Opinión
León XIV, la encíclica y el paganismo de Silicon Valley
El debate entre el paradigma naturalista y la visión espiritualista es tan antiguo como la historia del pensamiento. La irrupción de la IA le imprime una aceleración súbita, comparable a la que impulsó en su momento la revolución darwiniana. Otorga mayor poder de convicción al paradigma naturalista.
Es oportuno y prudente que la Iglesia afirme su magisterio moral ante el fenómeno de la IA, cuyo potencial para trastornar nuestras sociedades ya se percibe con claridad. Cabe protegerse de él mediante medidas legales o procedimientos de control, pero éstos se adoptan con tanto mayor acierto cuanto más sólidos son los principios y convicciones morales de los que se parte. León XIV pretende, con Magnifica Humanitas, encontrarlos en la doctrina social de la Iglesia que presentaba en su momento la encíclica Rerum Novarum, escrita por… León XIII.
Pero en esta encíclica hay una batalla que con el tiempo revelará una igual importancia, pues lo que designa la IA, más allá del instrumento que propone, es el renacimiento -llevado a su grado más alto- de una visión integralmente materialista del orden natural. Algunos aspiran a dotarla de los rasgos de una nueva religión tecnicista y pagana, capaz de suscitar una adhesión colectiva. Religión contra religión: nace, o más bien renace, como se verá, una suerte de rivalidad.
Silicon Valley abraza este movimiento con fervor. Los avances asombrosos de la IA muestran en perspectiva que la «razón» puede domesticarse y que es posible «trabajarla» como si se tratara del material que es el cuerpo humano. En su versión religiosa, el transhumanismo postula un individuo aumentado por los recursos de la biogenética y la tecnología, yendo mucho más allá del «trabajo» que la cirugía realiza desde hace siglos. El poshumanismo contempla —con vértigo, y a veces con espanto— la superación del hombre mediante su hibridación con máquinas, e incluso mediante formas de inteligencia superior que cobrarían autonomía respecto de su creador. El hombre cedería el testigo y se convertiría en Dios al traer al mundo un «ser a su imagen».
Estas ensoñaciones cosmológicas pueden parecer vanas, pero no son ajenas a ciertas figuras del catolicismo. Teilhard de Chardin imaginaba una suerte de flecha del tiempo que, abandonando la esfera material, confluiría progresivamente con una esfera del espíritu, en la altura del tiempo y espacio.
La IA opera un salto epistémico de envergadura. Se apoya en el fondo sobre un algoritmo elemental, por más que se le añadan sofisticaciones: predecir estadísticamente la palabra o el píxel siguiente en el espacio de información que se le ha hecho digerir. Este «simple» mecanismo revela propiedades sorprendentes, pues es de tipo asociativo, como lo es el espíritu humano, que va de un nudo a otro en nuestro cerebro para asociar los datos que le aportan los sentidos y la memoria. En ambos casos, hay un elemento creativo en las asociaciones así producidas. En la raíz de los dos, es la misma arcilla.
En uno de sus momentos de poco vuelo, el gran Descartes habló del animal-máquina, disociando radicalmente lo que era el animal —simple mecanismo— del hombre, dotado de espíritu, alma y experiencia subjetiva del dolor. La crítica no tardó en burlarse de este simplismo y la ciencia se encargó de mostrar cada vez mejor el continuum que rige entre animal y ser humano. Pero ya en 1748, La Mettrie había ido más lejos al hablar del hombre-máquina, es decir, al afirmar que todos los procesos corporales y mentales obedecían a reglas físico-químicas preestablecidas. Una máquina maravillosa, sin duda, pero máquina al fin. La radicalidad de la tesis asustaba a un filósofo tan curtido como Diderot.
Pero si el hombre es máquina, y más aún si no es sino máquina, todos los retoques sobre esa máquina se vuelven aceptables. Ella —es decir, el hombre— se convierte en algo instrumental, tema que atraviesa toda la encíclica en razón a los peligros sociales que se perfilan con semejante concepción.
«El cielo es el límite», proclaman a una voz la Iglesia y los tech-soñadores de California (y tech-oligarcas, pues no hay que olvidar la dimensión de poder y dinero que disimulan estas proyecciones tecnicistas. Estos últimos rechazan la finitud). Ven al hombre ir a Marte y más allá todavía. Vislumbran un mundo movido por su propia dinámica, sin finalidad designada, capaz incluso de producir una entidad que sería «más que humana». La Iglesia, como lo dice uno de los pasajes más profundos de la encíclica, ve en nuestras finitudes —humanas o ecológicas— un lugar de enriquecimiento personal que prepara el traspaso hacia un «más que humano» inmaterial en el amor al prójimo y a Dios.
En rigor, este debate entre el paradigma naturalista y la visión espiritualista es tan antiguo como la historia del pensamiento. La irrupción de la IA le imprime una aceleración súbita, comparable a la que impulsó en su momento la revolución darwiniana. Otorga mayor poder de convicción al paradigma naturalista.
Era, pues, hora de que la Iglesia, en virtud de su misión y viendo avanzar de nuevo a su habitual y formidable competidor, tomara posición y reafirmara con vigor su propia concepción del orden natural.
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