Opinión
No nos debiese sorprender
Por eso, más que escandalizarnos con un nuevo informe internacional, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo como país para garantizar un desarrollo integral desde la primera infancia.
La reciente investigación de UNICEF sobre bienestar infantil y desarrollo educativo volvió a encender las alarmas. Entre 43 países de la OCDE y la Unión Europea analizados, Chile aparece rezagado en indicadores vinculados a los aprendizajes y al bienestar de niños, niñas y adolescentes. Algunos han reaccionado con sorpresa. La verdad es que no debiésemos sorprendernos.
Por supuesto, siempre es posible encontrar consuelo en las comparaciones. Chile puede mostrar mejores resultados que otros países de la región en distintos indicadores educativos. Pero si queremos progresar de verdad, la comparación relevante no es con quienes están peor. Debe ser con quienes han logrado construir sistemas capaces de ofrecer oportunidades efectivas para todos sus estudiantes. Compararse con los mejores no es pesimismo; es una condición para mejorar.
Quienes trabajamos diariamente en escuelas y contextos educativos vulnerables observamos esta realidad desde hace años. Mucho antes de los informes internacionales, ya era posible advertir que una parte importante de nuestros estudiantes llegaba a las salas de clases sin las herramientas básicas necesarias para enfrentar adecuadamente sus procesos de aprendizaje.
Las razones son múltiples y profundas. Una de las más evidentes es la escasa articulación entre las instituciones que deberían acompañar el desarrollo infantil. Salud y educación continúan funcionando, demasiadas veces, como sistemas paralelos. La detección temprana de dificultades, el apoyo a las familias y el desarrollo integral de niños y niñas siguen dependiendo más de esfuerzos individuales que de una estrategia coordinada y permanente del Estado.
A ello se suma una transformación silenciosa que pocas veces abordamos con la profundidad necesaria. La exposición temprana y excesiva a pantallas y redes sociales está modificando hábitos fundamentales para el aprendizaje. La concentración, el lenguaje, la tolerancia a la frustración y la capacidad de sostener la atención durante períodos prolongados muestran señales de deterioro que quienes trabajamos en educación observamos cotidianamente.
Pero el problema no es únicamente tecnológico. También es social. Muchos niños y niñas viven en contextos marcados por la violencia, el estrés, la inestabilidad emocional o la precariedad económica. Pretender que esas experiencias no impactan en los aprendizajes es desconocer una realidad evidente: aprender requiere condiciones mínimas de bienestar.
Existe, además, una creciente distancia entre las expectativas del sistema educativo y la realidad de muchas familias. Con frecuencia se asume que los estudiantes ingresan a la educación inicial con determinadas habilidades ya desarrolladas, cuando las oportunidades para adquirirlas son profundamente desiguales. El lenguaje, la estimulación temprana, los hábitos y el acceso a experiencias culturales siguen dependiendo, en gran medida, del entorno familiar.
Mientras tanto, las escuelas enfrentan demandas cada vez más complejas con recursos que muchas veces resultan insuficientes. Se exige más inclusión, más acompañamiento y mejores resultados, pero los apoyos especializados no siempre avanzan al mismo ritmo que las necesidades.
Por eso, más que escandalizarnos con un nuevo informe internacional, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo como país para garantizar un desarrollo integral desde la primera infancia. Los resultados educativos no comienzan en tercero básico ni se explican únicamente dentro de una sala de clases. Son la consecuencia de años de desarrollo —o de ausencia de desarrollo— acumulados mucho antes de que un niño aprenda a leer.
Mientras sigamos responsabilizando exclusivamente a las escuelas por problemas que tienen raíces familiares, sociales e institucionales mucho más profundas, seguiremos reaccionando con sorpresa frente a diagnósticos que hace tiempo dejaron de ser una sorpresa.
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