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La cultura del éxito ilícito Opinión Archivo

La cultura del éxito ilícito

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El desafío del control del delito ya no puede reducirse únicamente a más cárceles, más policías o penas más altas. También exige entender los incentivos culturales que facilitan la legitimación del delito en entornos digitales.


Las sociedades contemporáneas han consolidado una forma particular de valoración social donde el éxito económico se transforma progresivamente en el principal criterio de reconocimiento, prestigio y legitimidad. En este contexto, el dinero deja de ser únicamente un medio de intercambio y pasa a convertirse en un símbolo de validación moral y social. Quien posee riqueza visible es percibido como exitoso y quien carece de ella muchas veces aparece como invisible o fracasado.

Las redes sociales profundizaron este fenómeno de una manera que probablemente no alcanzamos a dimensionar del todo. El reconocimiento social se volvió visible, permanente y cuantificable. Seguidores, visualizaciones, likes, capacidad de exhibición y estilos de vida expuestos casi en tiempo real comenzaron a ocupar un lugar que antes pertenecía a otras formas de validación social.

En ese escenario, la delincuencia entendió rápidamente algo importante: la transgresión también puede transformarse en capital simbólico.

Hoy muchas organizaciones criminales no solo trafican drogas, roban vehículos o ejercen violencia. También producen estética, contenido y aspiración social. Exponen autos de alta gama, armas, fajos de dinero y una imagen donde el exceso parece confundirse con éxito. Y muchas veces esa exhibición circula con enorme facilidad en redes sociales, especialmente entre jóvenes.

A veces, incluso, la cobertura mediática termina amplificando involuntariamente ese fenómeno. Determinadas denominaciones, apodos, relatos o formas de presentar a algunos delincuentes terminan elevando su prestigio dentro de ciertas subculturas criminales. El delincuente deja de aparecer únicamente como alguien marginal y comienza a proyectarse como una figura poderosa, admirada y “exitosa”.

Ahí aparece lo que hoy podríamos llamar cultura del éxito ilícito.

No se trata solo de música, series o imágenes vinculadas al narcotráfico. El problema es más profundo. Lo que existe es un entorno digital donde el delito comienza a asociarse con reconocimiento, pertenencia y movilidad social. Basta mirar algunas cuentas de TikTok, Instagram o YouTube para entender de qué estamos hablando. La lógica digital premia aquello que genera impacto, visibilidad y atención. Y en ese universo, el lujo, la violencia y la transgresión suelen convertirse en contenido altamente rentable desde el punto de vista algorítmico.

El delito empieza a transformarse también en performance digital. Desde la teoría sociológica, este fenómeno puede leerse como una tensión estructural bastante conocida: las sociedades contemporáneas empujan constantemente hacia metas de éxito económico, pero no todos tienen las mismas oportunidades legítimas para alcanzarlas. La diferencia es que hoy esa presión se vive de manera mucho más intensa porque las redes sociales exponen permanentemente estilos de vida basados en consumo visible, reconocimiento y ostentación.

Por eso el debate sobre cultura del éxito ilícito no debería caricaturizarse como una discusión moralista o simplemente conservadora. Lo que está en juego no es una canción o una serie de televisión. El problema aparece cuando ciertas formas de criminalidad comienzan progresivamente a adquirir legitimidad cultural y estética, especialmente entre jóvenes que buscan identidad y pertenencia.

Por eso resulta importante que en Chile comiencen a discutirse iniciativas parlamentarias orientadas a limitar la promoción de contenidos que glamurizan el delito. Más allá de las legítimas discusiones jurídicas que puedan existir sobre libertad de expresión, el debate de fondo es válido y necesario.

Varios países han enfrentado esta discusión.

En México, distintos estados han restringido espectáculos públicos asociados a narcocorridos y contenidos que exaltan figuras criminales. En Colombia se han impulsado proyectos para limitar símbolos, imágenes y material audiovisual que glorifique delincuentes condenados. España, por su parte, desarrolló un marco legal interesante que se puede explorar, que dice relación con la apología de ideas o doctrinas que ensalcen el crimen, enaltezcan a su autor o inciten a cometer un delito.

Son contextos distintos, por supuesto. Pero detrás de todos esos debates existe una preocupación común que es comprender que la delincuencia contemporánea también opera en el plano cultural y simbólico.

El desafío del control del delito ya no puede reducirse únicamente a más cárceles, más policías o penas más altas. También exige entender los incentivos culturales que facilitan la legitimación del delito en entornos digitales.

Porque el verdadero riesgo aparece cuando una sociedad comienza, casi sin darse cuenta, a admirar aquello mismo que dice querer combatir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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