torna desagradable tanto para el que la ejerce con resignación como para aquellos que tienen que aceptar a regañadientes su imprevista nominación.

Por otro lado, la tarea de cinco que deben hacer tres se complejiza, sobre todo por la inexperiencia de muchos en el manejo de los registros, actas y conteos. En la última elección, esto hizo que algunas mesas, sobre todo aquellas que terminaron por constituirse al filo de la hora establecida por ley, terminaran su labor cerca de la una de la mañana.

Si a todo lo anterior le sumamos, en esta oportunidad, un virus peligrosamente contagioso que tiene paranoico a medio mundo, midiendo distancia, evitando aglomeraciones, saltón ante un estornudo, se comprenderá que el entusiasmo por ser vocal de mesa estará muy por debajo de las veces anteriores, y si antes ya hubo severas dificultades para constituir las mesas, en esta oportunidad, pandemia mediante, va a ser todo un desafío lograrlo, más todavía si el horario se extiende a 12 horas corridas.

En síntesis, el problema para el plebiscito no va a ser solo si la gente concurrirá o no a votar, el problema va a ser y si se logrará convencer a quienes sean designados vocales que, además, ahora arriesguen su salud para constituir las mesas receptoras de sufragio, bajo la amenaza de una multa que nunca se aplica.

Es tiempo todavía de pensar en incentivos reales para reencantar a quienes tengan que realizar esta tarea.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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