Publicidad
¿Queremos seguir siendo humanos? León XIV frente al desafío transhumanista Opinión Archivo

¿Queremos seguir siendo humanos? León XIV frente al desafío transhumanista

Publicidad
Marcos López Oneto
Por : Marcos López Oneto Abogado, escritor, Doctor en Derecho, team resercher Center for AI and Digital Policy
Ver Más

La pregunta decisiva es quiénes queremos ser cuando dispongamos de tecnologías capaces de redefinir lo que significa ser humano. La respuesta a esa pregunta determinará no sólo el futuro de la inteligencia artificial. Determinará el futuro mismo de la humanidad.


El Mostrador Fuente Preferida

El 15 de mayo de 2026, exactamente 135 años después de la publicación de Rerum Novarum, León XIV promulgó la encíclica Magnifica Humanitas (“La magnífica humanidad”). La coincidencia no es casual. Así como León XIII intentó responder a los profundos desafíos sociales, económicos y políticos desencadenados por la revolución industrial, León XIV busca ofrecer una orientación moral frente a las transformaciones provocadas por la inteligencia artificial, la digitalización y las nuevas tecnologías.

Existe una continuidad evidente entre ambos pontificados. León XIII observó cómo la máquina industrial estaba transformando el trabajo, la producción y la vida social. Frente a ello, defendió la dignidad de la persona humana contra las fuerzas económicas que amenazaban reducir al trabajador a una mera pieza del engranaje productivo. Más de un siglo después, León XIV contempla una transformación quizás aún más profunda. Ya no se trata solamente de la mecanización del trabajo humano, sino de tecnologías que aspiran a intervenir sobre la inteligencia, la conciencia, el cuerpo y, en último término, sobre la propia naturaleza humana.

Si Rerum Novarum fue la gran respuesta católica a la cuestión social de la revolución industrial, Magnifica Humanitas puede ser entendida como la respuesta de la Iglesia a la cuestión antropológica de la revolución tecnológica contemporánea. Porque detrás de la inteligencia artificial, la ingeniería genética, las neurotecnologías y el transhumanismo subyace una pregunta más radical que aquella que preocupó al siglo XIX. Ya no se trata solamente de cómo debemos organizar el trabajo, la propiedad o la economía. La pregunta ahora es quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser.

Y es precisamente aquí donde León XIV introduce una de las cuestiones más decisivas de nuestro tiempo: ¿qué significa seguir siendo humanos en una época en que las tecnologías emergentes prometen transformar radicalmente la propia naturaleza humana?

Durante las últimas décadas ha ido emergiendo un movimiento intelectual, cultural y político que todavía permanece relativamente desconocido para gran parte de la opinión pública, pero que ejerce una influencia creciente en universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas y círculos de formulación de políticas públicas. Se trata del transhumanismo.

El transhumanismo sostiene que la condición humana actual constituye apenas una etapa transitoria de la evolución. Su objetivo declarado consiste en utilizar tecnologías como la inteligencia artificial, la ingeniería genética, las neurotecnologías, la nanotecnología y la robótica para superar las limitaciones biológicas del ser humano. No se trata simplemente de curar enfermedades o aliviar sufrimientos. La aspiración es mucho más ambiciosa: aumentar radicalmente las capacidades cognitivas y físicas, extender indefinidamente la vida y, en sus versiones más extremas, alcanzar una forma de inmortalidad tecnológica mediante la transferencia de la conciencia a soportes digitales.

En esta visión, el ser humano no constituye el punto de llegada de la evolución, sino apenas una fase intermedia. El horizonte es la poshumanidad: un mundo habitado por seres biológicamente modificados, híbridos hombre-máquina o incluso inteligencias completamente digitales.

Frente a esta corriente se ha desarrollado otra tradición de pensamiento, habitualmente denominada bioconservacionista. Sus representantes no rechazan la ciencia ni el progreso tecnológico. Tampoco se oponen a las terapias destinadas a restaurar la salud humana. Lo que cuestionan es la confusión entre terapia y mejoramiento.

Curar una enfermedad genética no es lo mismo que diseñar seres humanos genéticamente optimizados. Recuperar una función perdida no es equivalente a crear individuos biológicamente superiores. Existe una diferencia moral profunda entre sanar al ser humano y reemplazarlo por otra cosa.

Es precisamente en este contexto donde adquiere especial relevancia la reciente encíclica Magnifica Humanitas. Lejos de adoptar una posición tecnófoba, el pontífice reconoce explícitamente los enormes beneficios que pueden derivarse de la inteligencia artificial y de las nuevas tecnologías. Sin embargo, advierte que la humanidad se encuentra ante una decisión histórica: utilizar la tecnología para fortalecer la dignidad humana o convertirla en un instrumento de deshumanización.

Resulta especialmente significativo que León XIV dedique una parte importante de su reflexión a las narrativas transhumanistas y posthumanistas. No lo hace desde el miedo a la tecnología, sino desde la preocupación por la preservación de aquello que nos hace humanos. La encíclica advierte sobre la tentación de construir una nueva Torre de Babel tecnológica, donde la promesa de poder termine eclipsando la dignidad de la persona humana.

