Publicidad
La ausencia del abogado del diablo Opinión Archivo (AgenciaUno)

La ausencia del abogado del diablo

Publicidad
Jorge Sepúlveda Haugen
Por : Jorge Sepúlveda Haugen Ingeniero. Patagonia, Puerto Aysén, Chile
Ver Más

Las luces amarillas no son ataques al gobierno. Son seguros de vida del gobierno. Y un gobierno que decide gobernar sin ellas, en aguas como las actuales, eventualmente termina gobernando a oscuras.


El Mostrador Fuente Preferida

Toda crisis comunicacional es, antes que nada, una crisis de arquitectura. En sus primeros meses, el gobierno del Presidente José Antonio Kast ha producido más correcciones, retrocesos y desmarques públicos de los que el calendario permitía pronosticar. La lectura fácil del fenómeno es hablar de improvisación, de inexperiencia, de errores humanos. Esa lectura tranquiliza, pero no explica. La lectura útil es otra. Más incómoda, pero más fértil. Hay que hablar de arquitectura.

Toda organización sana tiene un dispositivo, formal o informal, encargado de algo muy específico: encender luces amarillas antes de que se enciendan las rojas. Es el rol del cuestionador interno, del abogado del diablo institucional, la voz que, antes de cada decisión mayor, dice con sobriedad: “esto, presentado así, en este momento, va a producir esta reacción y este costo”. Es un rol técnico, no moral. No se ocupa por instinto. Se ocupa por diseño.

El problema del gobierno actual no es que carezca de talento. Tiene talento, formación, doctrina articulada, equipos con décadas de trabajo conjunto. El problema es más sutil y más serio.

Cuando una organización se construye sobre coherencia doctrinaria de 30 años, todos los que están dentro del círculo decisional ven el mismo paisaje desde el mismo ángulo. Cuando uno dice “esto suena bien”, los demás escuchan, naturalmente, que suena bien. Cuando alguien escribe “Estado quebrado”, los demás leen que esa es la descripción correcta del mundo. Nadie pregunta cómo lo va a leer el resto del país, porque para el grupo es evidente. La coherencia interna se confunde, sin que nadie lo perciba, con la coherencia con la realidad externa.

Aquí ocurre el fenómeno más interesante y el más subestimado. El lenguaje termina haciendo lo que el lenguaje siempre hace cuando se queda sin contraste: convertirse en territorio.

Las nociones que el grupo trae como herramientas, repetidas durante años en un círculo cerrado, dejan de procesarse como mapas y empiezan a procesarse como descripciones literales del mundo.

La palabra deja de ser instrumento y se vuelve creencia. Lo que para el círculo es obvio, para el resto del país es altamente contestable. Y la distancia entre ambos extremos no es menor. Es la distancia exacta que separa la aprobación inicial del desgaste subsiguiente.

Esto no es crítica destructiva. Es diagnóstico operativo, y tiene una virtud que las críticas destructivas no tienen: es corregible sin grandes reformas.

La arquitectura presidencial chilena permite, sin necesidad de cambio legal, instalar el rol que falta. Una persona, con acceso directo al Mandatario, mandato explícito de presentar el caso contrario antes de cada decisión mayor y una condición indispensable, no negociable: no pertenecer al núcleo doctrinario que ya está sentado a la mesa. Si pertenece, ya está incluido en el sesgo que el rol viene precisamente a corregir.

Hay una distinción que conviene nombrar porque ilumina el punto entero. El espejo refleja. El muro contiene. Un gobierno necesita ambas cosas, pero en proporciones distintas según las aguas que navegue. En aguas calmas, los espejos confirman y orientan. En aguas como las actuales, los muros son los que sostienen.

La acumulación de espejos en el círculo presidencial es exactamente lo que produjo la sucesión de correcciones que el propio Presidente ha tenido que admitir públicamente. Más espejos no van a resolver el problema. Más muros sí.

Hay un detalle final que no puede omitirse. Las personas que hoy ocupan el círculo son leales, capaces y comparten una historia común que es activo real del gobierno. No se trata de removerlas. Se trata de sumar lo que falta.

Un solo nodo distinto, integrado con respeto, pero con verdadera autonomía cognitiva, cambia el comportamiento agregado del sistema. Es la única intervención de bajo costo político y alto impacto sistémico disponible en este momento.

Las luces amarillas no son ataques al gobierno. Son seguros de vida del gobierno. Y un gobierno que decide gobernar sin ellas, en aguas como las actuales, eventualmente termina gobernando a oscuras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad