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Músculos sin glucosa: Chile y Europa ante el desafío innovador Opinión Imagen referencial

Músculos sin glucosa: Chile y Europa ante el desafío innovador

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Francisco Gutiérrez Mella
Por : Francisco Gutiérrez Mella Docente Magíster en Gestión de la Innovación y el Emprendimiento Tecnológico – MAGIET Depto. de Tecnologías de Gestión – Facultad Tecnológica Universidad de Santiago de Chile
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Los mapas no recorren distancias. Mientras Europa entrena sus músculos con cientos de miles de millones de euros, Chile publica una estrategia el mismo día que recorta el presupuesto de ciencia.


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El 27 de mayo de 2026, Chile recibía con fanfarria su nueva Estrategia Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para el Desarrollo (ENCTCI 2026); siete días después, el 3 de junio, la Comisión Europea lanzaba su Paquete de Soberanía Tecnológica —una apuesta agresiva y financiada para construir capacidades propias en chips, inteligencia artificial y nube¹. El contraste es instructivo: ambos actores llegan a conclusiones similares sobre el papel estratégico del conocimiento, pero toman decisiones presupuestarias que revelan prioridades muy distintas.

Antes de analizar el fondo, una aclaración de higiene analítica: la ENCTCI 2026 no es la política de ciencia del gobierno de Kast. Es obra del Consejo CTCI autónomo, presidido por Silvia Díaz Acosta, fruto de cuatro años de trabajo iniciado bajo la administración anterior. Kast la recibió con la frase “Chile no tiene futuro sin ciencia”, pero esa misma semana su gobierno ejecutó un recorte del 4,7% al presupuesto del Ministerio de Ciencia y confirmó la suspensión de todas las becas de posgrado en el extranjero para 2026. Como respondió el presidente de la Academia Chilena de Ciencias, Sergio Lavandero: “el cariño se mide en el presupuesto”.

El abismo de los recursos. Los datos duros tienen la virtud pedagógica de ser perturbadores. Chile destina el 0,41% de su PIB a investigación y desarrollo; el promedio OCDE es 2,68%, es decir, casi siete veces más. En capital humano la brecha es aún más brutal: Chile tiene 1,1 investigadores por cada mil trabajadores, frente a 8,6 del promedio OCDE y 17 de Corea del Sur —un país que en los años sesenta era más pobre que varios de América Latina y construyó su prosperidad precisamente sobre conocimiento, no sobre recursos naturales.

Mientras tanto, Europa propuso en 2025 su programa FP10 con €175 mil millones para I+D en el período 2028-2034, respaldado por el diagnóstico del Informe Draghi: el fracaso en alcanzar la meta del 3% del PIB en I+D, fijada hace más de veinte años, es “una razón fundamental del rezago competitivo europeo”. La conclusión fue directa: no podemos regular nuestro camino hacia la competitividad; necesitamos construir. Ese es el giro conceptual más relevante: Europa transita de potencia regulatoria —influyente por sus normas, no por sus tecnologías— a potencia constructora con dinero real sobre la mesa. El dato que más sorprende en clase: la UE gasta aproximadamente €264 mil millones al año en tecnologías propietarias de empresas estadounidenses. Esa aritmética de dependencia es lo que mueve a Bruselas, no la ideología.

¿Y Chile tiene doctrina de soberanía tecnológica? Parcialmente. El lenguaje soberanista existe, pero está anclado en recursos naturales —litio y minerales críticos como “activos estratégicos”, diplomacia de los minerales— más que en la pila tecnológica digital. Eso no es necesariamente malo: Chile posee laboratorios naturales únicos, desde el desierto de Atacama para astronomía y energía solar hasta la Antártica para ciencias del clima. El problema es que la explotación de esos activos amenaza su propia base: el Salar de Atacama se hunde entre 1 y 2 centímetros al año por la extracción de salmuera, y Chile invierte 33 veces más en desarrollo productivo del litio que en investigar cómo proteger los ecosistemas que hacen posible esa extracción. Esta es la contradicción central del “crecimiento sostenible” que declara la estrategia, pero no la financia.

La pregunta que el MAGIET no puede esquivar. ¿Cómo se gestiona innovación con vocación territorial —justa y necesaria— con 0,41% del PIB en I+D y sin escala suficiente para sostener centros de excelencia competitivos? La ENCTCI 2026 critica correctamente la “competencia atomizada por recursos” que ha caracterizado al sistema chileno, pero no resuelve la tensión entre descentralización y concentración de capacidades. Europa lo resuelve con dinero y arquitectura institucional densa construida durante décadas. Chile debe resolverlo con creatividad institucional, que es exactamente lo que la gestión tecnológica estudia.

La ENCTCI 2026 es un mapa honesto de adónde Chile necesita ir. Pero los mapas no recorren distancias. Mientras Europa entrena sus músculos con cientos de miles de millones de euros y soberanía tecnológica con instrumentos vinculantes, Chile publica una estrategia el mismo día que recorta el presupuesto de ciencia. Una estrategia sin presupuesto es solo una carta de intenciones.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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