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La IA y la civilización del amor Opinión

La IA y la civilización del amor

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Carmen Elena Villa
Por : Carmen Elena Villa consagrada y directora de la Revista Diálogos de la Pastoral UC
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Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado.


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Seguramente, cuando San Pablo VI acuñó el término “Civilización del amor” al finalizar el año jubilar de 1975, no imaginó que años después un sucesor suyo reiteraría este llamado para que penetrara en las diversas aristas del mundo de la computación y la IA. 

Con su primera encíclica, Magnifica humanitas, sobre la custodia de la dignidad humana en tiempos de IA, León XIV nos invita a renovar la mirada de la “Civilización del amor”.  Su mensaje central es que ni los algoritmos más sofisticados, veloces y exactos pueden igualar, y menos reemplazar, la dignidad de cada ser humano compuesto por alma, cuerpo y espíritu, con una historia única, con emociones, recuerdos, talentos y limitaciones. Limitaciones que, dice el Papa, nos permiten encontrar nuestra grandeza porque se convierten en “un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación”. (MH 118).  

Resulta iluminador que León XIV actualice el mensaje de la Doctrina Social de la Iglesia. Su encíclica es un aporte no solo a los creyentes sino a líderes políticos, educadores, instituciones educativas y a la juventud misma. El Papa habla con objetividad y equilibrio de las ventajas de la IA como la inmediatez para brindar y ordenar información. Nos recuerda eso sí, que no puede pensar, discernir por nosotros ni mucho menos darnos orientaciones morales o psicológicas. Nos pide que no nos dejemos robotizar, nos advierte los riesgos de sacrificar nuestra privacidad para cuando tantas veces las redes nos presentan justo aquello que estábamos buscando para que seamos presas de consumo, haciéndonos sentir que nos conocen más que nuestro mejor amigo. 

Una de las muchas reflexiones que ofrece el Papa es el llamado a “desarmar la IA”, en sintonía con la invitación que hizo desde el inicio de su pontificado a “desarmar el corazón”.  ¿Cómo se desarma la IA? rompiendo “esta equivalencia entre el poder tecnológico y el derecho a gobernar” (MH 110), buscando que esta nueva herramienta no sea motivo de brechas sociales o culturales, ni mucho menos permitiéndole que sea ese “gran hermano” que nos controle y domine como si fuese nuestro dueño y señor. Para ello debemos usar nuestra inteligencia natural (infinitamente superior) trazando límites y no dejando el rumbo de nuestra vida y decisiones en manos de la “moralización de la máquina”.

La primera encíclica de León XIV, además de comenzar con un rico recuento de la Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el hombre, con su alma noble y su alta sensibilidad, es creador de cultura, mientras que las máquinas, con sus sistemas algorítmicos veloces, potentes y muchas veces precisos, no hacen más que organizar, transmitir y sistematizar la información (y muchas veces lo que no saben, se lo inventan). No se puede tener una visión apocalíptica de su llegada, sino más bien, la madurez de integrarla para el realce, y no el detrimento, de la dignidad humana.  En su encíclica León XIV nos pide que despertemos del aletargamiento en el que pasamos muchas veces scrolleando, quizás restándole tiempo precioso al contacto con el otro, a la lectura de un buen libro, a una saludable caminata o a una rica conversación cara a cara con un buen amigo, poniendo nuestro teléfono en “modo avión”. Nos exhorta que no perdamos el gusto por el estudio con libros físicos en el ambiente silencioso de una biblioteca, a investigar con curiosidad y entusiasmo y a poner límites a la hiperconexión para no estar inundados (o quizás sepultados) con la avalancha de comunicación estimulante y muchas veces adictiva que llega a nuestras pantallas.

Magnifica humanitas puede ser un faro para recordarnos algo: “Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado”.  (MH 233).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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