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La copa que Chile no puede darse el lujo de perder Opinión

La copa que Chile no puede darse el lujo de perder

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Juan Escrig Murúa
Por : Juan Escrig Murúa Profesor Titular del Departamento de Física de la Universidad de Santiago e Investigador del Centro de Nanociencia y Nanotecnología, CEDENNA
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“Creemos que el Mundial trata de fútbol. En realidad, es una de las mayores demostraciones de conocimiento humano jamás organizadas. Y quizás la mejor metáfora para entender el verdadero desafío que enfrenta Chile en el siglo XXI”.


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El Mundial ya ha comenzado y millones de personas ya lo están viviendo. Se nota en las conversaciones de pasillo, en las discusiones sobre los favoritos, en los pronósticos imposibles y, sobre todo, en el ritual que se repite generación tras generación: abrir un sobre de láminas y buscar con ansiedad esa imagen que tanto anhelabas para completar el álbum.

Hay algo extraordinario en ese momento. Un niño observa la fotografía de su jugador favorito. Un padre recuerda el Mundial que vio cuando tenía su misma edad. Un grupo de personas intercambia láminas repetidas. Durante algunas semanas, personas que no comparten casi nada encuentran un lenguaje común. Creemos que estamos hablando de fútbol, pero en realidad estamos observando algo mucho más profundo: la capacidad humana para generar conocimiento, compartir experiencias y construir relatos colectivos que atraviesan generaciones y fronteras.

Porque detrás de cada lámina, de cada partido y de cada transmisión existe una historia que rara vez aparece en las portadas deportivas. De hecho, es posible que detrás de una sola transmisión del Mundial exista más capacidad científica y tecnológica que la que acompañó a toda la organización de la primera Copa del Mundo en 1930. El balón que rodará por las canchas es resultado de décadas de investigación en materiales avanzados y aerodinámica; los jugadores serán acompañados por sistemas capaces de monitorear en tiempo real su rendimiento físico y prevenir lesiones; los árbitros contarán con tecnologías de visión artificial que hace apenas unos años parecían propias de la ciencia ficción; y para que miles de millones de personas puedan observar simultáneamente un partido desde cualquier rincón del planeta deberán funcionar de manera coordinada satélites, fibras ópticas, centros de datos, algoritmos de inteligencia artificial y algunas de las infraestructuras tecnológicas más complejas que la humanidad ha construido.

Lo más interesante es que nada de esto nació pensando en el fútbol. Los descubrimientos que hoy admiramos comenzaron mucho antes, en laboratorios, centros de investigación y universidades donde científicas y científicos intentaban responder preguntas cuya utilidad práctica muchas veces era desconocida. La historia de la ciencia está llena de ejemplos similares: investigaciones que parecían abstractas en su origen terminaron transformando industrias completas y redefiniendo la forma en que vivimos, trabajamos, nos comunicamos e incluso disfrutamos del deporte.

Esa es, probablemente, la lección más importante que nos deja el Mundial. Las grandes transformaciones no aparecen de un día para otro ni responden a ciclos de corto plazo. Se construyen durante décadas y requieren inversión sostenida, formación de talento, instituciones sólidas y una convicción colectiva de que el conocimiento importa incluso cuando sus beneficios todavía no son visibles. Lo que hoy admiramos como innovación suele ser el resultado de decisiones tomadas muchos años antes por personas que apostaron por comprender el mundo sin saber exactamente cuáles serían las aplicaciones futuras de ese esfuerzo.

Pero existe una dimensión aún más fascinante. Lo extraordinario del Mundial no es solamente que reúna a los mejores futbolistas del planeta, sino que logre sincronizar la atención de miles de millones de personas alrededor de una experiencia compartida. Esa capacidad de cooperación masiva es una de las características más notables de nuestra especie. Es la misma capacidad que permitió construir universidades, desarrollar vacunas, crear internet, explorar el espacio y producir el conocimiento que hoy hace posible el propio Mundial.

Por eso resulta tan llamativa una contradicción que aparece una y otra vez en el debate público chileno. Celebramos la innovación cuando llega convertida en tecnología. Admiramos los países que lideran el desarrollo científico. Nos sorprendemos con los avances de la inteligencia artificial, la medicina o las telecomunicaciones. Sin embargo, todavía discutimos la ciencia y la tecnología como si fueran gastos que deben justificarse permanentemente, cuando el propio Mundial demuestra exactamente lo contrario.

Ninguna de las tecnologías que veremos durante las próximas semanas habría existido si alguien hubiera exigido resultados inmediatos a quienes las desarrollaron. Las sociedades que hoy lideran la economía del conocimiento entendieron algo fundamental: la prosperidad del futuro depende de las preguntas que una generación se atreve a formular en el presente. Mientras discutimos cómo aumentar la productividad, incorporar inteligencia artificial, diversificar nuestra economía o enfrentar el cambio climático, existe una pregunta previa que rara vez formulamos: ¿de dónde surgirán las ideas capaces de hacerlo posible?

La respuesta, en el fondo, siempre es la misma: las ideas que transforman sociedades surgen del conocimiento. Surgen de las escuelas donde se despierta la curiosidad, de las universidades donde se forman profesionales y se generan descrubrimientos, y de los laboratorios donde investigadoras e investigadores exploran problemas que muchas veces parecen abstractos, hasta que un día terminan transformando industrias completas. Por eso el verdadero partido del siglo XXI no se juega en una cancha, sino en la capacidad de los países para crear conocimiento, atraer talento, desarrollar ciencia y transformar ideas en oportunidades.

Dentro de algunas semanas una selección levantará la Copa del Mundo. Las cámaras apuntarán a los jugadores, los estadios celebrarán y millones de personas recordarán ese instante durante años. Pero cuando se apaguen las luces de los estadios y termine la celebración, seguirá existiendo otra competencia mucho más decisiva: la que enfrenta a los países que producen conocimiento con aquellos que dependen del conocimiento generado por otros; la que separa a las naciones que diseñan el futuro de aquellas que simplemente se adaptan a él.
Esa es la verdadera copa del siglo XXI.

Y es, probablemente, la única que Chile no puede darse el lujo de perder.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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