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Día Mundial de los Océanos: mucho que celebrar y aún más por hacer Opinión Archivo

Día Mundial de los Océanos: mucho que celebrar y aún más por hacer

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Felipe Paredes Vargas
Por : Felipe Paredes Vargas Director de las campañas de protección de hábitats de Oceana.
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Chile ha realizado una contribución significativa al cumplimiento de la meta global 30×30. No obstante, alcanzar este objetivo a escala planetaria exige ir más allá de las aguas bajo jurisdicción nacional y avanzar hacia la protección de la biodiversidad en la alta mar.


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La meta 30×30 para el océano es uno de los compromisos ambientales más ambiciosos de nuestro tiempo: proteger al menos el 30% de los ecosistemas marinos del planeta para el año 2030 mediante áreas marinas protegidas y otras medidas efectivas de conservación. Para Chile, esta meta tiene una relevancia particular. Con más del 40% de su zona económica exclusiva bajo alguna figura de protección, nuestro país se ha transformado en un referente internacional en conservación marina.

Las razones para avanzar en esta dirección son múltiples. En primer lugar, la protección marina permite conservar una biodiversidad extraordinaria, que incluye especies endémicas, amenazadas y ecosistemas únicos asociados a la Corriente de Humboldt, uno de los sistemas marinos más productivos del planeta. Proteger estos espacios significa resguardar un patrimonio natural irreemplazable para las futuras generaciones.

En segundo lugar, la conservación contribuye directamente a la sustentabilidad de los recursos pesqueros y al bienestar de las comunidades costeras. Miles de familias dependen de la pesca artesanal y del turismo vinculado al mar. Ecosistemas saludables sostienen poblaciones de peces más abundantes y resilientes, favoreciendo actividades económicas que pueden mantenerse en el tiempo.

La protección marina también es una herramienta fundamental frente a la crisis climática. Los océanos absorben cerca de una cuarta parte de las emisiones de dióxido de carbono generadas por las actividades humanas y desempeñan un papel esencial en la regulación del clima global. Ecosistemas como los bosques de algas y las praderas marinas contribuyen al secuestro de carbono, mientras que la conservación de la biodiversidad fortalece la capacidad de adaptación de los ecosistemas y las comunidades frente a los impactos del cambio climático.

A ello se suma una dimensión muchas veces olvidada: el valor cultural del océano. Las áreas marinas protegidas no son espacios destinados a permanecer aislados de la sociedad. Son lugares para conocer, disfrutar y aprender, donde la protección de la biodiversidad se entrelaza con la historia, las tradiciones y la identidad marítima de nuestro país.

En síntesis, la meta 30×30 no es simplemente una cifra. Es una oportunidad para proteger la riqueza biológica de Chile, fortalecer la seguridad alimentaria, impulsar economías costeras sostenibles y aumentar nuestra resiliencia frente al cambio climático.

Sin embargo, el principal desafío ya no es únicamente aumentar la superficie protegida. Hoy la tarea más urgente es asegurar que esa protección sea efectiva. Aún existen ecosistemas subrepresentados en la zona norte, centro y sur del Chile continental que requieren medidas de conservación. Pero, al mismo tiempo, las áreas ya protegidas necesitan instituciones sólidas, financiamiento adecuado, monitoreo científico y capacidades de gestión que permitan cumplir sus objetivos de conservación y generar beneficios ecológicos, sociales, económicos y culturales reales.

Chile ha realizado una contribución significativa al cumplimiento de la meta global 30×30. No obstante, alcanzar este objetivo a escala planetaria exige ir más allá de las aguas bajo jurisdicción nacional y avanzar hacia la protección de la biodiversidad en la alta mar, donde se encuentra casi la mitad de la superficie del planeta.

En este contexto, el reciente Acuerdo sobre la Conservación y el Uso Sostenible de la Biodiversidad Marina de las Áreas Situadas Fuera de la Jurisdicción Nacional (BBNJ, por sus siglas en inglés), abre una oportunidad histórica. Por primera vez existirá un marco internacional que permitirá establecer áreas marinas protegidas en alta mar, fortaleciendo la gobernanza global de los océanos.

El país ya ha dado señales claras de liderazgo en esta materia. Junto a organizaciones de la sociedad civil, centros de investigación, universidades y comunidades locales, nuestro país impulsa la protección de las cordilleras submarinas de Salas y Gómez y Nazca, una de las zonas de mayor importancia ecológica del Pacífico Sur. Este esfuerzo se desarrolla en espacios multilaterales de gobernanza oceánica y podría transformarse en uno de los primeros grandes casos de protección de alta mar bajo el futuro marco del tratado BBNJ.

En este Día Mundial de los Océanos, Chile tiene razones para sentirse orgulloso de lo avanzado. La pregunta ya no es si debemos proteger el océano. La evidencia científica, los compromisos internacionales y nuestra propia experiencia como país marítimo han respondido esa interrogante con claridad. La verdadera pregunta es si seremos capaces de hacerlo con la ambición, la colaboración y la urgencia que exige la crisis ambiental global. De esa respuesta dependerá no solo el futuro de nuestros océanos, sino también el bienestar de las generaciones que vendrán.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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