Opinión
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Salud pública: cuando la gestión se usa como excusa para recortar
La salud pública necesita gestión. Pero también necesita recursos, planificación, conducción política y una convicción clara: el derecho a la salud no puede depender de criterios exclusivamente contables.
La sesión de la Comisión de Salud del Senado del 4 de junio dejó una señal preocupante para quienes defendemos la salud pública. Las autoridades fueron convocadas para explicar los recortes presupuestarios, transparentar sus criterios e informar cómo estas medidas impactarán en la atención y en las condiciones laborales de quienes sostienen la red asistencial.
Sin embargo, las respuestas no estuvieron a la altura. Se reiteró información ya conocida, pero no se entregaron antecedentes concretos sobre la evaluación de estos ajustes. Más inquietante aún es que, a meses de iniciado el recorte, no exista una orientación clara para que hospitales y servicios enfrenten estas restricciones sin afectar la atención.
La señal del Ministerio de Salud fue especialmente delicada: mientras se reconocen las dificultades financieras de la red, la responsabilidad de administrar los recortes se traslada a directores de servicios y establecimientos. Las autoridades centrales reducen los recursos, pero delegan en los territorios la responsabilidad política y técnica de sus consecuencias.
La ministra insistió en la necesidad de mejorar la gestión. Nadie podría oponerse a ello. Pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿el principal problema de la salud pública es la gestión o la insuficiencia estructural de recursos?
Hospitales y centros de salud llevan años funcionando al límite. La deuda hospitalaria no nació este año ni responde a un hecho aislado. Es consecuencia de un financiamiento insuficiente y persistente, que obliga a cerrar cada período con déficits crecientes.
Por eso, hablar solo de eficiencia puede transformarse en una forma elegante de invisibilizar el problema central: la falta de financiamiento adecuado para garantizar el derecho a la salud.
Lo paradójico es que, pese a estas condiciones, la salud pública chilena sigue mostrando resultados relevantes: alta expectativa de vida, menos de mil fallecimientos de menores de un año durante 2024 y cero muertes infantiles asociadas al virus respiratorio sincicial en la última campaña de invierno.
Estos logros no son fruto de la austeridad. Son el resultado del compromiso de miles de trabajadoras y trabajadores que sostienen el sistema incluso cuando faltan medicamentos, insumos, equipamiento o condiciones básicas.
Por eso resulta ofensivo escuchar llamados a la empatía sin un compromiso real con quienes hacen posible la salud pública. No se necesitan discursos sobre vocación o heroísmo. Se requiere estabilidad laboral, carrera funcionaria, mejores condiciones de trabajo, salas cuna y políticas de cuidado para un sector profundamente feminizado.
Cuando se afirma que los recursos compiten con otras prioridades, corresponde preguntarse: ¿con qué compite la salud? Compite con la enfermedad, con el sufrimiento evitable, con las listas de espera y con la angustia de miles de familias que no reciben atención oportuna.
La salud pública necesita gestión. Pero también necesita recursos, planificación, conducción política y una convicción clara: el derecho a la salud no puede depender de criterios exclusivamente contables.
Desde mi organización sindical, la CONFEDEPRUS, seguiremos defendiendo una salud pública robusta, financiada adecuadamente y construida junto a comunidades, gremios, colegios profesionales, organizaciones de usuarios y autoridades comprometidas. Porque la salud no es un gasto; es una inversión social indispensable para el país.
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