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Crecer sin instrumentos Opinión

Crecer sin instrumentos

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Cecilia Alfaro Gómez
Por : Cecilia Alfaro Gómez Ingeniera civil industrial UC y escritora. Ha trabajado en evaluación de proyectos y financiamiento para el desarrollo productivo. Autora de Futrono (Premio Municipal de Santiago 2023).
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Un discurso recurrente en Chile es la promesa de crecimiento económico. Pero sin una  estrategia sólida y sostenida en el tiempo, este no se hace posible. 


El crecimiento no es un eslogan ni una expectativa, es una construcción. Requiere  instrumentos, coordinación, continuidad y, sobre todo, capacidades instaladas. No basta con  una intención: alguien tiene que diseñar, ejecutar, evaluar y sostener estos procesos en el  tiempo. 

Nuestro país ha perdido dinamismo. En los años noventa y comienzos de los 2000’s crecíamos a tasas cercanas al 4% anual, en gran medida gracias a una condición externa  que nos favorecía: el auge de los commodities. 

Hace más de quince años que ese impulso se agotó y el panorama es distinto: estamos  estancados, con un índice inferior al 2%, cifra estimada por el propio Banco Central. Y lo que  quedó en evidencia es que, durante todo ese tiempo, no se construyeron capacidades  internas suficientes para sostener un nuevo ciclo de crecimiento. 

El país sigue dependiendo de una matriz productiva poco diversificada, concentrada en la  extracción y exportación de recursos naturales. Al mismo tiempo, la inversión en I+D+i se  mantiene baja, en torno al 0,3% del PIB (muy lejos del promedio de la OCDE, que supera el  2%). Con estos números, pensar en un crecimiento económico con apellido “sostenible”  resulta tristemente imaginario. 

No es una desaceleración circunstancial, es la incapacidad de crecimiento. 

Y esto no es un diagnóstico aislado: informes del BID recalcan que América Latina enfrenta  un problema estructural de baja productividad, con economías que no logran sostener  procesos de transformación productiva en el tiempo. En el caso de Chile, el desafío es  particularmente evidente: un país que logró estabilidad macroeconómica, pero que no ha  dado el salto hacia una economía más intensiva en capital humano. 

El sector privado tampoco escapa a esta lógica. Estudios de McKinsey & Company han  mostrado que incluso en economías relativamente sofisticadas de la región, como Brasil, la  adopción tecnológica y el escalamiento productivo avanzan más lento de lo esperado,  limitando el potencial de crecimiento de largo plazo. ¿La razón? Se requiere de una mejora  en las habilidades y en la capacidad de adopción de nuevas tecnologías por parte de los  usuarios. 

Es consecuencia, el problema no es solo cuánto crece Chile, sino cómo crece y con qué  herramientas pretende hacerlo. 

En ese contexto, la eliminación o debilitamiento de programas orientados al desarrollo  productivo no es un detalle administrativo. Es una señal.

Programas como el de Desarrollo Productivo Sostenible (cuyo propósito era articular  financiamiento, capacidades técnicas e instrumentos para impulsar inversión, innovación y  escalamiento productivo) son, precisamente, uno de los pocos intentos de abordar un  problema estructural: la dificultad histórica de Chile para construir una matriz productiva  diversificada. 

Eliminar este tipo de iniciativas, mientras se insiste en la necesidad de retomar el crecimiento,  constituye una contradicción per-se. 

Se ha señalado que “los recursos liberados en gastos de personal se destinarán al  financiamiento de acciones, iniciativas o instrumentos que contribuyan al desarrollo y  transformación productiva sostenibles”. Y entonces, ¿quién ejecuta esos programas cuando  las capacidades que los hacían posibles desaparecen? 

Aquí no hay solo una inconsistencia técnica. Hay algo más grave: el pensar que, para alcanzar  el desarrollo, la ejecución es un detalle y no el meollo del asunto. 

El crecimiento económico exige equipos técnicos, continuidad institucional y aprendizaje  acumulado. Necesita tiempo. Y, sobre todo, requiere al Estado como un articulador activo de  estos procesos. Ahí es donde los instrumentos importan. Ahí es donde programas como DPS  dejan de ser una línea presupuestaria y pasan a ser una pieza dentro de un engranaje mayor. 

El riesgo no es solo eliminar un programa. El riesgo es consolidar una lógica en la que se  habla de crecimiento sin hacerse cargo de su implementación. 

Porque el crecimiento económico no se decreta. 

Se construye. 

Y, sobre todo, se ejecuta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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