Opinión
Imagen prensa presidencia
Una estrategia no es un telón de fondo
La ciencia necesita continuidad. La innovación necesita coordinación. La transferencia tecnológica necesita instituciones. La inteligencia artificial necesita regulación, infraestructura y capacidades humanas.
El lanzamiento de la Estrategia Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para el Desarrollo de Chile 2026 es una buena noticia para el país. Chile cuenta hoy con una hoja de ruta seria, robusta y ambiciosa para pensar el lugar de la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación en el desarrollo nacional durante la próxima década.
No se trata de un documento improvisado, ni de una declaración genérica de buenas intenciones. La Estrategia fue elaborada por el Consejo Nacional de CTCI, órgano asesor presidencial autónomo, a partir de un proceso amplio de trabajo técnico, diálogo territorial, participación ciudadana, revisión de experiencias internacionales, consultas públicas, talleres, jornadas y conversaciones con actores de todo el ecosistema. Universidades, centros de investigación, empresas, organismos públicos, regiones, comunidades, especialistas y representantes de distintos sectores contribuyeron a construir una mirada de largo plazo sobre el país que queremos ser. Desde el 2022, quienes estamos en este espacio sabíamos que se estaba desarrollando este proceso y con gusto participamos de él.
El resultado es una propuesta con visión, diagnóstico, objetivos estratégicos, iniciativas, acciones, metas e indicadores. Es decir, una política de Estado en el sentido más profundo del término: una orientación construida más allá de un gobierno específico, pensada para sobrevivir al ciclo electoral y para dar continuidad a capacidades que Chile no puede darse el lujo de reconstruir cada cuatro años.
Por eso fue tan desconcertante que, en el mismo acto destinado a presentar esta Estrategia, la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, optara por desplazar el foco hacia una ruta propia, organizada en torno a seis “pilares prioritarios”. Algunos de esos pilares, por cierto, pueden ser razonables: simplificar procesos de financiamiento, fortalecer la inteligencia artificial, promover transferencia tecnológica, impulsar innovación regional, robustecer la investigación e instalar capacidades para el futuro del trabajo. Nadie podría decir que esos temas son irrelevantes.
El problema no está necesariamente en los contenidos. El problema está en el gesto político.
Cuando una ministra, en el lanzamiento de una Estrategia Nacional construida durante años por un órgano autónomo y con participación amplia del ecosistema, decide presentar su propia agenda como si fuera el centro de la escena, lo que se produce es un desplazamiento simbólico y político. La Estrategia deja de aparecer como una hoja de ruta nacional y pasa a operar como telón de fondo de una agenda ministerial. Lo que debía ser una señal de continuidad institucional se transforma, entonces, en una señal de apropiación gubernamental.
Y eso importa. Porque la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación se fortalecen con institucionalidad, estabilidad, coordinación y respeto por los procesos colectivos. Justamente aquello que la Estrategia intenta construir.
Un gobierno tiene, por supuesto, todo el derecho a definir prioridades. Pero gobernar no es borrar lo anterior, rebautizar lo ya construido o presentar como propio aquello que pertenece a una comunidad mucho más amplia.
Más grave aún es el contexto en que esto ocurre. Hace pocas semanas, el Presidente Kast cuestionó públicamente el financiamiento a investigaciones que, según sus palabras, terminan en “un libro precioso” en una biblioteca, sin generar empleos. Esa frase no fue menor, ya fue criticada e incluso re-explicada por el mandatario en varias ocasiones. Por eso, resulta preocupante que, durante el lanzamiento de la Estrategia, el propio Presidente se refiriera en varias ocasiones al documento como un “libro”, insistiendo más en su condición de publicación que en su carácter de estrategia nacional. La diferencia no es menor: Un libro se cita, una estrategia, en cambio, se implementa, se financia, se coordina y se evalúa.
Nombrarla reiteradamente como “libro” puede parecer un detalle, pero en política pública las palabras importan: revelan la jerarquía que se le asigna a los instrumentos del Estado.
Lo que está en juego no es una disputa de protagonismo entre el Consejo CTCI y el Ministerio de Ciencia. Lo que está en juego es algo mucho más importante: si Chile será capaz de construir políticas públicas de largo plazo o si seguiremos atrapados en la lógica de empezar siempre de nuevo.
La ciencia necesita continuidad. La innovación necesita coordinación. La transferencia tecnológica necesita instituciones. La inteligencia artificial necesita regulación, infraestructura y capacidades humanas. La investigación básica necesita protección frente a la ansiedad del resultado inmediato. Y el país necesita una política de CTCI que no dependa del estilo, la prioridad o la ocurrencia de una autoridad de turno.
La pregunta, entonces, no es si los seis pilares de la ministra son buenos o malos. La pregunta es otra: ¿están al servicio de la Estrategia Nacional o buscan instalar una ruta propia que la deja en segundo plano?
Esa diferencia define el tipo de política científica que Chile tendrá en los próximos años. Una política basada en institucionalidad, aprendizaje y visión de largo plazo, o una política fragmentada, dependiente del ciclo gubernamental y de anuncios que duran lo que dura una ceremonia. Esperemos que sea lo primero y que todo el trabajo desarrollado por el Consejo CTCI no se pierda.
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