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¿El fin de la Guerra de los 111 días? (Y sus consecuencias)
Los resultados de la operación militar israelí-estadounidense no dan ni para una victoria pírrica, aunque el baile de máscaras ya comenzó, con el anuncio de la prolongación del alto al fuego y la orden de “que fluya el petróleo”.
Cuando este viernes Estados Unidos e Irán firmen un acuerdo de paz, se colocará fin a las hostilidades abiertas el 28 de febrero, un total de 111 días de un conflicto bélico que marcó un hito en 2026, pero la resistencia iraní –después– podría marcar la declinación del papel de Estados Unidos en la región de Medio Oriente.
Sobre el papel, Washington y Teherán pactarán la prolongación de una tregua cuya firma solemne será estampada en ceremonia en Suiza. El presidente Trump ya aprobó el levantamiento del bloqueo estadounidense a Ormuz, pero solo el próximo viernes Irán hará lo mismo, a partir del retiro de las minas que sembró en el estrecho, con la certeza de que recibirá algo a cambio.
Otros aspectos recién se irán conociendo con el borrador del texto y, sobre todo, con las negociaciones en los dos meses posteriores, que darán paso a un acuerdo definitivo. En el intertanto, escucharemos insistentemente que cada parte cumplió sus objetivos y que en el estrecho de Ormuz se recuperó el libre tránsito.
Lo primero que hay que constatar es que la libre navegación de aquella garganta geopolítica –la situación previa a la beligerancia– se modificará, por lo que hay que entender que cualquier tipo de gravamen que se cobre constituiría una alteración adversa para los países que transan petróleo, gas y fertilizantes.
El presidente Trump habrá logrado conjurar su “propio Vietnam”, en una aventura militar que aún amenaza con pasarle factura en las elecciones de medio término, en noviembre próximo. Entre sus escasos logros está el que apenas aprendió el juego estratégico dilatorio de la región que encendió, cuando el 13 de abril impuso un bloqueo externo al estrecho en la zona del golfo de Omán. Con aquello perpetró más daño a la economía iraní que todas sus operaciones bélicas contra una población que, desde el chiismo, profesa el martirio y la resistencia, como formas de espera del duodécimo imán oculto.
Lo que está fuera de toda duda es que había temas que antes de las hostilidades no estaban en la agenda y ahora serán parte del entendimiento. Con ello me refiero al levantamiento de las sanciones que se reimpusieron sobre Irán desde que Estados Unidos renunció en 2018 al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, en inglés) de 2015.
Los 24 mil millones de dólares congelados en Occidente –de los cuales se especula que podría autorizarse a retirar la mitad–, así como toda compensación económica o plan de reconstrucción a Irán, ante el perjuicio infligido a su infraestructura crítica, serán también elementos novedosos por parte de su adversario, que con mayor propiedad podrá reclamar cierto éxito.
Del programa nuclear iraní, uno de los objetivos centrales de la Guerra de los 111 días, junto con el cambio de régimen, se esperan algunas metas y plazos relativos a la destrucción o entrega de los cerca de 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido al 60% (para las armas atómicas se necesita que esté cerca del 90%) por parte de Irán, aunque sin especificarse del todo, esperando los detalles que serán parte del tratado definitivo un par de meses después, a fin de condicionar la recepción de ayuda por parte de Teherán.
Así, los resultados de la operación militar israelí-estadounidense no dan ni para una victoria pírrica, aunque el baile de máscaras ya comenzó, con el anuncio de la prolongación del alto al fuego y la orden de “que fluya el petróleo”. Es decir, el acuerdo no parece mejor que el JCPOA. La suscripción de un nuevo texto, sin embargo, dejará al descubierto los cambios en la arquitectura de poder regional con Pakistán, Qatar, Turquía y Egipto como mediadores, y China y Rusia como valedoras de la República Islámica.
Washington habrá recibido la constatación empírica de que los riesgos de actuar unilateralmente en Medio Oirnte son mayores que en el Caribe. En adelante, que Teherán agreda a un Estado vecino o que controle a su arbitrio Ormuz no formarán parte de las argumentaciones para justificar un conflicto bélico inmediato, aunque quizás la prueba más palpable del giro sea la relativización de la empatía del tándem Trump-Netanyahu.
El premier israelí estuvo a punto de hacer zozobrar el acuerdo por los bombardeos de sus fuerzas a Beirut el pasado fin de semana. Hoy, el Líbano formará parte de un entendimiento, aunque no se puede asegurar que Israel lo respete.
Por esa razón, el presidente estadounidense exigió –desde la cumbre en Francia del G-7– al gobernante israelí “ser más responsable con Líbano”, agregando una provocadora advertencia: “Si Israel es incapaz de acometer la misión sin matar a todos los demás, Siria se ocupará. Siendo honestos, creo que [los sirios] harían un mejor trabajo”. De tal forma se escenifica la fisura estratégica entre dos aliados históricos. En cualquier caso, en los meses siguientes ambos liderazgos se someterán a la ordalía electoral que, al final, evaluará sus decisiones en esta guerra de 111 días.
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