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¿Qué hay de nuevo viejo?

por 18 septiembre, 2021

¿Qué hay de nuevo viejo?
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La Convención pasa por momentos turbulentos, como un/a adolescente en abrupta e intrigante explosión corporal.  En apariencias caos y chimuchina, como lo desea la prensa acosadora, destacando escándalos y omitiendo los enormes avances reglamentarios, incluido el tratamiento procedimental de los supra quorum. Proceso histórico inédito en Chile emergiendo desde y con la ciudad plebeya y paritaria, ancestral y mestiza, no para reformar sino para hacer una nueva Constitución.

Están en marcha tres procesos secuenciados y copulativos: estallido social espontáneo contra el orden neoliberal, 18/O, devenido en sublevación (para algunos) virtual y callejera, deliberativa  y vinculante (80% aprueba la idea de una nueva constitución, elección de mayoría de constituyentes de izquierdas y centro),  y auto convocada desdiciendo la supuesta falta de dirección, liderazgos y colorido político. Proceso encauzado institucionalmente a partir de una reforma a la actual Constitución impuesta al gobierno de Piñera y a su coalición en el momento de su mayor debilidad: Convención  Constituyente, plebiscitos de  entrada y de salida, participación ciudadana. Por último, recambio -ya iniciado- de autoridades  en todos los niveles a contraluz del juicio ciudadano respecto de sus desempeños durante el estallido y frente a los efectos de la pandemia.

Se recupera y resignifica el espacio de lo público, es decir de la Política: allí donde las voluntades individuales se cementan en voluntades colectivas frente a la institucionalidad y el Estado. Pero ahora el encargo a la política es desde lo individual y familiar y no desde incomprensibles -por ahora- y abstractas categorías sociales: desde horizontes cotidianos y urgentes y no de inalcanzables utopías de largo plazo; y, por último, desde el Territorio local, allí donde el aquí y el ahora cotidiano y personal (familia, salud y educación, previsión, delincuencia, etc.) se conjugan en un mismo y acotado espacio geográfico y simbólico. Lo público desde lo territorial y lo cotidiano   sitúa al poder municipal como principal ejecutor de las políticas públicas, eleva las exigencias a sus autoridades, y abre espacios a la participación de la gente, no en tanto vecinos y pobladores, sino de ciudadanos activos de sus comunas, unidades básicas  de la República.

La territorialización de la política y, con ello, el desacople y autonomización de la sociedad civil respecto de sus antiguas cúpulas dirigentes genera nuevos tejidos sociales factuales y virtuales y liderazgos asociados a expresiones corporativas y/o temáticas específicas. Expresiones enhebradas por un común repudio a los partidos y a la (mala) política, con gran activismo de base, y que explicarían la presencia de algunas “bancadas” constituyentes: LDP. Pueblos Originarios, feministas, LGBT+, ambientalistas y una mayoría de independientes fuera y dentro de los partidos. El concepto de mayoría (y de minoría) cambia radicalmente: desde la tradicional mayorías cuantitativas a la de mayorías cualitativas o mayorías diversa formadas por conjuntos territoriales y/o corporativos, a veces poblacionalmente minoritarios y sin mayor experiencia política ni anteriores militancias partidarias, pero expresivos de la diversidad ideológica y cultural del país. Aquí reside la mayor legitimidad y fortaleza  de la Convención, y también la fuente de sus inevitables turbulencias.

Se ha dado un gran paso al aprobar en general su complejo reglamento y su quórum procedimental.  Más al fondo, Chile Vamos Derecha cayó en su propia trampa y eso facilita cualitativamente el avance de la Convención: el progresismo en conjunto supera el supra quórum aprobatorio al disponer de más de 2/3 de  los constituyentes y la derecha, por  su parte, se queda sin poder de veto al no lograr el 1/3 necesario. Ese quórum de 2/3 inicialmente perverso hoy en un quorum virtuoso: dado que ningún grupo lo posee por separado, obliga a amplios acuerdos de la centro izquierda y la izquierda, y con constituyentes de derecha dialogantes, civilizatorios e inclusivos.

Los escándalos y sectarismos de los extremos están llevando a algunas/os constituyentes a desgajarse masivamente de sus grupos de origen (LDP:, escándalo Rojas Vade, bochorno Cuevas/Ancalao) y a otras/os a diferenciarse internamente (Chile Vamos: grupo de los 12, distanciamiento de Cubillos y Marinovic) y a reparar (parafraseando decires mexicanos) que del apuro maximalista solo queda el cansancio y que nada está tan mal que no pueda estar peor cuando se va de la mano de la mentira, el sectarismo y la descalificación. Paradojalmente tales excesos, a disgusto de la prensa acosadora, han contribuido a catalizar y ampliar una mayoría transversal y diversa que valora el clima de entendimiento y amistad cívica entre quienes piensan distintos.  Es muy probables cambios hasta ahora inimaginables en la subjetividad de las y los constituyentes, el relato implícito quizás no escrito de nuevos pareceres y relacionamientos ciudadanos casi tan importantes como la nueva Constitución (brotes de eso han reportado Patricia Politzer y Patricio Fernández).

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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