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¿De dónde nos agarramos? La esperanza sin optimismo Opinión Imagen referencial

¿De dónde nos agarramos? La esperanza sin optimismo

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Quizás podamos aferrarnos a la tarea común de construir una forma de ver y mirar juntos, valorando el respeto mutuo y la dignidad de las personas como base y, al mismo tiempo, como reto.


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A través de una carta publicada recientemente, el profesor de lenguaje Helbert Donoso se preguntaba: “¿De dónde me agarró?”, para poder explicarles “a mis estudiantes la importancia del respeto, la empatía y el escuchar al otro, si ven todos los días que quienes tienen más poder hacen exactamente lo contrario”.

Como académicos, la carta nos dejó atónitos y sin respuestas. Sentimos admiración por la lucidez y pudimos empatizar con su sensación de estar a contracorriente. Pero, no podemos responderle cabalmente. ¿Quién podría hacerlo? 

O tal vez sí podemos, como dice Terry Eagleton, pensar en la “esperanza sin optimismo”: transitar por los matices entre un optimismo que sería una esperanza irracional, que supone que todo saldrá bien, y el pesimismo radical que supone que todo saldrá mal. La esperanza es una virtud lúcida y activa que nos permite imaginar un nuevo horizonte para la vida. Es como el poeta que obliga a Dios a que nazca la esperanza, como lo describe César Vallejo: “Esperanza, plañe entre algodones”.

Quizás el propio Helbert Donoso tiene, con su pregunta y con su acción de salir y comunicar sus preocupaciones, la respuesta. Quizás se podría plantear que la esperanza radica en la esperanza. Enseñar a escuchar a los otros, invitar a comprender las divergencias, educar en el dialogo que enriquece la percepción del mundo y fomentar el debate que desarrolla la capacidad de aprender con otros son ideas que nos surgen al leer la carta. 

El profesor Donoso, con su lucha cotidiana contra la normalización de la violencia, el odio y la prepotencia en un sistema escolar postergado y desgastado, en el que hay huellas de la alegría perdida y del abandono del asombro, es un hombre de esperanza lúcida que sabe advertir y congregar, buscando dejar atrás la que tal vez sea la tentación más peligrosa en esta materia: el fatalismo. Denunciar y actuar es una forma de anunciar, de unir y de rechazar las dimensiones facilistas para tener una forma de esperanza que moviliza y un modo de anclarse en un tiempo vinculado al futuro, a experiencias y coyunturas, a la distancia de la temporalidad, y de entender esos espacios de espera que se abren por determinados hechos, fracasos, éxitos, personas, fenómenos políticos, dimensiones culturales y materiales.

Helbert Donoso es un testigo particularmente cualificado para afirmar que, en un mundo sin esperanzas o contra toda esperanza, el simple hecho de preguntarnos “¿de dónde me agarro?” o “¿de dónde nos agarramos?” nos ayuda a pensar en la esperanza sin optimismo en el futuro: para que el grito no se vuelva argumento y la descalificación no se convierta en una forma de diálogo que usurpe las mejores manifestaciones de humanidad y de respeto recíproco.

Quizás podamos aferrarnos a la tarea común de construir una forma de ver y mirar juntos, valorando el respeto mutuo y la dignidad de las personas como base y, al mismo tiempo, como reto. Frente al fatalismo y el desaliento, podemos oponer una actitud esperanzada que proteja la dignidad de cada persona, promueva la justicia y haga posible la fraternidad. Con persistencia, solidaridad y apoyo mutuo, comunicándonos y creando conciencia sobre los retos, se puede pensar que cambia la historia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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