Opinión
Crédito foto: Sebastián Beltrán Gaete/AgenciaUno
Niños haitianos en Chile: cuando la protección llegó tarde
La respuesta no puede ser solo endurecer controles ni cerrar puertas. La respuesta debe ser más seria: controles adecuados, trazabilidad efectiva, coordinación institucional y protección real.
El caso de los niños, niñas y adolescentes haitianos cuyo paradero hoy se investiga no puede tratarse como una controversia migratoria más.
Tampoco puede reducirse a una disputa política entre administraciones.
Estamos frente a algo mucho más grave: una cadena de errores estatales que permitió que menores de edad ingresaran a Chile bajo procedimientos de reunificación familiar sin que existiera, aparentemente, un sistema eficaz para verificar quién los recibía, dónde vivirían y en qué condiciones quedarían después de su ingreso.
La contingencia migratoria haitiana siempre ha exigido un trato especialmente cuidadoso. Haití vive una crisis institucional, social y humanitaria profunda. Precisamente por eso, los procedimientos vinculados a niños haitianos debían tener estándares reforzados de revisión, coordinación y seguimiento.
No ocurrió así.
Primer error: se confundió reunificación familiar con autorización documental.
La reunificación familiar no es solo permitir el ingreso de un niño al país. Es comprobar el vínculo, identificar al adulto responsable y asegurar que ese niño llegará efectivamente a un entorno familiar protegido.
Segundo error: se aceptaron antecedentes sin controles suficientes.
Cuando documentos, domicilios o vínculos familiares presentan inconsistencias, el Estado no puede mirar hacia otro lado. En materia de infancia, la duda no autoriza la flexibilización; obliga a verificar.
Tercer error: se permitió el ingreso sin trazabilidad posterior.
El deber de protección no termina en la frontera. Si el Estado autoriza el ingreso de un niño, debe poder saber después si está escolarizado, si vive donde se declaró, si accede a salud y si existe algún riesgo de vulneración.
Cuarto error: hubo alertas, oficios y denuncias que no generaron una reacción eficaz.
El Servicio Nacional de Migraciones levantó antecedentes. La Defensoría de la Niñez ofició solicitando información. La Fiscalía hoy investiga. Pero la pregunta sigue abierta: ¿por qué las advertencias no se transformaron oportunamente en una respuesta coordinada?
Quinto error: nadie siguió el recorrido completo de cada niño.
Migraciones veía una parte. La PDI otra. Los organismos de infancia otra. Pero la protección real exige una mirada integral. Cuando la responsabilidad se fragmenta, el niño queda en el vacío.
No corresponde afirmar sin investigación que todos estos niños son víctimas de trata. Pero que el Estado no pueda determinar con certeza dónde están ya constituye una falla grave.
Este caso obliga a revisar cómo Chile gestiona la migración infantil, especialmente cuando se trata de niños provenientes de contextos humanitarios críticos.
La respuesta no puede ser solo endurecer controles ni cerrar puertas. La respuesta debe ser más seria: controles adecuados, trazabilidad efectiva, coordinación institucional y protección real.
Porque antes de ser migrantes, antes de ser expedientes, antes de ser cifras en una investigación, son niños sujetos de especial protección.
Y frente a ellos, el Estado no puede llegar tarde.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.