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El Estado como botín: “con la nuestra” Opinión

El Estado como botín: “con la nuestra”

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Marysol Díaz Serón
Por : Marysol Díaz Serón Abogada e investigadora de Procesos Políticos.
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Los impuestos son el precio de la civilización y el mecanismo para la justicia económica. El erario nacional es el patrimonio común de los chilenos. Porque se construye ‘con la nuestra’, el periodismo ciudadano y la transparencia son esenciales para exigir que se cuide.


En el debate público chileno se instaló hace décadas una muletilla que la derecha utiliza para frenar cualquier avance en la protección social. Es el reclamo de “mis impuestos”, que hoy ha derivado en la agresiva consigna de “con la nuestra” o “con la tuya, contribuyente”. Bajo esta lógica, que los filósofos Liam Murphy y Thomas Nagel denominan libertarismo cotidiano, se asume que los tributos son una expropiación de una propiedad que nos pertenece de forma natural antes de cualquier intervención estatal. Es la idea de que el Estado nos arranca de las manos algo que ya era íntimamente nuestro. Sin embargo, esta premisa es, jurídica y filosóficamente, falsa.

Como bien plantean los autores en The Myth of Ownership, la propiedad privada no es un derecho prepolítico, sino una convención legal definida por el propio sistema tributario. No existe el dinero, ni los contratos, ni el libre mercado sin el marco institucional que provee el Estado, sustentado por los tributos. Por lo tanto, el ingreso antes de impuestos es un mito contable. Lo que es verdaderamente nuestro es lo que queda después de que el sistema fiscal, que hace posible la existencia de la riqueza, ha cumplido su función.

Si los impuestos no son un robo, sino la base de nuestra convivencia, entonces las arcas fiscales son, en el sentido más estricto, lo nuestro. Aquí es donde el periodismo ciudadano cobra una relevancia democrática inédita. Gracias a la fiscalización activa de las personas y la democratización de la información, hoy existe un interés creciente –y muy legítimo– por saber exactamente en qué se gastan los recursos de todos. Esta vigilancia no debe nacer del rencor del “contribuyente estafado”, sino de la conciencia del ciudadano que sabe que el erario nacional es su patrimonio común.

El problema del libertarismo irreflexivo es su profunda hipocresía. La misma casta política que promueve que los impuestos son un robo no tiene empacho en alimentarse de ellos con voracidad. El episodio de Cristián Valenzuela, asesor de José Antonio Kast, es el epítome de esta contradicción. Resulta irónico que alguien que ha calificado a los funcionarios públicos como “parásitos” haya sido descubierto –gracias precisamente al escrutinio público y ciudadano– cobrando sueldos anticipados por labores no ejecutadas mientras su líder ni siquiera asumía funciones formales. Aunque sea una práctica asentada en los traspasos de mando. Es la particular hipocresía de Valenzuela lo que escandaliza al ciudadano que se ve timado por retóricas falaces que resultan ser armas de doble filo. 

Para este sector, el Estado es un monstruo parasitario cuando financia derechos sociales, pero es un botín cuando se trata de pagar favores políticos. Cuando Valenzuela cobra con anticipación dineros fiscales, lo hace “con la nuestra”. La indignación ciudadana frente a estos hallazgos demuestra que el periodismo hecho por y para las personas ha entendido lo que la teoría de Murphy y Nagel sugiere: que el dinero público es sagrado porque es el instrumento de la justicia distributiva.

Los impuestos son el precio de la civilización y el mecanismo para poner en práctica la justicia económica. El erario nacional es el patrimonio común de los chilenos. Precisamente porque se construye “con la nuestra”, el periodismo ciudadano y la transparencia activa son las herramientas para exigir que se cuide. Contribuir no es un robo, es la base de la convivencia; y vigilar ese gasto no es un ataque al Estado, es el ejercicio de un derecho de propiedad colectiva.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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