Publicidad
La hora del humanismo Opinión DW

La hora del humanismo

Publicidad
Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
Ver Más

Coincidir en los principios no sirve de nada si no se traduce en decisiones concretas: en cómo cuidamos a nuestros mayores, qué oportunidades damos a los jóvenes, cómo recibimos a quien llega, y si la política vuelve a ser vocación de servicio o sigue siendo solo competencia por el poder.


El Mostrador Fuente Preferida

Hay preguntas que las sociedades solo se animan a formular en tiempos de incertidumbre: no las que dividen a los partidos cada semana, sino las que deciden la calidad de nuestra convivencia. Una de ellas reapareció hace pocos días en un lugar inesperado: no en Roma ni en el Vaticano, sino en el hemiciclo del Congreso de los Diputados de España. El 8 de junio, León XIV se convirtió en el primer Papa que se dirige a esa cámara, y dejó una pregunta a la vez sencilla y enorme: ¿qué lugar ocupa hoy la persona humana en la organización de nuestras sociedades?

No fue a proponer un proyecto confesional ni a disputar poder cultural, sino a invitar a “alzar la mirada”: a recordar que toda decisión pública toca a personas de carne y hueso, no a cifras. Y lo hizo ante representantes de todas las corrientes, lo que da a sus palabras un alcance que excede a los creyentes.

El humanismo cristiano, en su mejor versión, no busca imponerse ni derrotar a las demás concepciones: invita a descubrir lo que las une. La Doctrina Social de la Iglesia no reparte vencedores y vencidos entre el mercado y el Estado; insiste en algo modesto y radical a la vez: todo orden económico o político existe para servir a la persona y a su dignidad, y no al revés. Por eso interpela también al humanismo laico y a las tradiciones democráticas que, desde otros fundamentos, defienden esa misma dignidad. Cristianos y laicos han llegado, por caminos distintos, a conclusiones parecidas, y de ahí puede nacer una convergencia humanista: no una uniformidad de pensamiento, sino una comunidad de propósito.

Pero ese acuerdo es fácil, y por eso conviene desconfiar de él. Las grandes palabras —dignidad, solidaridad— se vuelven decorativas si se quedan en las declaraciones. Se hacen reales solo cuando reconocemos la dignidad donde más amenazada está: en el sufrimiento, la exclusión y la soledad. Ahí el humanismo cristiano no es neutral: nace de una opción preferencial por los pobres. Por los pobres materiales, pero también por quienes viven el abandono o la pérdida de sentido: el anciano condenado a la invisibilidad, el joven sin horizonte, los millones cuya pobreza no es económica, sino afectiva.

En el centro de esa mirada están las Bienaventuranzas, que valen como propuesta de civilización: nos recuerdan que el valor de una persona no se mide por su prestigio ni por su éxito, y que una comunidad se calibra por cómo trata a quienes sufren. De ahí que la tradición social cristiana hable de “pecado social”: no para condenar individuos, sino para nombrar las instituciones y costumbres que producen exclusión de manera sistemática, sin que nadie en particular se sienta responsable. Hay pecado social cuando el éxito económico se vuelve el único criterio para medir el valor de alguien, y cuando la pobreza deja de conmovernos y pasa a ser parte del paisaje.

La hora del humanismo consiste en eso: reconstruir los vínculos que hacen posible la convivencia y entender que libertad y solidaridad no son adversarias, sino condiciones recíprocas de una vida verdaderamente humana. Quizá la gran pregunta de nuestro tiempo no sea cuánto creceremos ni cuánto consumiremos, sino si seremos capaces de construir una sociedad donde nadie se sienta extranjero

Ese extranjero tiene hoy un rostro que interpela con especial fuerza: el del inmigrante. El humanismo, cristiano o laico, no exige ingenuidad —la migración plantea desafíos reales de orden e integración, y fingir que no existen sería otra forma de no tomarse en serio a las personas—. Pero una cosa es regular y otra deshumanizar. Cuando hablamos de los migrantes como una cifra o una amenaza, dejamos de ver al padre que busca trabajo, a la mujer que huye del miedo, al niño que solo quiere ir a la escuela. La dignidad no presenta pasaporte en la frontera.

Frente a todo esto, lo propio del humanismo no es la denuncia, sino la transformación. Y cabe una objeción al tono celebratorio con que recibimos estos discursos: aplaudirlos y seguir igual sería la peor traición a su contenido. Coincidir en los principios no sirve de nada si no se traduce en decisiones concretas: en cómo cuidamos a nuestros mayores, qué oportunidades damos a los jóvenes, cómo recibimos a quien llega, y si la política vuelve a ser vocación de servicio o sigue siendo solo competencia por el poder.

Porque el progreso auténtico no consiste exclusivamente en producir más riqueza, sino en generar más dignidad. Esa fue, en esencia, la invitación que León XIV desde el Parlamento español, dirigió por igual a creyentes y no creyentes. Y esa es, finalmente, la hora del humanismo.  Que estas palabras de León XIV sean también una interpelación a mi partido, la Democracia Cristiana. Llegó la hora de encontrar el camino común.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad