Artes y humanidades para una vida democrática
Desprestigiar las artes, las humanidades, los libros o las bibliotecas no es solo una discusión presupuestaria: es una forma de empobrecer el horizonte cultural y democrático de una sociedad.
Una democracia no se sostiene solo mediante instituciones, leyes o crecimiento económico; requiere formas de sensibilidad, imaginación y pensamiento capaces de construir una vida común. Es precisamente allí donde las artes y las humanidades cumplen un papel fundamental, pues permiten desarrollar reflexión crítica, memoria histórica, capacidad de disentir, empatía y comprensión de la complejidad humana.
Se vuelve complejo entonces observar el actual espacio (o la pérdida de este) que ofrece el gobierno de Kast. La paralización de iniciativas como la ampliación del GAM, las nubes amenazantes de los recortes presupuestarios y las ironías sobre la utilidad de los libros e investigaciones universitarias, no solo son una desacreditación de un proyecto particular, sino que también instalan una idea profundamente reductiva sobre qué entendemos por conocimiento, cultura y valor público.
Las artes y las humanidades nos ayudan a interpelar el mundo, cuestionar discursos dominantes, imaginar alternativas y elaborar colectivamente experiencias sociales, políticas y afectivas. Reducir ese trabajo a un “gasto excesivo” —como planteó a inicios de marzo el ministro Francisco Undurraga— o a un “libro precioso” implica desconocer no solo su profundidad, sino también el tiempo, la dedicación y las comunidades de pensamiento que hacen posibles esos procesos.
Detrás de los libros hay años de investigación, trabajo de archivo, desplazamientos territoriales, entrevistas, traducciones, lecturas, cruces disciplinares, revisión crítica y producción de conocimiento. Hay personas investigando memorias sociales, lenguajes, imágenes, violencias, comunidades, patrimonios y formas de representación que permiten comprender quiénes somos y cómo habitamos el presente.
Asimismo, las bibliotecas tampoco son depósitos ornamentales. Son lugares democráticos de resguardo y circulación de múltiples voces; espacios donde una sociedad conserva sus memorias, sus debates y sus desacuerdos. Son también lugares donde nuevas generaciones pueden encontrarse con otros pensamientos, otras experiencias y otros imaginarios posibles. Defender las bibliotecas es defender el acceso público al conocimiento y a la diversidad cultural.
Las prácticas artísticas no ilustran ideas: producen formas de pensamiento capaces de abrir preguntas sobre nuestros modos de vida, nuestros vínculos y nuestros horizontes comunes. Asimismo, generan instancias de encuentro —museos, centros culturales, bibliotecas, espacios públicos, entre muchos otros—, donde una sociedad puede pensarse a sí misma más allá de la lógica de la productividad inmediata. Sin esos lugares, el riesgo es reducir la educación y la vida pública únicamente a criterios técnicos o económicos, debilitando la capacidad colectiva de imaginar y habitar presentes y futuros dignos para todas y todos.
Las democracias necesitan personas capaces no solo de consumir información, sino también de interpretarla críticamente, reconocer la diversidad de experiencias y sostener debates complejos. En gran medida, ese aprendizaje ocurre en las derivas, mediaciones y aperturas que posibilitan las artes y las humanidades, así como en el trabajo de quienes producen, habilitan y sostienen las condiciones para que existan espacios de pensamiento crítico, sensibilidad, imaginación y experiencia colectiva.
Desprestigiar las artes, las humanidades, los libros o las bibliotecas no es solo una discusión presupuestaria: es una forma de empobrecer el horizonte cultural y democrático de una sociedad.
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