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Orden, esperanza y lo político Opinión J. A. Kast en el Cecot (El Salvador)

Orden, esperanza y lo político

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Ana María Stuven
Por : Ana María Stuven Historia PUC/UDP
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Martha Nussbaum ha escrito que el antídoto contra el miedo es la esperanza: no una esperanza ingenua, sino una esperanza práctica, capaz de sostener proyectos políticos y ser un horizonte para la deliberación pública y las aspiraciones democráticas.


En 1984, Norbert Lechner escribió un libro que cada cierto tiempo adquiere una merecida actualidad:  La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado. El resultado de la reciente elección presidencial invita, con razón, a reflexionar sobre ese “orden deseado”. La opción mayoritaria, representada por José Antonio Kast, se articuló en torno a la promesa del orden como antídoto al miedo que se habría anclado en una ciudadanía acechada por diversos fantasmas.

El concepto de orden debe interpretarse, ya es un concepto polisémico. No alude solo a la disposición adecuada -su sentido más inmediato, opuesto al desorden o la anarquía- sino también al plano normativo, a un sistema de valores o reglas que organizan,  que “ordenan” la vida de las personas y su interrelación.

El orden, en la dimensión que parece prevalecer ante la ciudadanía, también tiene su expresión en lo que se suele llamar “el orden público”, aludiendo desde una perspectiva jurídica, política y social, al conjunto de condiciones básicas que permiten la convivencia regular y pacífica entre los ciudadanos, garantizando el funcionamiento de las instituciones y el ejercicio de los derechos.

Desde la perspectiva del orden institucional el proceso eleccionario solo puede ser una excelente noticia para la democracia chilena. El “sistema” que ha ordenado nuestra convivencia desde el establecimiento de la república goza de excelente salud, demostrando, una vez más, su capacidad de canalizar los conflictos por medio de procedimientos legítimos.

En este sentido, no deja de ser ilustrativo recordar las palabras del presidente José Joaquín Prieto al presentar la Constitución de 1833. Los constituyentes —señalaba— habían buscado asegurar de manera duradera el orden y la tranquilidad pública, dejando de lado “teorías tan alucinadoras como impracticables”, responsables, a su juicio, de los vaivenes partidistas.

Así se inauguró la llamada República Conservadora, un período que, con no pocas exclusiones y conflictos, logró una estabilidad prolongada. Esa estabilidad permitió el fortalecimiento de la idea de nación, el despliegue del debate intelectual y la consolidación de un orden político que, con interrupciones conocidas, se sostuvo hasta la crisis de 1891.

Lechner recordó el carácter inacabado de toda construcción política y la necesidad de su institucionalización y su relación con el tiempo.  Ese fue el espíritu que animó a la elite decimonónica. Un orden entendido como un “ordenamiento” en el cual pudieran reposar -no sin tensiones- las libertades republicanas.

Lo que hoy no parece percibirse con igual confianza es el orden público ni, más ampliamente, la salud de la comunidad política. Esa percepción alimenta un miedo extendido que atraviesa diversas dimensiones de la vida social y que explica, en parte, la adhesión a promesas de orden que requieren, en un orden democrático, ser cuidadosamente precisadas.

La experiencia histórica permite pensar que la construcción política nunca logrará completar el “orden deseado”. Aún así, sigue siendo el espacio privilegiado para acercar posiciones  y orientar los desacuerdos en una dirección constructiva. La búsqueda del orden que animó a los forjadores del Estado chileno estaba anclada en una pregunta ética sobre los fundamentos normativos de la vida social, indispensables para la convivencia democrática.

Martha Nussbaum ha escrito que el antídoto contra el miedo es la esperanza: no una esperanza ingenua, sino una esperanza práctica, capaz de sostener proyectos políticos y ser un horizonte para la deliberación pública y las aspiraciones democráticas.

El desafío actual es la búsqueda de “un orden deseado” -no cualquier orden- tarea que exige una urgente revalorización de lo político como una dimensión constitutiva de la vida social.

Para lograrlo se requiere con urgencia que quienes asumirán pronto los cargos de representación contribuyan a legitimar el ejercicio del poder de manera de lograr la necesaria cohesión frente a la división social

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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