Opinión
Más allá del hidrógeno verde: la oportunidad está en sus derivados
Mirar los derivados del hidrógeno verde también permite conectar la transición energética con una política de desarrollo productivo.
Durante los últimos años, Chile ha hablado con entusiasmo del hidrógeno verde. Y con razón. Nuestro país cuenta con una de las mejores combinaciones del mundo para generar electricidad renovable competitiva y, a partir de ella, producir hidrógeno verde: radiación solar en el norte, vientos excepcionales en el sur, experiencia energética, institucionalidad ambiental y una economía abierta al mundo. Todo eso ha permitido instalar una idea poderosa: Chile puede ser protagonista de una nueva economía verde.
Sin embargo, a medida que esta conversación madura, también debemos ampliar la mirada. El desafío no es solo producir hidrógeno verde como una molécula aislada, sino comprender todo el ecosistema industrial que puede surgir a partir de ella. En otras palabras, la verdadera oportunidad no está únicamente en exportar hidrógeno, sino en desarrollar sus derivados: amoníaco verde, metanol verde o combustibles sintéticos.
Esta distinción es fundamental. Si Chile se limita a pensar el hidrógeno verde como un commodity energético, corre el riesgo de reproducir una vieja historia: exportar recursos con bajo valor agregado y dejar que otros países capturen la mayor parte de la cadena de valor. En cambio, si el país apuesta por una estrategia industrial más sofisticada, puede transformar sus ventajas renovables en empleo, innovación, desarrollo tecnológico y nuevas capacidades productivas.
El caso de los fertilizantes es especialmente relevante. Chile depende en gran medida de insumos importados para su producción agrícola: cerca del 85% de los fertilizantes utilizados en el país proviene del exterior, equivalente a aproximadamente 1,1 millones de toneladas anuales. En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, disrupciones logísticas y volatilidad en los precios de la energía, esa dependencia no es menor: afecta la seguridad alimentaria, los costos de producción y la competitividad del sector agrícola.
Producir amoníaco verde como base para fertilizantes bajos en carbono permitiría conectar la transición energética con una agenda mucho más amplia: agricultura, alimentos, soberanía productiva y desarrollo regional.
Algo similar ocurre con los combustibles sintéticos y los combustibles sustentables de aviación. La aviación enfrenta enormes dificultades para descarbonizarse, ya que la electrificación de vuelos comerciales de larga distancia aún está lejos de ser una solución masiva. En ese escenario, los combustibles sustentables aparecen como una alternativa clave. Chile, con su potencial renovable, su capacidad para producir hidrógeno verde y la posibilidad de combinarlo con captura de CO₂ biogénico, podría participar en una industria global cada vez más relevante para reducir emisiones en sectores difíciles de abatir.
Mirar los derivados del hidrógeno verde también permite conectar la transición energética con una política de desarrollo productivo. No se trata solo de generar electricidad limpia o de cumplir compromisos climáticos. Se trata de construir nuevas industrias, atraer inversión, formar capital humano, impulsar investigación aplicada y abrir espacios para que regiones como Magallanes, Antofagasta, Atacama o Biobío se integren a cadenas globales de valor.
Para lograrlo, Chile necesita una conversación más ambiciosa. La política pública no debe quedarse únicamente en habilitar proyectos de producción de hidrógeno, sino también en identificar qué industrias queremos desarrollar a partir de esa base. Esto exige infraestructura, puertos, permisos eficientes, demanda local, acuerdos internacionales, instrumentos de financiamiento y una coordinación público-privada capaz de mirar más allá del corto plazo.
La transición energética no será exitosa si solo reemplazamos una fuente de energía por otra. Será verdaderamente transformadora si somos capaces de convertir nuestras ventajas naturales en capacidades industriales, tecnológicas y sociales. El hidrógeno verde puede ser una gran puerta de entrada, pero el desarrollo estará en lo que construyamos a partir de él.
Chile tiene una oportunidad histórica. Pero esa oportunidad no consiste únicamente en producir la molécula del futuro. Consiste en decidir si queremos ser simples proveedores de energía limpia o protagonistas de una nueva economía verde, con más valor agregado, más innovación y más desarrollo para nuestras regiones.
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