Opinión
La geopolítica impulsa una nueva era de inversión
La disrupción geopolítica ya no es solo un freno al crecimiento. En el entorno actual actúa como catalizador del gasto en seguridad, tecnología y resiliencia.
Sorprendentemente, la economía mundial ha resistido mejor de lo esperado el prolongado conflicto en Oriente Medio y sus efectos colaterales sobre el suministro energético global. Lejos de desencadenar una crisis, la respuesta predominante tanto por parte de gobiernos como de empresas ha sido invertir. Los países están aumentando sus presupuestos de defensa, repoblando reservas militares y construyendo cadenas de suministro redundantes. Al mismo tiempo, las corporaciones avanzan con inversiones a gran escala en infraestructuras de inteligencia artificial, centros de procesamiento de datos y tecnologías de automatización. En conjunto, estas acciones están conformando un nuevo motor del crecimiento global.
En Estados Unidos, los gastos de capital impulsados por la tecnología continúan superando una demanda de consumo más débil, apoyando sólidos resultados empresariales y ganancias de productividad basadas en la innovación. Incluso en la zona euro, donde el crecimiento general sigue siendo moderado, la inversión empresarial en maquinaria y equipo se ha mostrado notablemente resiliente, destacándose como uno de los principales pilares de la demanda interna.
Este aumento de la inversión está transformando también el panorama financiero global. Durante más de una década tras la crisis financiera global, los mercados estuvieron definidos por un exceso de ahorro frente a oportunidades productivas de inversión. Hoy, esa dinámica se invierte. La creciente demanda de capital, impulsada por necesidades de defensa, adaptación de cadenas de suministro y expansión de la IA, está absorbiendo esos ahorros acumulados. Como resultado, las tasas de interés reales son ahora más altas y existe un piso estructural bajo los rendimientos de los bonos soberanos, incluso en momentos de tensión en los mercados.
Este cambio macroeconómico ayuda a explicar movimientos recientes en el dólar estadounidense y en los mercados de renta fija. Tras debilitarse a principios de 2026 ante las expectativas de próximos recortes de tasas por parte de la Reserva Federal, el dólar recuperó fuerza cuando escaló el conflicto en Irán. El mayor riesgo percibido, la retirada de apuestas por relajación monetaria y el alza en los precios del petróleo contribuyeron conjuntamente a renovar la demanda del billete verde. La sensibilidad al precio del crudo ha restaurado temporalmente parte del atractivo tradicional del dólar como activo refugio, aunque su papel estructural como moneda petrolera siga disminuyendo.
De cara al futuro, el dólar podría mantenerse sostenido a corto plazo, especialmente si continúa entrando capital en proyectos vinculados a la IA y en salidas a bolsa de alto perfil. Sin embargo, nuestra visión a medio y largo plazo sigue siendo cautelosa. Déficits fiscales crecientes, un deterioro del saldo de cuenta corriente y cambios de política poco predecibles representan riesgos cada vez mayores para el dominio del dólar.
En renta fija, la situación es igualmente matizada. Pese a la inflación derivada del petróleo y mensajes restrictivos de los bancos centrales, los rendimientos han evolucionado dentro de márgenes controlados, en marcado contraste con la turbulencia observada durante la crisis energética de 2022. Las tasas reales ofrecen hoy compensaciones significativas y las expectativas de inflación permanecen bien ancladas.
Con el rendimiento del Tesoro a diez años cerca del 4.5 por ciento, el balance entre riesgo y retorno empieza a ser atractivo. Recomendamos extender progresivamente la duración a estos niveles, reduciendo exposición conforme los rendimientos se aproximen al 3.5 por ciento, especialmente si reaparecen presiones negativas sobre el crecimiento.
En última instancia, esta época de intensificación en la inversión representa una oportunidad estratégica. La disrupción geopolítica ya no es solo un freno al crecimiento. En el entorno actual actúa como catalizador del gasto en seguridad, tecnología y resiliencia. Para los inversores, alinear las carteras con este cambio estructural en la asignación de capital puede resultar clave para lograr retornos sostenidos.
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