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Chile y China: El puente que nos falta construir
odemos llegar a las próximas citas internacionales con una estrategia clara, audaz y de brazos abiertos al desarrollo compartido, o quedarnos, como tantas veces, atrapados en la indecisión y con las manos vacías. La decisión es nuestra.
La visita de Donald Trump a China y a Xi Jinping dejó una lección de pragmatismo. Pese a sus diferencias, las dos mayores potencias del planeta saben que el comercio y la estabilidad económica mandan. Algunos analistas esperaban acuerdos espectaculares, sin entender que el encuentro en sí y su potente carga simbólica ya son un triunfo. Ver a ambos líderes desactivando la incertidumbre y firmando compromisos comerciales es una señal que debemos saber leer. Esta cumbre demostró que el mundo real no se detiene en las ideologías, sino que se adapta y hace negocios.
En Chile solemos mirar estos hechos con distancia, como si fuéramos espectadores de un partido ajeno, lo que es un error de diagnóstico grave. China no es un comprador más, sino el motor que sostiene nuestra estructura económica. Casi el 40% de lo que exportamos va hacia allá, en un intercambio que roza los 60 mil millones de dólares y que resulta fundamental para 11 de nuestras 16 regiones. Desde el cobre y el litio en el norte hasta los huertos y las salmoneras en el sur, la sintonía entre lo que China necesita y lo que Chile produce es un verdadero motor de desarrollo que debemos potenciar sin complejos.
Nuestra alianza con Pekín es un activo estratégico de primer nivel, pero que seguimos gestionando con el piloto automático y herramientas de otra época. Las empresas asiáticas juegan a largo plazo porque buscan socios confiables, infraestructura y proyectos que se conecten de verdad con el territorio, ahí es precisamente donde nos estamos quedando cortos.
El caso de los proyectos de litio de BYD y Tsingshan debería hacernos reflexionar. Eran iniciativas pioneras orientadas a agregar valor a nuestros recursos con más de 500 millones de dólares, pero ninguna se concretó. La explicación simplista culpó a la caída de precios. En realidad, faltó acompañamiento regulatorio, certezas territoriales y una contraparte local capaz de sintonizar con la velocidad estratégica de las empresas chinas. El capital y la voluntad de Pekín estaban disponibles, lo que falló fue nuestra capacidad para pavimentar el camino.
La llegada de capitales chinos en sectores del futuro como la electromovilidad, las energías renovables y la conectividad digital no debe ser vista con recelo, sino como la llave para dar el gran salto hacia la industrialización que Chile anhela. Para aprovechar este viento a favor, necesitamos construir un puente moderno, actores públicos y privados capaces de traducir las lógicas institucionales chilenas a las necesidades de un socio que avanza a paso firme hacia la vanguardia tecnológica.
El pragmatismo mostrado por Trump y Xi en Pekín otorga un tiempo valioso de estabilidad de cara a las próximas cumbres de APEC y el G20. Chile tiene lo que China necesita para su transición energética y China tiene la capacidad industrial que Chile requiere para modernizarse.
La oportunidad de consolidar una alianza de beneficio mutuo y de largo alcance está sobre la mesa. Podemos llegar a las próximas citas internacionales con una estrategia clara, audaz y de brazos abiertos al desarrollo compartido, o quedarnos, como tantas veces, atrapados en la indecisión y con las manos vacías. La decisión es nuestra.
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