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Inteligencia oceánica: el motor económico que duerme en nuestras costas Opinión

Inteligencia oceánica: el motor económico que duerme en nuestras costas

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Marcela Ríos Aguilar
Por : Marcela Ríos Aguilar bióloga marina, Mg. en Gestión Estratégica y Evaluación de Proyectos, Directora y fundadora de Acústica Marina.
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El océano nos está enviando señales de alerta y de supervivencia a cada segundo, pero para descifrarlas se requiere voluntad política, inversión y la convicción de que el conocimiento es nuestra mejor herramienta de adaptación.


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A menudo se repite que el océano cubre más del 70% de la superficie del planeta, pero rara vez nos detenemos a pensar en lo que ese porcentaje significa en términos de información. El mar es, en realidad, la mayor biblioteca viva de la Tierra; un sistema dinámico que pulsa, reacciona y emite datos constantes sobre la crisis climática, la biodiversidad y el equilibrio del mundo.

Sin embargo, históricamente lo hemos mirado solo como una autopista para el comercio o una despensa de recursos, ignorando el inmenso valor de su conocimiento latente. No es que el océano sea un abismo mudo; es que apenas estamos aprendiendo a escucharlo.

El gran desafío de nuestra era es la falta de datos y la incapacidad para ponerlos en valor. Hoy, gracias al desarrollo de la inteligencia artificial, los sensores avanzados y la ciencia de datos profunda, la investigación marina está viviendo una revolución silenciosa. Ya no dependemos de expediciones aisladas en el tiempo; la tecnología actual nos permite monitorear el pulso submarino en tiempo real.

Entender la acústica del océano, sus cambios térmicos o sus patrones biológicos no es un mero ejercicio de curiosidad científica; es la clave para diseñar políticas de conservación efectivas y un desarrollo sostenible que permita a la industria dejar de operar a ciegas.

Conceptos como la economía azul o la protección de los ecosistemas costeros corren el riesgo de transformarse en consignas vacías si no se sustentan en una infraestructura de datos robusta. La ciencia nos demuestra que el desarrollo productivo y la mitigación ambiental no tienen por qué ser fuerzas antagónicas.

Al contrario: cuando somos capaces de medir con precisión el impacto humano –como el ruido submarino o la alteración de los corredores biológicos–, la toma de decisiones deja de basarse en supuestos y pasa a sostenerse sobre certezas.

Para un país con una vocación marítima tan profunda como el nuestro (con más de 6400 km de costa), este escenario no es solo un deber ético, sino también una oportunidad estratégica de soberanía del conocimiento. Liderar la investigación del Pacífico desde el sur del mundo nos permite establecer estándares propios de inteligencia oceánica.

No necesitamos importar soluciones empaquetadas; la complejidad de nuestras costas nos exige desarrollar ciencia y tecnología local con visión global, conectando ecosistemas desde los hielos polares hasta las aguas tropicales bajo una misma mirada integradora.

El océano nos está enviando señales de alerta y de supervivencia a cada segundo, pero para descifrarlas se requiere voluntad política, inversión y la convicción de que el conocimiento es nuestra mejor herramienta de adaptación. Dejar de percibir el mar como un territorio ajeno y empezar a entenderlo como un motor de innovación y futuro es el primer paso.

El futuro de la humanidad no está solo en mirar hacia el espacio; está en aprender a leer, de una vez por todas, las respuestas que ya flotan frente a nosotros. Esto adquiere un valor no solo ecológico, sino también económico fundamental, pues los activos del océano global están valorados en 25 billones de dólares, lo que demuestra que su conservación es clave para la estabilidad financiera mundial.

Chile, bajo esta mirada, ha dado pasos relevantes, consolidando un firme compromiso oceánico que se inició en el primer Gobierno de Michelle Bachelet y que ha continuado de manera transversal en todas las administraciones posteriores, sin embargo, el gran desafío es pasar del plan sobre el papel al monitoreo, control y vigilancia en tiempo real.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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