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El “Magallanes” y el retorno de Chile a la construcción naval de gran escala Opinión Imagen: @Armada_Chile

El “Magallanes” y el retorno de Chile a la construcción naval de gran escala

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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La historia naval chilena suele contarse a partir de combates, héroes y escuadras, pero el poder marítimo del siglo XXI también se mide por astilleros, ingeniería, acero, software, sensores, cadenas de suministro y capacidad de sostener una flota durante décadas.


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La botadura del buque multipropósito LPD-93 Magallanes no debe ser leída solo como una ceremonia naval. Tampoco únicamente como la incorporación futura de una nueva unidad para la Armada de Chile. Su verdadero significado es mucho más profundo, ya que marca el inicio visible de una nueva etapa de construcción naval nacional, en la que defensa, industria, tecnología y estrategia marítima vuelven a encontrarse en un mismo proyecto de país.

El Magallanes es la primera unidad del Proyecto Escotillón IV, programa que contempla inicialmente dos buques multipropósito (el segundo será el Rapa Nui) y que puede proyectarse hasta cuatro unidades.

Construido por ASMAR en Talcahuano, sobre la base de un diseño adaptado a los requerimientos chilenos, el buque tiene 110 metros de eslora, casi 8.000 toneladas de desplazamiento y capacidad para transporte de tropas, vehículos, carga, helicópteros, embarcaciones menores, apoyo logístico, operaciones anfibias, búsqueda y rescate, evacuación de civiles y ayuda humanitaria ante catástrofes.

Es decir, no se trata de un buque pensado para un solo tipo de guerra ni para una sola clase de misión, sino de una plataforma naval flexible para un país largo, oceánico, austral, antártico y sísmico.

Chile necesita unidades capaces de operar desde el norte minero hasta los canales australes, desde Rapa Nui hasta la Antártica, y a su vez capaces de enfrentar una emergencia natural o una operación de presencia naval.

En ese sentido, el Magallanes responde a una realidad geográfica que muchas veces olvidamos: Chile no mira al mar por vocación literaria, sino por necesidad estratégica.

La elección del nombre tampoco es menor. Magallanes remite al extremo austral, al estrecho que conecta océanos, a la condición bioceánica del sur de Chile y a una de las zonas de mayor valor geopolítico del país.

En tiempos de competencia por rutas marítimas, recursos antárticos, cables submarinos, puertos, logística y presencia en el Pacífico Sur, llamar Magallanes al primer gran buque de esta nueva etapa es una declaración de identidad marítima.

Pero la principal importancia está más allá del casco. El Magallanes es el primer fruto concreto de una idea que Chile demoró demasiado en asumir, ya que la construcción naval no puede depender de proyectos aislados, interrumpidos por ciclos presupuestarios o cambios políticos. Necesita continuidad, planificación y una cartera de proyectos que permita formar soldadores, ingenieros, técnicos, diseñadores, proveedores, integradores de sistemas y especialistas capaces de pasar de un buque a otro sin perder capacidades entre medio.

Ese es el sentido del Plan Nacional Continuo de Construcción Naval, cuyo propósito no es solo renovar unidades de la Armada, sino crear una base industrial permanente. En otras palabras, que Chile no compre siempre lo que otros dejan disponible, sino que aprenda a construir, adaptar, mantener y eventualmente diseñar sus propias plataformas navales complejas.

En Sudamérica, el punto de comparación más alto sigue siendo Brasil. Su programa PROSUB, iniciado en 2008 con apoyo francés, le permitió construir submarinos Scorpène en Itaguaí y avanzar hacia su ambición de contar con un submarino de propulsión nuclear.

Comparada con Chile, esta iniciativa brasileña tiene una escala distinta, con mayores recursos, una base industrial más amplia y una visión estratégica centrada en el Atlántico Sur y sus riquezas energéticas.

Perú, por su parte, ha desarrollado capacidades relevantes a través de SIMA (Servicios Industriales de la Marina S.A.) con buques multipropósito tipo Makassar, a través de un programa desarrollado junto a Daesun Shipbuilding & Engineering, de Corea del Sur.

A su vez, Colombia avanza con Cotecmar (Corporación de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo de la Industria Naval, Marítima y Fluvial) hacia la construcción de su primera fragata PES (Plataforma Estratégica de Superficie), apoyada en el diseño de la empresa neerlandesa Damen.

Argentina, en cambio, ha optado en los últimos años más por la adquisición externa, como ocurrió con sus patrulleros oceánicos construidos en Francia.

De esta forma, mientras Perú apostó por la transferencia tecnológica con Corea del Sur, Colombia por las fragatas con apoyo europeo y Brasil por el poder submarino, Chile eligió convertir la construcción naval en una política permanente de Estado.

Chile no lidera en volumen, pero sí puede aspirar a liderar en continuidad, calidad de ejecución y coherencia estratégica. Esa es la clave. No se trata de competir con Brasil en submarinos ni con las grandes potencias asiáticas en tonelaje, sino de construir una política naval proporcionada a los intereses nacionales.

En ese contexto, la comparación con Asia muestra la distancia y, al mismo tiempo, el camino. Corea del Sur convirtió sus astilleros en una potencia mundial capaz de construir destructores, submarinos y fragatas, además de exportar tecnología naval. Japón avanza con la clase Mogami, una serie moderna de fragatas construidas con notable rapidez. China, en otra escala, produce portaaviones, destructores, fragatas y buques anfibios a un ritmo que expresa su ambición de poder global. Indonesia, incluso desde una posición intermedia, ha logrado exportar buques anfibios construidos por PT PAL.

La lección es clara: ningún país desarrolla una industria naval avanzada con encargos esporádicos. La desarrolla con continuidad, aprendizaje acumulado, financiamiento estable, cooperación internacional inteligente y una relación virtuosa entre Estado, Armada, astilleros, universidades y proveedores privados.

Por eso, la botadura del Magallanes debe ser entendida como algo más que el lanzamiento de un buque al mar. Es una prueba de madurez. Si Chile persevera, el Proyecto Escotillón IV puede transformarse en la escuela industrial que permita avanzar después hacia unidades más complejas, incluidos buques logísticos, rompehielos, patrulleros avanzados e incluso fragatas construidas localmente.

La historia naval chilena suele contarse a partir de combates, héroes y escuadras, pero el poder marítimo del siglo XXI también se mide por astilleros, ingeniería, acero, software, sensores, cadenas de suministro y capacidad de sostener una flota durante décadas.

En ese mapa, la botadura de el Magallanes no se trata solo de una nueva unidad de la Armada, sino de la señal de que Chile puede pensar el mar como sinónimo de industria, soberanía y futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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