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Día Mundial de las Personas Refugiadas: reencontrarnos con la humanidad Opinión

Día Mundial de las Personas Refugiadas: reencontrarnos con la humanidad

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Rebeca Cenalmor Rejas
Por : Rebeca Cenalmor Rejas Licenciada en Derecho y Máster en Derechos Humanos, jefa de la Oficina Nacional de ACNUR.
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Si bien las personas refugiadas a menudo se ven obligadas a dejar atrás sus posesiones, su creatividad, habilidades y calificaciones permanecen con ellos. Necesitan oportunidades para ser miembros activos de las comunidades que los han acogido.


El 20 de junio se conmemoró el Día Mundial de las Personas Refugiadas, una fecha que nos invita a reflexionar sobre las crisis humanitarias que afectan a 117 millones de personas en todo el mundo. Este año, las conmemoraciones se llevan a cabo en un contexto particularmente estremecedor, en el que los sonidos e imágenes de las guerras y el sufrimiento humano nos hacen reflexionar sobre la relevancia de que los países continúen comprometidos con la protección de las personas refugiadas que huyen de los conflictos y violaciones graves a los derechos humanos, acogiéndoles en la medida de sus capacidades.

Al mismo tiempo, el llamado a los países es a abordar este desplazamiento desde sus causas, desde la raíz, para construir un futuro en donde estos conflictos se reduzcan y afecten a un menor número de personas, permitiendo además que las personas pueden retornar.

No podemos olvidar que la mejor solución para la mayoría de las personas refugiadas es poder, algún día, volver a su hogar, pero eso solo podrá darse si las condiciones en los países de origen son las adecuadas. Las partes de los conflictos deben respetar el derecho internacional. La realidad es que el desplazamiento forzado nunca se reducirá si las situaciones que obligan a las personas a huir, como las violaciones a los derechos humanos, siguen abiertas.

En Chile, país cuya historia también está muy vinculada al exilio y el asilo de sus habitantes en otros países del mundo, las conmemoraciones del Día Mundial también representan una oportunidad, primero, para reafirmar nuestro compromiso con los principios de igualdad y dignidad que definen nuestra humanidad, pero también para agradecer a las comunidades y a todas las personas que han abierto sus puertas para acoger a personas refugiadas, haciendo honor a la reconocida solidaridad del pueblo chileno ante las situaciones que requieren empatía, ponerse en el lugar del otro.

En este momento, esa solidaridad es más importante que nunca, en un contexto en el que la polarización y politización de la movilidad humana está cada vez más latente, dificultando que las personas refugiadas, que desean realizar contribuciones al país, puedan generar lazos de confianza y redes de apoyo, para poder reiniciar sus vidas.

Si se les brindan las posibilidades y la confianza, las personas refugiadas pueden generar grandes aportes al desarrollo nacional, entregando su talento y capacidades, contribuyendo al crecimiento, a la tributación del país y a fortalecer el mercado laboral.

Si bien las personas refugiadas a menudo se ven obligadas a dejar atrás sus posesiones, su creatividad, habilidades y calificaciones permanecen con ellos. Necesitan oportunidades para ser miembros activos de las comunidades que los han acogido, ya sea a través del trabajo, la escuela, los deportes u otras actividades. Necesitan la oportunidad de aprender y progresar, de ganarse la vida y de tener un sentido de pertenencia. Vimos este año, por ejemplo, cómo un deportista que no nació ni se crio en Chile, ganó una medalla de oro en los Juegos Panamericanos, regalando alegría a millones de chilenos y chilenas.

El llamado, con ocasión del Día Mundial de las Personas Refugiadas es algo tan simple y básico como transformador para la sociedad en la que estamos viviendo: a darse el tiempo de conocer a las personas antes de juzgarlas por su apariencia o su nacionalidad, a no igualar a las personas refugiadas con situaciones que nada tienen que ver con nacionalidades, ni acentos, ni razas, a ponerse en el lugar del otro, a dar una oportunidad de rehacer sus vidas a quienes, desafortunadamente, fueron víctimas de violencia, inseguridad y violaciones a los derechos humanos en sus países de origen.

Ser refugiado es una circunstancia, no lo que es una persona.

Como señaló nuestro Alto Comisionado: “Este es el momento de intensificar nuestros esfuerzos colectivos. Necesitamos el coraje de innovar y la determinación de cooperar para lograr un enfoque hemisférico que sea integral, eficaz y compasivo”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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