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El PDG, Parisi y el negocio de la demagogia Opinión Archivo (AgenciaUno)

El PDG, Parisi y el negocio de la demagogia

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Podríamos analizar cada una de sus propuestas, y todas llevarían a lo mismo: el PDG ha entendido cómo empatizar con la frustración de la clase media, pero no sabe cómo transformar su empatía en propuestas serias. Y esa es, quizá, su mayor pobreza política.


Se bajó del avión. Se puso una corbata roja, posiblemente Hugo Boss. Se reunió con sus diputados –“mis diputados”, como les dice, sin ningún afán de ocultar que los presume como de su propiedad– y les instruyó patear el tablero, desahuciando el acuerdo que buscaba aprobar el Plan de Reconstrucción al que unos días antes habían llegado con el ministro mejor evaluado, José García Ruminot.

Se dirigió a cuanto medio de prensa quiso entrevistarlo. Consiguió una reunión antes del mediodía con el Ministro de Hacienda. Ahí en el ministerio, dijo que probablemente se llegue a acuerdo. Y tras 48 horas, se subió al avión y volvió al modo spanglish.

¿Qué cambió tras la reunión con Hacienda? Bien poco. En realidad, nada. Todo fue solo un show, un reality, prefiriendo un espectáculo de quiebre, un chantaje que sube nominalmente el precio de sus 13 votos en la Cámara, olvidando la seriedad.

Franco Parisi ha logrado instalar con estos trucos al Partido de la Gente en el mapa político, pero lo ha hecho desde el populismo mediático, más preocupado de la foto y lo performático que de la solidez de las políticas públicas. La retórica del PDG no se alimenta de ideas, sino de la controversia y del impacto mediático: un “tremendo” diputado disfrazado con capa prusiana emulando a Pinochet para escandalizar, una “abuela” haciendo cosplay de la política como si fuera Naruto y renegando de la izquierda a la que perteneció por cuatro décadas, o un “doctor” que niega la existencia del SIDA y la pandemia. En ese mundo, el escándalo no es un accidente, sino parte del método del ni facho ni comunacho.

Lo más preocupante no tanto es el show como el contenido. Las propuestas del PDG se presentan como soluciones inmediatas para la clase media, pero basta un mínimo análisis fiscal para advertir que se trata de medidas demagógicas: atractivas en el corto plazo, difusas en sus efectos y, en no pocos casos, regresivas.

Un ejemplo claro es la propuesta de IVA diferenciado para medicamentos, pañales o ciertos alimentos, que parece una ayuda directa, pero que no apunta al problema de fondo o, peor, no resolvería nada. En un mercado oligopólico con escasa competencia real, donde tres cadenas controlan todo, la reducción de impuestos generaría mayor margen de ganancia en lugar de trasladarla al precio final al consumidor

Parisi sabe que la solución de fondo ante medicamentos de marca caros es la proliferación de genéricos, como lo hacen Brasil, India, España o incluso Estados Unidos. En Chile, la Ley de Fármacos I y II de los gobiernos del Presidente Piñera avanzaron en transparencia y en obligar a los médicos a recetar por principio activo, pero su implementación ha sido lenta, la cultura médica resistente y la infraestructura de producción nacional genérica, inexistente a escala relevante. Agreguemos que Chile no produce medicamentos en volumen significativo, pues importa la gran mayoría. Y cuando importa, lo hace a través de cadenas de distribución controladas por los mismos tres actores. Por eso es que los remedios son caros. No por el IVA.

La solución es, entonces, atacar la colusión y promover de mejor forma la cultura del remedio genérico. Eso si baja los precios. No la propuesta populista de Parisi.

Podríamos analizar cada una de sus propuestas, y todas llevarían a lo mismo: el PDG ha entendido cómo empatizar con la frustración de la clase media, pero no sabe cómo transformar su empatía en propuestas serias. Y esa es, quizá, su mayor pobreza política: hacer creer que la consigna puede reemplazar a la responsabilidad. Porque así funciona el negocio de la demagogia: abusando de la ilusión ciudadana, ofreciendo soluciones facilistas a problemas que exigen análisis serio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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