La pregunta fundamental que plantea León XIV no es tecnológica sino antropológica. En realidad, es la misma pregunta que ha comenzado a emerger desde distintos ámbitos académicos, filosóficos y jurídicos durante los últimos años:

¿Queremos seguir siendo humanos?

No se trata de una interrogante retórica. Es la cuestión central que subyace a los debates sobre inteligencia artificial, edición genética, interfaces cerebro-computador, neurotecnologías y biomejoramiento humano.

Hace algunos años formulé esa misma pregunta como subtítulo de mi libro Fundamentos para un Derecho de la Inteligencia Artificial: ¿Queremos seguir siendo humanos? Allí sostuve que el verdadero problema no era el desarrollo de la inteligencia artificial en sí mismo, sino la posibilidad de que dichas tecnologías fueran orientadas por una ideología transhumanista cuyo objetivo estratégico consiste en conducir a la humanidad hacia una etapa posthumana.

La hipótesis central era sencilla: el gran desafío jurídico y ético del siglo XXI no consiste en impedir el desarrollo tecnológico, sino en garantizar que dicho desarrollo permanezca al servicio de la humanidad y no de su eventual sustitución. En otras palabras, distinguir entre el uso terapéutico de la tecnología y aquellos proyectos de mejoramiento humano que aspiran a transformar la propia condición humana.

Hoy esa preocupación parece haber alcanzado una dimensión global. La pregunta ya no proviene únicamente de académicos, filósofos o juristas. Ahora es el propio León XIV quien la sitúa en el centro del debate mundial.

La relevancia de esta coincidencia es profunda, porque demuestra que la discusión sobre la inteligencia artificial no es solamente una cuestión técnica ni económica. Es una discusión acerca del significado mismo de lo humano.

En efecto: ¿qué aspectos de nuestra naturaleza queremos preservar? ¿cuáles estamos dispuestos a modificar? ¿existe algún límite que no debiera ser traspasado? ¿qué es el ser humano? ¿dónde empieza y donde terminaría su configuración?

Las respuestas a esas preguntas determinarán probablemente el destino de nuestra civilización mucho más que cualquier innovación tecnológica específica. La discusión, además, ya no pertenece exclusivamente a laboratorios, universidades o centros de investigación. Hoy involucra a gobiernos, organismos internacionales, corporaciones tecnológicas y líderes religiosos. Pensadores como Nick Bostrom y Ray Kurzweil han contribuido a instalar en el debate público la posibilidad de una transformación radical de la especie humana mediante la tecnología. Al mismo tiempo, empresarios como Elon Musk advierten sobre los riesgos existenciales que podrían derivarse de sistemas de inteligencia artificial cada vez más poderosos.

Por primera vez en la historia, la humanidad posee herramientas potencialmente capaces de intervenir sobre los mecanismos mismos de la evolución biológica y cultural. La pregunta ya no es si podemos hacerlo. La pregunta es si debemos hacerlo. Esta fue precisamente la preocupación que llevó a Hans Jonas a formular su célebre Principio de Responsabilidad. Frente al poder sin precedentes adquirido por la técnica moderna, Jonas sostuvo que la ética tradicional resultaba insuficiente, pues nunca antes la humanidad había tenido la capacidad de alterar de manera irreversible las condiciones futuras de la vida humana.

Por ello, Jonas reformula e incluso invierte la perspectiva del imperativo categórico kantiano. Mientras Kant ordenaba actuar de modo que la máxima de nuestra acción pudiera convertirse en ley universal, Jonas desplaza la mirada hacia las consecuencias futuras de nuestros actos tecnológicos. Su nuevo imperativo ético puede resumirse así: «Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la Tierra». La responsabilidad ya no se proyecta únicamente hacia nuestros contemporáneos, sino también hacia las generaciones futuras que todavía no existen y cuya posibilidad misma de existir depende de nuestras decisiones presentes.

La discusión sobre la inteligencia artificial, la ingeniería genética y el transhumanismo se sitúa exactamente en ese horizonte. No estamos decidiendo únicamente qué tecnologías desarrollar, sino qué futuro legaremos a las generaciones venideras y si la humanidad seguirá reconociéndose a sí misma en el mundo que esas tecnologías contribuyan a crear.

La encíclica no constituye un rechazo a la ciencia ni una condena de la innovación. Tampoco propone regresar a un pasado idealizado. Su propuesta es distinta: construir una alianza global para orientar el desarrollo tecnológico hacia el servicio de la persona humana, preservando la dignidad, la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Se trata, en definitiva, de una alianza humanista.

Una alianza integrada por creyentes y no creyentes; por científicos, filósofos, juristas, educadores, empresarios y responsables políticos; por todos aquellos que consideran que la tecnología debe seguir siendo una herramienta al servicio del ser humano y no un mecanismo destinado a sustituirlo.

Si León XIII debió defender la dignidad del trabajador frente a la máquina industrial, León XIV parece dispuesto a defender la dignidad de la persona humana frente a las tecnologías que prometen superar al propio ser humano.

Entonces, la pregunta decisiva de nuestro tiempo ya no es qué puede hacer la tecnología por nosotros. La pregunta decisiva es quiénes queremos ser cuando dispongamos de tecnologías capaces de redefinir lo que significa ser humano. La respuesta a esa pregunta determinará no sólo el futuro de la inteligencia artificial. Determinará el futuro mismo de la humanidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad