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La clase media Opinión

La clase media

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Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
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los chilenos no están pidiendo mansiones ni fortunas imposibles. Están pidiendo algo muchísimo más modesto y muchísimo más difícil de reconstruir: estabilidad, respeto, tiempo para vivir, reconocimiento moral al esfuerzo realizado.


He escrito esta columna pensando en Patricio Aylwin. Pensando en aquel momento —hoy casi incomprensible para ciertas élites contemporáneas— en que, antes de asumir la Presidencia de la República, apareció en televisión diciendo con sencillez y orgullo que era un hombre de clase media. Lo decía sin victimismo ni afectación, como quien nombra una dignidad construida lentamente: la de un profesional que había sacado adelante a su familia con estudio, disciplina y trabajo, aun siendo senador, dirigente político y futuro Presidente de Chile.

En aquel país, la clase media no era una categoría estadística manipulada desde una planilla Excel ni un segmento de consumo definido por consultoras. Era una identidad moral. Representaba el mérito, la educación, cierta austeridad republicana y la convicción —tal vez ingenua, pero profundamente civilizatoria— de que una persona podía progresar sin privilegios heredados y sin necesidad de convertir la especulación en forma de vida.

Hoy, en cambio, pareciera que esa misma clase media hubiese quedado atrapada entre la indiferencia burocrática del Estado y la arrogancia desbordada de ciertas élites que hablan del país como si se tratara de una propiedad administrada por especialistas.

No voy a discutir aquí la ley miscelánea ni las habituales tropelías y liturgias económicas con que algunos intentan convencernos de que todo sacrificio social constituye, en el fondo, una forma superior de patriotismo. Esa discusión se agota sola. Me interesa algo más disimulado y, probablemente, más peligroso: la transformación silenciosa de la técnica en autoridad moral.

Porque una cosa es que las sociedades modernas necesiten conocimiento especializado. Otra muy distinta es que un grupo de expertos en una técnica termine creyendo que sus títulos universitarios le otorgan también el derecho a decidir cómo deben vivir los demás. Ahí comienza algo mucho más parecido a una catequesis tecnocrática que a una democracia.

Chile lleva años incubando esa enfermedad.

Hay frases que retratan una época mejor que cien tratados sociológicos. “Vendan”. “Levántense más temprano”. “Cómanse las vacas”. Todas ellas contienen la misma indiferencia esencial: la incapacidad de comprender la experiencia concreta del otro.

Y aquí conviene hacer una pregunta incómoda.

¿De dónde proviene exactamente tanta superioridad?

Porque escuchándolos hablar, cualquiera supondría que estamos frente a una generación de estadistas excepcionales, filósofos de talla mundial o constructores de prosperidad histórica. Pero la verdad suele ser bastante menos épica. La mayoría no ha fundado nada memorable, no ha escrito una obra perdurable, no ha debido sostener una empresa propia con su patrimonio ni ha conocido realmente la fragilidad cotidiana sobre la que vive la mayoría de los chilenos. Su principal ejecutoria consiste, muchas veces, en haber aprendido a hablar con extraordinaria seguridad sobre la vida ajena.

No estamos frente a un Raúl Saez, o a una Gabriela Mistral a un pintor como Maffei,   o a la escritora Isabel Allende. Ciertamente, ninguno de los premios nacionales forma parte de ese grupo y, sin embargo, pontifican.

Pontifican sobre vivienda, educación, pensiones, familia, impuestos, cultura y hasta sobre los límites de aquello que la ciudadanía tendría derecho a discutir públicamente. Como si la deliberación democrática fuese una molestia menor que conviene administrar reservadamente hasta que el pueblo alcance, por fin, la iluminación técnica de sus expertos.

Lo más curioso es que esta arrogancia suele venir acompañada de una pobreza espiritual bastante notable.

Porque el problema chileno nunca ha sido únicamente económico. También es cultural. Lentamente comenzamos a producir una generación de bárbaros iletrados: personas altamente entrenadas para maximizar indicadores, pero cada vez más incapaces de comprender aquello que no puede traducirse en rentabilidad inmediata.

Por eso, cuando llegan los recortes, los primeros sacrificados suelen ser siempre los mismos: la cultura, la investigación, las humanidades, la ciencia, el pensamiento. Todo aquello que alguna vez permitió que una sociedad fuese algo más que una maquinaria de producción y consumo.

El viejo ocio griego —ese espacio donde los ciudadanos cultivaban reflexión, conversación y vida común— ha sido reemplazado por una especie de utilitarismo ansioso donde incluso el descanso debe justificarse productivamente. Hasta el alma parece tener que rendir indicadores de desempeño.

Por supuesto, sería intelectualmente deshonesto no hacer distinciones. Economistas como Alejandro Foxley, Ricardo Ffrench-Davis, Andrés Sanfuentes, , Carlos Massad, Mario Marcel, Claudio Agostini y muchos más pertenecen a otra tradición: una tradición que entendía que la economía debía dialogar con la sociedad y no administrarla desde arriba sobretdo cuando se navega en un mar proceloso y desafiante. Ellos sabían que detrás de cada cifra había una familia, una deuda, una enfermedad, una angustia concreta.

Esos economistas  podían equivocarse  —y muchas veces se equivocaron, pero siempre mantuvieron su rasgo más distintivo: sentido de realidad humana.

La nueva tecnocracia, en cambio, suele exhibir una convicción bastante más peligrosa: la idea de que el país existe principalmente como un conjunto de variables macroeconómicas que deben mantenerse razonablemente estables mientras las personas aprenden a adaptarse emocionalmente a la precariedad.

Y ahí aparece el verdadero drama chileno contemporáneo. Porque el problema de millones de personas ya no es solamente la desigualdad. Es el agotamiento.

Hay un cansancio moral recorriendo Chile. Y los jubilados? Tal vez ahí se encuentre la forma más cruel de esta decadencia silenciosa.

Después se preguntan por qué la rabia chilena parece tan intensa y tan confusa cuando se desata.

Pero esa rabia no nace solamente de la pobreza. Nace, sobre todo, de la humillación. De la sensación de haber hecho todo correctamente y aun así vivir permanentemente al borde de la caída. De escuchar durante décadas sermones sobre modernización mientras la vida cotidiana se vuelve más áspera, más cara y más incierta.

Porque lo que la clase media chilena siente haber perdido no es únicamente seguridad económica. Es horizonte.

Y cuando una sociedad pierde horizonte, comienza lentamente a degradarse espiritualmente.

Pero algo empezó a cambiar.

La reverencia se va a acabar.

Millones de personas comenzaron lentamente a mirar a estos nuevos sacerdotes de la racionalidad económica con los ojos del niño del viejo cuento: ese que descubre, antes que todos los demás, que el rey está desnudo.

Y quizá ésa sea la noticia política más importante de todas.

Porque los chilenos no están pidiendo mansiones ni fortunas imposibles. Están pidiendo algo muchísimo más modesto y muchísimo más difícil de reconstruir: estabilidad, respeto, tiempo para vivir, reconocimiento moral al esfuerzo realizado.

Quieren sentir que trabajar honestamente todavía tiene sentido.

Nada más.

Y nada menos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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