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Gobierno de emergencia e incomunicación política Opinión

Gobierno de emergencia e incomunicación política

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Emilio Espinoza Arellano
Por : Emilio Espinoza Arellano Periodista. Magíster en Comunicación Estratégica. Consultor en Resiliencia Estratégica.
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Existe una brecha entre lo que el gobierno hace, lo que la administración dice que hace y lo que el ciudadano percibe que se hace. Esta brecha no es sino el reflejo de una estrategia de comunicación deficiente.


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En su primera cuenta pública, el Presidente José Antonio Kast reconoció el mal manejo comunicacional de su Gobierno. Lo hizo con tono solemne, como en todo su discurso, aunque acotando la autocrítica al alza de las bencinas y obviando hechos de mayor gravedad. Aun así, constituye un primer paso para comenzar a enmendar el rumbo de coherencia y credibilidad que aún no encuentran a causa de una profunda incomunicación política.

“Reconozco que no siempre hemos logrado explicar a tiempo, ni con la cercanía que se requería, el fundamento de algunas decisiones”, señaló en su mensaje presidencial. Sin embargo, la decisión de fusionar el Ministerio del Interior con la Secretaría General de Gobierno resuelve un problema inmediato, pero no el de fondo, generando otros en el camino.

Podremos coincidir en que la responsabilidad no recayó solo en la exvocera Mara Sedini, sino en quien tomó la decisión de colocarla en ese cargo sin considerar aptitudes ni trayectoria política. También podremos coincidir en que Claudio Alvarado es un político talentoso, pero sus fortalezas están en ese ámbito, no en las comunicaciones. La SEGEGOB, absorbida por un problema de instalación, ha quedado como un aparato sin voz propia en un entorno tan voraz e inmediato como el actual.

De hecho, la empatía y la lectura política de José García Ruminot habrían podido rendir mejor en el plano comunicacional, pero su tarea es otra y la está cumpliendo bien.

Tras la Cuenta Pública quedó en evidencia que hoy el presidente Kast es su propio vocero, lo que es un error de diseño de gobierno: genera una presión constante sobre la autoridad ante la volatilidad política y mediática de nuestros tiempos. Del mensaje presidencial es posible criticar aspectos puntuales, pero son detalles frente a la catástrofe comunicacional que lo precedía.

Con todo, frases como que “hay turistas que hoy no se atreven a ir a ciertas zonas de la Araucanía” son tropiezos previsibles para un equipo profesional que asume el poder y debe asesorar a sus autoridades. Y claro, no pasó mucho tiempo antes de que el gobernador regional, René Saffirio los desmintiera citando datos oficiales del Sernatur y del INE, verificados posteriormente por varios medios en sus ejercicios de chequeo informativo.

No es que estén en la indefensión: la derecha cuenta con comunicadores de experiencia y criterio capaces de fortalecer la gestión. El problema es que este gobierno aún no nace comunicacionalmente. Estos tres meses han estado marcados por un vacío notable, llenado con una acumulación de desprolijidades que sorprenden.

Más que el alza de la bencina mal explicada, como señalaba el Presidente, es la cadena de errores lo que erosiona la coherencia y la credibilidad ante la ciudadanía. El episodio más grave fue afirmar que “el Estado estaba en quiebra”: una frase que puede funcionar en una granja de bots como insumo de desinformación, pero no en un Gobierno, porque distorsiona el contexto y la responsabilidad que la ciudadanía exige de sus instituciones, independiente de quien las conduzca. Ni siquiera la desafortunada expresión de la campaña de la Secom “los poderosos de siempre” durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet alcanzó ese nivel de imprecisión política.

A eso se suman la cena del Presidente con amigos en La Moneda; la manifiesta inseguridad y los reiterados errores de dicción e interpretación de la exvocera; la ausencia de un plan de seguridad nacional, la comunicación kinésica y decisiones que cruzaron lo personal en la gestión de Stainer; los arrebatos de Poduje en Vivienda, los evidentes roces con el segundo piso y “la metáfora” sobre la expulsión de migrantes: gotas que van desbordando el vaso de manera sostenida y que conspiran contra quienes buscan consolidar un proyecto de gobierno con vocación de largo plazo.

