Opinión
Agencia Uno
La universidad que aprendió a cumplir: ¿dónde quedó el horizonte?
Tenemos más indicadores de acreditación que nunca. Y cada vez menos conversaciones sobre hacia dónde vamos como universidad. Pero la pregunta por el horizonte propio todavía puede hacerse.
Este 2026, más de una docena de universidades chilenas enfrentan simultáneamente su proceso de reacreditación institucional bajo los nuevos criterios de la CNA, vigentes desde octubre de 2023. Entre ellas hay universidades estatales, regionales y privadas cuya certificación vence este año. Durante meses, cada una de estas instituciones movilizará equipos, redactará informes de autoevaluación, preparará la visita de pares evaluadores y ajustará sus planes de mejora para responder a las cinco dimensiones que exige el sistema. El ciclo de la acreditación se ha convertido en el ritmo dominante de la vida universitaria chilena. Y eso, que parece una buena noticia, esconde un problema que conviene mirar con atención.
Hoy el sistema evalúa gestión estratégica, docencia, vinculación con el medio e investigación, y los resultados condicionan el acceso de los estudiantes a la gratuidad, las becas y el financiamiento estatal. El problema no es la acreditación en sí. El problema es cuando cumplir reemplaza al pensar la universidad y su propio proyecto.
La investigación disponible permite matizar el optimismo. Estudios recientes sobre el impacto de la acreditación en universidades latinoamericanas muestran que el proceso suele mejorar la gestión institucional, la infraestructura, el rediseño curricular y la cultura de calidad. Los estudiantes tienden a asociar la acreditación con mayor satisfacción, y los empleadores la valoran como señal de formación. Sin embargo, la misma evidencia revela un reverso menos visible: académicos y gestores reportan que los cambios tienden a ser más administrativos que de otro tipo, que la carga burocrática aumenta sin traducirse necesariamente en innovación, y que persisten dudas serias sobre si los logros en acreditación se traducen en mejoras a largo plazo. Algunos investigadores advierten incluso sobre el riesgo de una “gestión taylorista” de la calidad: centrarse en cumplir indicadores con cambios más formales que sustantivos.
Es decir, la acreditación mejora lo que puede medir. Lo que no mide, ni puede medir, es si la institución sabe hacia dónde va. Y eso no es un indicador pendiente: es una pregunta que apunta al sentido de la labor universitaria.
Conviven en la universidad, a veces de manera tensa, dos formas de entender la conducción institucional. Una más “romana”, que privilegia la jerarquía, la eficacia y la capacidad de respuesta ante exigencias externas. Otra más “ateniense”, que se sostiene en la deliberación, la apertura al disenso y la convicción de que la discusión académica tiene valor en sí misma. De un lado, una idea de calidad educativa entendida como conjunto de indicadores de gestión; del otro, una que pone el acento en la formación integral de las personas y en el debate como condición del buen juicio. Bajo la presión de los sistemas evaluativos, ambas orientaciones corren el riesgo de confluir en lo mismo: cumplir, porque parece no haber espacio ni energía para mucho más.
Quienes trabajamos en estas instituciones conocemos esa tensión desde adentro. El académico que publica para cumplir su carga de investigación más que por convicción intelectual. El claustro no discute porque el tiempo está tomado por el siguiente ciclo de autoevaluación. Las reuniones convocadas desde arriba donde se nos informa de los avances y se nos capacita en planificación estratégica, pocas veces para conversar. Hasta la sana ambición de desarrollo termina regulada. Es una lógica que, acumulada, produce universidades que alcanzan el techo, respiran tranquilas y se dedican a lo que las mueve. El problema es que quizá ya no recuerden bien qué era eso.
Los planes de mejora, que deberían ser instrumentos dinámicos al servicio de un proyecto educativo, tienden a convertirse en ciclos que se repiten más de lo que cambian. El techo externo, acreditable, siempre evaluado desde fuera, se instala como si fuera el proyecto propio, y con el tiempo nadie recuerda que fueron cosas distintas. No es sólo ambición lo que se pierde. Es algo más básico: la capacidad de formular una pregunta que el sistema de acreditación no haya previsto. La posibilidad de que una universidad se pregunte qué quiere ser, no solo qué debe certificar.
Lo que escasea es una conducción capaz de habitar esa tensión sin resolverla de forma fácil. Cumplir sin perder el proyecto, ordenar sin agotar la discusión y, sobre todo, no perder de vista que la pregunta por el horizonte sigue siendo posible: qué universidad queremos ser.
Porque cuando el techo reemplaza al horizonte, la universidad puede volverse eficiente. Pero ya no sabe bien hacia dónde va.
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