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Magnifica Humanitas: la misma pregunta, 135 años después Opinión

Magnifica Humanitas: la misma pregunta, 135 años después

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Francisca Arenas R.
Por : Francisca Arenas R. Ingeniera Civil y MBA, Pontificia Universidad Católica de Chile, Corporate Governance, Institute of Directors (IoD), Reino Unido.
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Hace 135 años, Rerum Novarum les dijo a los industriales de su época que el progreso sin distribución no era progreso. Hoy, Magnifica Humanitas dice lo equivalente: la inteligencia sin gobernanza no es avance, es concentración.


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El 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII publicó una encíclica que nadie esperaba de un líder religioso: Rerum Novarum. Su tema no era la fe ni la moral privada. Era el trabajo, el capital y el poder. Era la pregunta que la Revolución Industrial había puesto sobre la mesa y que la política tardaba en responder: ¿qué les debemos a quienes trabajan en la era del capital industrial? ¿Y quién controla ese capital?

La Iglesia no respondió con ideología. Respondió con una advertencia: el progreso sin distribución no es progreso, es acumulación. Y la acumulación sin límites destruye el tejido social.

Tardó décadas, pero esa encíclica contribuyó a dar forma al derecho laboral moderno, a los sistemas de seguridad social, a la idea de que la propiedad conlleva responsabilidad social. No fue un documento de fe. Fue un documento político disfrazado de teología.

El 15 de mayo de 2026, exactamente 135 años después, el Papa León XIV firmó Magnifica Humanitas. La coincidencia de fechas no es casual. Es una declaración de intención.

En 1891, la pregunta era quién era dueño de las fábricas. En 2026, la pregunta es quién controla los datos, los algoritmos, la capacidad computacional y, en definitiva, la inteligencia. Magnifica Humanitas advierte que patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras y datos están “concentrados en las manos de unos pocos”, y que son esas empresas las que definen “condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas”.

Leído así, el documento no es una crítica a la innovación ni al mercado. Es una pregunta sobre gobernanza: ¿bajo qué reglas opera el poder que hoy se ejerce a través de la inteligencia artificial? Hay una diferencia fundamental entre decir “la IA puede ser peligrosa” (que ya es un lugar común) y decir “la arquitectura actual de la IA concentra poder de formas que la democracia todavía no ha sabido regular”. La primera frase genera titulares. La segunda genera incomodidad en los directorios correctos. León XIV opta por la segunda.

Esa incomodidad me resuena igual que cuando años atrás, en el Institute of Directors del Reino Unido, una profesora nos recordó que la prosperidad individual importa, pero también importa cómo esa prosperidad contribuye (o no) al desarrollo colectivo. Es la misma tensión que Magnifica Humanitas instala en el debate sobre IA: no se trata de frenar la tecnología, sino de decidir colectivamente bajo qué condiciones opera su poder.

La encíclica lo formula en su párrafo 107: no basta con exigir que la IA se “alinee” con valores humanos si esos valores los decide quien controla el sistema. León XIV lo dice con claridad: “Quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas”. Y concluye con una alerta sobre que se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios donde las comunidades puedan seguir participando.

Para América Latina, esa advertencia no es abstracta. Es urgente y tiene nombre propio.

Según un estudio de la Cepal, publicado en 2025, la región representa cerca del 6,3% del PIB mundial, pero concentra apenas el 1,6% de la inversión global en IA. No somos productores de los grandes modelos, tampoco controlamos la infraestructura de nube en que corren y no definimos los estándares técnicos ni los marcos éticos bajo los cuales operan.

Y el informe del Foro Económico Mundial sobre América Latina en la era inteligente confirma que solo el 23% de las organizaciones de la región está generando algún valor económico real de la IA, mientras que el 58% de los líderes empresariales percibe el entorno regulatorio como poco claro o directamente confuso.

Eso no es neutralidad tecnológica, es dependencia. Y la dependencia tecnológica tiene consecuencias sobre quién accede a qué oportunidades, qué información circula y en qué condiciones participa nuestra región en la nueva distribución de valor global. Hay iniciativas que apuntan en la dirección correcta (la hoja de ruta del WEF, los principios de IA de la OCDE adoptados por varios países de la región, el trabajo de CENIA en Chile con Latam-GPT), pero siguen siendo esfuerzos fragmentados frente a una concentración de poder que opera a escala global y sin pausa.

La pregunta relevante para quienes tomamos decisiones en empresas, directorios y políticas públicas no es si vamos a usar IA, pues esa decisión ya está tomada. La pregunta es si vamos a participar en la conversación sobre las reglas bajo las cuales esa IA ejerce poder o si vamos a recibirlas como un hecho consumado desde Bruselas, Washington o Ginebra.

Hace 135 años, Rerum Novarum les dijo a los industriales de su época que el progreso sin distribución no era progreso. Hoy, Magnifica Humanitas dice lo equivalente: la inteligencia sin gobernanza no es avance, es concentración. Y la concentración, como sabemos en esta parte del mundo, siempre termina siendo pagada por quienes menos pueden permitírselo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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