Cuando el nuevo ministro de Seguridad, Martín Arrau, decide remover a las autoridades en sus dos subsecretarías, puede leerse como lo titula La Segunda —”Altamente empoderado”— y no está mal. Pero también puede interpretarse como la constatación de un error basal en el núcleo de la promesa presidencial: el corazón del motor que los llevó al poder. La imposibilidad de no comunicar, como advirtió Paul Watzlawick en 1967, opera aquí con toda su fuerza.

En otros períodos, el diseño de la Secretaría de Comunicaciones (Secom) implicaba poder absoluto o poder intermedio con responsabilidad delegada en la vocería, pero siempre existió representación política de la SEGEGOB en los puntos comunicacionales que requiere la conducción del Estado. Camila Vallejo, Paula Narváez, Marcelo Díaz, Andrés Chadwick y Cecilia Pérez integraban el Comité Político con voz y voto, todos con historia y manejo político probado. En este caso, ¿cómo se contrarresta o enriquece una decisión compleja que recae en una sola persona, cuando el arbitrio de dos perspectivas distintas es precisamente lo que la comunicación política requiere para sostenerse? Porque no siempre hay acuerdo. Alvarado tampoco tiene la culpa, por cierto: es el diseño. Por eso el ajedrez tiene alfiles y torres.

Si asumimos el concepto de gobierno de emergencia, lo mínimo esperable es que las comunicaciones tengan al menos la velocidad que esa condición exige, porque “la noticia no espera”. Esa agilidad tampoco asoma como una fortaleza en el equipo actual.

El Ministerio del Interior enfrenta una carga intensa: ordenar la coalición —que, como es común en una alianza de gobierno, tiende a devorarse a sí misma como una enfermedad autoinmune en la disputa por el poder que está por venir. Es lo más parecido a la política. En ese contexto, la SEGEGOB queda a la deriva, absorbida por Interior en frentes simultáneos: mostrar lo realizado, la contingencia política, los errores de novatos y la descarnada antropofagia interna en la disputa real entre Republicanos y Chile Vamos, que el expresidente Gabriel Boric supo leer con precisión cuando enfrentó esta natural tensión entre el Frente Amplio y el Socialismo Democrático.

Además de las complejas tareas políticas y dejar sus responsabilidades en el ámbito de la seguridad, lo lógico y necesario es que el Ministerio del Interior modernice la gestión de emergencias y desastres considerando que el cambio climático requiere herramientas de alto estándar para nuestro país.  Recordemos que el gobierno anterior dejó redactado un proyecto de ley para asumir esa demanda. Absorber en cambio las comunicaciones gubernamentales desde esa cartera no solo distrae esa necesidad inmediata, sino que políticamente regala un alfil.

La luna de miel terminó de forma abrupta. Este Gobierno debe aprovechar el impulso que entrega la Cuenta Pública Presidencial para, de una vez, lograr comunicarse con la ciudadanía de manera efectiva. No se trata de que otros gobiernos no cometieran errores —siempre los hay en cualquier gestión—, sino de minimizar los autogoles en un contexto de alta demanda y escaso margen.

Revisando la obra de especialistas como Claes H. de Vreese y María José Canel, es posible concluir, a partir de los mensajes que ha emitido el Ejecutivo, que la comunicación de un gobierno no es solo transmisión de información, sino construcción de confianza institucional. El encuadre que elige una administración para presentar la realidad tiene efectos medibles sobre la percepción ciudadana, independientemente de si los datos que utiliza son precisos o no. Las cifras de aprobación actuales lo están confirmando.

En La comunicación de la administración pública. Para gobernar con la sociedad (2018), María José Canel lo advertía con precisión: “Existe una brecha entre lo que el gobierno hace, lo que la administración dice que hace y lo que el ciudadano percibe que se hace. Esta brecha no es sino el reflejo de una estrategia de comunicación deficiente, que provoca frustraciones tanto en la administración, que es incapaz de transmitir su acción, como en el público, que percibe ineficiencia, indiferencia o incapacidad.”

La cita es auto explicativa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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