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Pese a la pobreza, no gracias a ella Opinión Crédito: Agencia Uno

Pese a la pobreza, no gracias a ella

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Felipe Allende
Por : Felipe Allende Sociólogo, Magister en Ciencias Sociales, diplomado en políticas públicas y género, integrante del Núcleo de Investigación Género y Sociedad Julieta Kirkwood de la Universidad de Chile.
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La tarea de la política no es encontrarle virtudes a la pobreza. Es terminar con ella. Y hacerlo entendiendo que no afecta a todas las personas por igual. Porque nadie es lo que es gracias a la pobreza. Y menos aún, cuando esa pobreza tiene rostro de mujer.


Hay frases que no solo son desafortunadas: son peligrosas. Decir que “haber sido pobre” es “uno de los mejores regalos” que alguien pudo recibir no es una anécdota personal inocente. Es una idea profundamente equivocada, que distorsiona la realidad social y, peor aún, legitima la desigualdad.

Y es aún más grave cuando quien la enuncia es una ministra de Estado. Porque ahí deja de ser una vivencia individual y se convierte en un mensaje político, en una forma de interpretar (y, en cierta medida, justificar) la pobreza desde el poder.

No. La pobreza no es un regalo. Nunca lo ha sido.

La pobreza no entrega herramientas, las quita. No abre caminos, los bloquea. No fortalece por sí misma, desgasta. Quienes logran salir de ella no lo hacen gracias a la pobreza, sino a pesar de ella. Y muchas veces, no salen en absoluto.

Romantizar la pobreza es un lujo que solo puede darse quien ya no la vive.

Desde las ciencias sociales esto está más que documentado: la pobreza no es una experiencia formativa positiva, es una condición estructural que limita el desarrollo humano. Impacta en la salud, en la educación, en las redes, en las oportunidades. Condiciona trayectorias completas de vida. Hablar de ella como un “regalo” es invisibilizar esa evidencia y desplazar la discusión desde lo estructural hacia lo individual.

Pero hay algo más. Y es clave decirlo: La pobreza tampoco es neutra. Tiene género.

En Chile, las mujeres (y especialmente las mujeres jefas de hogar) enfrentan mayores niveles de precariedad, menores ingresos y una sobrecarga permanente de trabajo no remunerado. La pobreza, para ellas, no es solo falta de ingresos: es tiempo que no alcanza, es doble o triple jornada, es postergar proyectos propios para sostener la vida de otras personas.

Decir que la pobreza es un “regalo”, en ese contexto, no solo es un error conceptual. Es desconocer, o minimizar, la experiencia concreta de millones de mujeres que sostienen hogares enteros en condiciones adversas.

Y aquí aparece una tensión incómoda, pero necesaria.

Que sea una mujer quien emite esa frase no la vuelve automáticamente más válida. La experiencia individual, por valiosa que sea, no reemplaza la realidad estructural. Porque si algo ha mostrado el feminismo, con claridad, es que no basta con “haber vivido algo” para comprenderlo en toda su dimensión social.

La pobreza no empodera por sí misma. Lo que existe es resistencia, organización, redes, estrategias colectivas. Y eso no nace de la pobreza como regalo, sino de la necesidad de sobrevivir a ella.

Confundir esa capacidad de resistencia con una supuesta virtud de la pobreza es, en el fondo, romantizar la precariedad.

Y eso tiene consecuencias.

Porque cuando se instala la idea de que la pobreza “te hace mejor”, se abre la puerta a responsabilizar a quienes no logran salir de ella. Se transforma una injusticia estructural en una supuesta falla individual. Se borra el peso del género, de la clase, de las condiciones materiales.

Es el mismo relato de siempre, pero con un tono más amable. Y no, no es más amable. Es más peligroso.

En Chile, la pobreza no es una escuela de vida. Es desigualdad acumulada. Es vivir con menos margen, menos tiempo, menos oportunidades. Y cuando se cruza con el género, es también una carga desproporcionada que recae sobre las mismas de siempre.

No hay nada que celebrar ahí.

La tarea de la política no es encontrarle virtudes a la pobreza. Es terminar con ella. Y hacerlo entendiendo que no afecta a todas las personas por igual. Porque nadie es lo que es gracias a la pobreza. Y menos aún, cuando esa pobreza tiene rostro de mujer.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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