Opinión
Paz y el “monstruo” que no queremos ver
El “monstruo” más peligroso no es ese al que apuntamos con el dedo, sino el que se instala silenciosamente en nuestro interior: la deshumanización.
Me llega un audio desgarrador: ‘me estoy volviendo un monstruo, quiero quemarlo todo’. No habla de fantasía. Habla desde la tristeza profunda, desde la rabia y la impotencia porque los horrores que él vivió cuando niño, los siguen sufriendo otros niños, niñas y adolescentes hasta hoy. Él está lejos de ser un “monstruo”, todo lo contrario, lo monstruoso es el entorno que permite que esto suceda.
El “monstruo” se construye lentamente, a golpes de abandono, a punta de silencios, de puertas que se cierran, de manos que no llegan a tiempo, de poderes que te usan y luego te ignoran. Se construye cuando una vida —sobre todo una de pocos años— aprende demasiado pronto que el mundo no es un lugar seguro.
Es alguien cuyos derechos humanos fueron violados reiteradamente, incluso por quienes tenían el deber irrenunciable de protegerle: el Estado, las instituciones públicas y privadas involucradas y los adultos responsables. Sename fue una de las expresiones terribles de ese modelo y hoy siguen vigentes muchas de sus prácticas.
Hay trayectorias de vida completas que están marcadas por la desprotección que fueron avaladas por la impunidad y los silencios cómplices. Sabemos que hay infancias que crecen entre diagnósticos que no se tratan, medicamentos que no llegan, otros que se administran de manera excesiva solo para controlar, y entre intervenciones fragmentadas que no logran sostenerse en el tiempo. Sabemos que hay vidas que se quiebran cuando recién están dando sus primeros pasos.
Y, sin embargo, cuando la violencia estalla, las preguntas públicas suelen ser otras: ¿cómo pudo suceder? ¿cómo alguien puede hacer algo así? Buscamos respuestas rápidas, culpables individuales, explicaciones a hechos aislados. En este recordar, imposible no volver a pasar por el corazón, el incendio en el centro “Tiempo de Crecer” que costó la vida de diez adolescentes privados de libertad que estaban bajo la custodia del Sename, también la muerte de la niña Lissette Villa, del pequeño Bryan y de tantos más.
Identificamos a algún culpable de turno y, con eso, creemos entender. Sin embargo, esa acción solo desdibuja la historia previa y la subterránea. Encubre cadenas de injusticias, omisiones y abusos. Encubre el hecho incómodo de que las violencias no aparecen de la nada y que se acumulan al ser reiteradas.
¿De dónde sale esa enorme rabia? De la humillación. De no ser visto. De no importar. De vivir en constante amenaza y carencias. Crece en la violencia de una desesperanza cotidianamente aprendida, que muchas veces también se vuelve autodestructiva. Por eso, es urgente transformar las condiciones de cuidado, de custodia y de fiscalización de los organismos a cargo de niños y niñas, así como la cultura del estigma y de violencia estructural que la sostiene. En esto, la Comisión Verdad y Niñez tiene una imprescindible tarea de Estado que debe seguir cumpliendo.
Mientras tanto, que nos duela hasta el tuétano la inmoral cifra de 41 mil niños y niñas en lista de espera para recibir “protección” del Estado.
La violencia es inaceptable siempre. Daña, rompe y deja huellas irreparables. Por eso requerimos mirar las condiciones que la incuban, si no, estamos condenados a repetir la historia. Requerimos justicia social para co-construir paz. Como decía Johan Galtung, las violencias visibles o directas son solo la punta del iceberg de las violencias estructurales, culturales y simbólicas que las sustentan.
La tarea compartida sigue siendo enfrentar el conflicto y generar espacios de diálogo, de escucha, de reparación y de transformación real. Volver a levantar —una y otra vez— la posibilidad de vínculos amorosos, de instituciones que cuiden, de comunidades que no abandonen, de conversaciones que posibilitan encuentros en la diferencia, de formas de desobediencia no violentas que permitan mover el doloroso statu quo.
Reconocer el conflicto como parte de la vida social nos obliga a buscar formas de abordarlo para que la violencia no sea el único camino. Porque las violencias no nacen: las dejamos crecer. El “monstruo” más peligroso no es ese al que apuntamos con el dedo, sino el que se instala silenciosamente en nuestro interior: la deshumanización.
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