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El cargo que se comió al experto Opinión

El cargo que se comió al experto

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Jorge Sepúlveda Haugen
Por : Jorge Sepúlveda Haugen Ingeniero. Patagonia, Puerto Aysén, Chile
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La crisis de seguridad del Gobierno de José Antonio Kast expone un problema más profundo que una mala gestión: la distancia entre las capacidades técnicas de una fiscal experta y las habilidades políticas necesarias para conducir un ministerio altamente expuesto.


Chile tiene un problema que no es de personas. Es de categorías.

Cuando un sistema institucional toma a alguien que ha construido su identidad completa en una función específica, años de formación, de casos ganados, de metodología afinada hasta el filo y lo coloca en un cargo que opera con una lógica radicalmente distinta, no comete un error de recursos humanos. Comete un error de arquitectura. Y los errores de arquitectura no se resuelven con esfuerzo ni con buena voluntad. Se resuelven reconociendo que hay lugares donde ciertas personas brillan, y lugares donde esas mismas personas, exactamente esas, con exactamente esas capacidades, quedan expuestas a una comparación que nunca debieron enfrentar.

Lo que el Gobierno de Kast está procesando en materia de seguridad no es una crisis de gestión. Es la consecuencia previsible de haber trasladado a alguien desde su zona de dominio absoluto hacia un territorio que tiene reglas distintas, tiempos distintos, y lenguajes distintos. Una fiscal que lleva una investigación compleja durante años sabe exactamente qué hacer con la
incertidumbre: la convierte en evidencia, la disciplina en carpeta, la lleva a juicio.

Un ministro que enfrenta la misma incertidumbre tiene que hacer algo completamente diferente: construir coaliciones, comunicar sin comprometer, negociar sin ceder lo esencial, aparecer ante el Congreso con un relato que convenza antes de que la sentencia exista. Son habilidades distintas. No mejores ni peores. Distintas.

Chile tiene, en este momento, personas que podrían ocupar ese ministerio con la misma formación técnica en seguridad y con las capacidades políticas que el cargo demanda. Personas que conocen el crimen organizado no solo desde la carpeta judicial sino desde la arquitectura institucional que lo contiene y lo enfrenta. Que saben hablar con el Congreso porque han tenido que hacerlo. Que conocen el norte del país con una profundidad que no se adquiere en un escritorio de Santiago: sus rutas, sus redes, sus actores, su frontera porosa con Bolivia y Perú, la economía subterránea que se mueve por Iquique y Colchane con una fluidez que desafía cualquier operativo puntual. Que han construido, en terreno y con equipos reales, algo que los ministerios rara vez producen desde arriba: credibilidad ante las instituciones que deben coordinar.

Hay también quienes vienen del otro ángulo, el estratégico. Los que han pensado la seguridad como sistema, como política pública de largo aliento, como problema que no se resuelve con más detenidos sino con más inteligencia aplicada al diseño institucional. Los que conocen las experiencias comparadas, que saben por qué El Salvador no es un modelo exportable y por qué Colombia tardó veinte años en entender lo que Chile todavía está intentando comprender. Los que pueden sentarse en una mesa con académicos, con policías, con fiscales y con parlamentarios, y sostener
una conversación técnica con cada uno sin perder el hilo conductor.

Esas personas existen. No son hipotéticas.

El problema no es la escasez de talento disponible. El problema es que Chile tomó a una fiscal, alguien que hubiera sido, probablemente, una de las mejores del país en perseguir el crimen organizado desde el Ministerio Público y la expusieron a tratar de demostrar que tendría habilidades para conducir un Ministerio de Gobierno. Son cosas distintas.

La segunda no está garantizada por la primera. Y el costo de esa demostración fallida no lo paga solo quien ocupa el cargo. Lo paga la institución. Lo paga la ciudadanía que eligió un gobierno que prometió exactamente esto: resultados en seguridad. Lo paga también, y esto es lo que menos se dice, la propia persona. Porque nadie que ha construido una trayectoria con seriedad merece terminar asociada al fracaso en un rol para el que nadie la preparó.

Este es el costo silencioso de poner a las personas correctas en el lugar equivocado. No es una derrota personal. Es una advertencia sistémica.

Chile tiene el capital humano para hacer esto bien. La pregunta es si quienes deciden están dispuestos a escuchar lo que el sistema ya sabe y todavía no se ha dicho en voz alta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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