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Un país administrado, pero intelectual y moralmente pasmado Opinión

Un país administrado, pero intelectual y moralmente pasmado

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Sin conducción, sin proyecto nacional, sin ethos patriótico, sin visión productiva y geopolítica, podremos enfrentar una u otra emergencia, pero mientras seguimos simplemente administrando, podría estar creciendo delante de nosotros algo mucho más peligroso: un vacío de dirección histórica.


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Chile vive una paradoja singular. Nunca dispuso de tantos expertos, consultores, indicadores y modelos prediseñados. Estamos cubiertos de encuestas semanales, rodeados de centros de estudios que producen rumas de papel sobre los más variados asuntos. Hay observatorios, mediciones, índices, protocolos y mesas de trabajo. Un verdadero ejército de diagnosticadores recorre el valle central. A ellos se suman cohortes de funcionarios y mandos medios, públicos y privados, dedicados a gestionar procedimientos cada vez más complejos de intensidad decreciente.

Sin embargo, rara vez el país pareció tan falto de conducción.

Hay administración por todas partes y proyecto y coraje casi en ninguna.

La paradoja se vuelve más inquietante porque ocurre en una época de incertidumbre excepcional. La inteligencia artificial se precipita sobre ocupaciones que hasta hace poco parecían inmunes a la automatización. No sabemos cuándo comenzará la transformación profunda del mercado laboral, pero en el aire se siente eso de las horas pesadas que preceden a la tormenta. Todo permanece en pie, pero algo decisivo ya está cambiando.

Al mismo tiempo, la productividad nacional permanece tozudamente estancada. No se trata de un accidente pasajero, pues las dificultades son estructurales. La Escuela se hunde en mediocridad. Salvo honrosas excepciones, el magisterio es pésimo y los profesores trabajan en contextos desalentadores. Las empresas, por su parte, muestran escasas capacidades de innovación y una débil disposición al riesgo creador. El rentista triunfó sobre Schumpeter. El resultado general es un país que consume modernidad, pero la produce poco o nada.

Las condiciones del malestar de 2019 tampoco han desaparecido. Bienes legítimos y formas de vida deseables se exhiben diariamente ante millones de personas. Pero para una parte importante de ellas siguen siendo inalcanzables. La distancia entre lo visible y lo posible continúa alimentando frustraciones profundas.

Y sobre todo ello se despliega un escenario internacional cada vez más inestable. Viejos equilibrios geopolíticos se erosionan. Nuevas potencias emergen. Las alianzas se reordenan. El mundo vuelve a moverse con una intensidad que recuerda épocas que creíamos superadas.

Frente a este panorama, Chile parece intelectual y moralmente pasmado.

Ideológicamente parecemos hallarnos en los años ’70. Disputan la plaza un neoliberalismo reducido a gestión, sin interés por los trabajadores, la productividad innovadora y un proyecto nacional integrador (véase este paper sobre la derecha) y una izquierda que descalifica moralmente la economía privada y confía en que la deliberación racional y la abolición del mercado conducirán a la emancipación radical (véase este libro sobre la izquierda de la emancipación radical).

La partida se tranca en diálogo de sordos.

Tampoco abundan figuras capaces de elevar la mirada. Las élites políticas suelen exhibir más el semblante de funcionarios cuando no de vocingleros de redes sociales y cuñas, que el de sobrios conductores nacionales. Cuesta encontrar hoy espíritus conmovidos por una visión histórica del país.

A ello se suma una corrupción que se expande por zonas enteras de la vida del país: redes clientelares, “corporaciones culturales” convertidas en refugio de activistas, espacios donde los recursos comunes parecen haber perdido guardianes; guetos impenetrables enraizados en oscuros y extensos escondrijos inciertos.

Las naciones pueden soportar muchas dificultades. Pueden superar crisis económicas, conflictos políticos e incluso épocas de deterioro general. Lo que difícilmente resisten es la pérdida de orientación.

Sin conducción, sin proyecto nacional, sin ethos patriótico, sin visión productiva y geopolítica, podremos enfrentar una u otra emergencia particular, pero mientras seguimos simplemente administrando, podría estar creciendo delante de nosotros algo mucho más peligroso: un vacío de dirección histórica. La cercanía imperceptible del abismo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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