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La diplomacia en la Encíclica
Lo digo con mis palabras: necesitamos que prevalezca entre nosotros la diplomacia, el afecto, la lima de asperezas, los buenos modales, los intercambios culturales, el cumplimiento de los pactos y contratos.
Donald Trump amenaza con barrer una civilización, la iraní. Su retórica confrontacional, sus mentiras y su prepotencia dinamitan los consensos en materias de comercio, medioambiente y seguridad colectiva, y generan incertidumbre sobre el futuro de la humanidad. Sin tanto desparpajo, Rusia empezó una guerra contra Ucrania que no termina y suma cadáveres.
El genocidio en Gaza -más de 70.000 palestinos muertos-, activado por un ataque terrorista feroz, tiene pocos ejemplos parecidos. En este contexto el papa León XIV advierte: “reaparece la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —‘yo primero’, ‘amigo-enemigo’, ‘nosotros-ustedes’— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones”. La diplomacia parece no existir.
Lo novedoso hoy es el tipo de guerras. Estas se libran con algoritmos, desinformación y control de datos. Nunca la humanidad había dispuesto de tanto poder para acabar consigo misma.
En este contexto, León XIV se asoma a un balcón de la Plaza San Pedro y la primera palabra que dice es “paz”. ¿Cuáles son los instrumentos que la humanidad ha desarrollado -y que el papa recuerda- para alcanzar la paz?
León no es ingenuo. Guerras seguirá habiendo. Pero recuerda que los adversarios son humanos y que no puede destruírselos. El papa deplora la doctrina de las “guerras justas” y considera que cualquier conflicto tiene límites en el trato del enemigo. Así las cosas, el papa piensa que la diplomacia es clave: contribuye a la conciliación, amortigua los conflictos y propicia su resolución. Los diplomáticos facilitan además las relaciones comerciales y culturales entre los pueblos. Su milenaria labor ha hecho posibles intercambios cordiales entre naciones que, bajo ciertos respectos, son competidoras o adversarias.
Para León XIV, la diplomacia no es un recurso de emergencia, sino el modo ordinario y permanente de relacionarse entre naciones: un diálogo capaz de “recuperar los más tenues signos de buena voluntad de las partes en conflicto”.
La Encíclica apuesta por el multilateralismo porque sabe que la concentración del poder origina las guerras. Un mundo donde cada pueblo sea reconocido en su dignidad —y en su capacidad de contribuir con sus bienes y su cultura a la paz— es más seguro que uno organizado en bloques de alineación obligatoria. León XIV lo dice sin rodeos: no hay paz sin justicia, y la justicia exige que los pequeños puedan negociar con cualquiera sin tutelas ni amenazas. Siguiendo a Pablo VI, el papa promueve una “civilización del amor”, pero advierte que será imposible mientras no se supere lo que la Encíclica llama “la crisis del multilateralismo”.
Otro factor de paz que el papa exige es el desarrollo y cumplimiento del derecho internacional. Todos saben que esta rama del derecho es precaria, precisamente porque las naciones todopoderosas difícilmente se sujetan a reglas. Los grandes terminan haciendo lo que quieren, traban los acuerdos o los incumplen. Las Naciones Unidas hoy por hoy valen muy poco y, en materia de guerras, casi nada. La legislación y los acuerdos internacionales no se respetan, nadie tiene fuerza para exigir su observancia.
León XIV denuncia “realismo político” la ideología que siembra en las conciencias la resignación ante una guerra ineludible y que rehabilita la fuerza como instrumento normal de política internacional. Es labor de la diplomacia insistir incansablemente en que la paz depende no solo de las negociaciones, sino también de la valoración de la persona humana y de la dignidad de cada pueblo. Como señala la Encíclica, la paz “requiere justicia, reconocimiento mutuo y estructuras capaces de proteger la dignidad de todos los pueblos, especialmente de aquellos que suelen quedar subordinados a las decisiones de los más poderosos”.
Levantamos una preocupación por el barrio. ¿Haremos nuestra la beligerancia en curso o prevalecerá entre nosotros la hermandad que, felizmente, nos ha humanizado? Hay contribuciones valiosas que merecen tenerse presente como el libro de Pablo Cabrera titulado La diplomacia tiene la palabra. Para el ex embajador de Chile en el Vaticano la diplomacia “significa aplicar conocimiento, experiencia, tolerancia e incluso una sutil dosis de benevolencia, amén de construir puentes de entendimiento y cooperación”.
Nuestra región, nuestros países, tendrá que resistir las presiones que nos humillan y enemistan. La Magnífica humanidad de Cristo exige traducirse en elevar nuestra humanidad. Lo digo con mis palabras: necesitamos que prevalezca entre nosotros la diplomacia, el afecto, la lima de asperezas, los buenos modales, los intercambios culturales, el cumplimiento de los pactos y contratos.
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