Opinión
¿Cuánto vale el conocimiento?
Si consideramos que determinadas disciplinas son importantes para el desarrollo cultural, científico y humano del país, entonces debemos construir mecanismos de financiamiento que permitan estudiarlas sin que ello signifique una carga económica desproporcionada.
Las recientes declaraciones del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, llamando a los estudiantes a “tener cuidado al endeudarse” para estudiar carreras con menor rentabilidad futura han abierto una discusión que trasciende el financiamiento de la educación superior. En el fondo, nos obligan a preguntarnos algo mucho más profundo:
¿Cómo estamos valorando el conocimiento en nuestra sociedad?
Por supuesto, nadie puede desconocer que la educación tiene una dimensión económica. Miles de familias realizan enormes esfuerzos para que sus hijos e hijas accedan a estudios superiores con la expectativa legítima de mejorar sus condiciones de vida. La educación ha sido históricamente una herramienta de movilidad social y es razonable esperar que el esfuerzo realizado permita acceder a un trabajo digno y a una remuneración justa.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre aspirar a una justa retribución por el trabajo profesional y reducir el valor de una carrera exclusivamente a su rentabilidad económica.
Lo preocupante de este debate es que parece instalarse una lógica donde el conocimiento es evaluado como cualquier mercancía. Como si las distintas disciplinas pudieran exhibirse en una vitrina y valorarse según su precio de mercado, como si fueran acciones financieras, bienes de consumo o productos sujetos a las fluctuaciones de la oferta y la demanda.
Bajo esa mirada, una carrera tendría valor en la medida en que permita obtener altos ingresos. Y aquellas que no prometen una rentabilidad significativa pasarían a ser consideradas opciones de menor relevancia.
Pero si aceptáramos esa lógica como criterio rector de nuestra educación, ¿qué ocurriría con aquellas disciplinas que han sido fundamentales para la construcción de la humanidad?
¿Qué espacio tendrían la filosofía, la historia, la literatura o la lingüística?
¿Cómo justificaríamos la investigación científica básica, aquella que muchas veces demora décadas en producir resultados aplicables?
¿Qué lugar ocuparían los estudios teológicos, que durante siglos han sido parte esencial de la reflexión humana sobre la existencia, la ética y el sentido de la vida?
Y más aún, ¿qué ocurriría con las artes?
Si midiéramos todo exclusivamente por su rentabilidad económica, probablemente nadie alentaría a un joven a estudiar guitarra clásica, composición musical, dirección orquestal, pintura o teatro. Difícilmente serían consideradas carreras atractivas bajo los parámetros del mercado.
Sin embargo, sin músicos, artistas, escritores, investigadores y pensadores, nuestras sociedades serían infinitamente más pobres.
La música que emociona generaciones, las obras literarias que interpretan nuestro tiempo, las investigaciones que amplían las fronteras del conocimiento o las reflexiones filosóficas que cuestionan nuestras certezas no nacieron porque alguien calculó su rentabilidad financiera. Surgieron porque existe una dimensión humana que trasciende la lógica del mercado.
Las civilizaciones no se construyen únicamente sobre aquello que genera utilidades. También se construyen sobre la cultura, el arte, la ciencia, el pensamiento crítico y la búsqueda permanente del conocimiento.
Por eso, el problema no son las carreras que ofrecen menores ingresos. El problema es asumir que aquello que no genera una rentabilidad inmediata posee menos valor para la sociedad.
La discusión de fondo debería ser otra. Si consideramos que determinadas disciplinas son importantes para el desarrollo cultural, científico y humano del país, entonces debemos construir mecanismos de financiamiento que permitan estudiarlas sin que ello signifique una carga económica desproporcionada para quienes las eligen. El desafío no es empujar a los jóvenes hacia las carreras más rentables. El desafío es construir un sistema que reconozca la diversidad de aportes que cada disciplina realiza al bien común.
Porque no todo aquello que tiene valor puede medirse en dinero.
El conocimiento no existe únicamente para generar ingresos. Existe para comprender el mundo, preservar la memoria, desarrollar la ciencia, crear belleza, formular preguntas y ampliar los horizontes de la humanidad.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.